El perfume y la nota
El Poeta ya había regresado de Plutón y consigo traía una bolsa con el perfume de los dioses: ¡ese mismo que era la obsesión de Gaia!
—¿Cómo te fue? —preguntó el Banco.
—Me fue muy bien, pero ¿adivina qué?
—¿A quién te encontraste en la tienda? ¿A Gaia? —preguntó el Banco, sintiendo un vuelco en el corazón.
—¡No, amigo mío! Pensé que era ella, pero en realidad era su amiga Electra.
—¡Ah!
—Me pareció rarísimo que no anduvieran juntas, ya que siempre lo hacen. ¡Me tuve que esconder para que no me viera!
—¡Muéstrame el perfume! —pidió el Banco, ansioso.
—Aquí está.
—¿Crees que le guste?
—Banco… ¡es Gaia! A todas las estrellas les encantan los perfumes.
—Sí, lo sé —comentó el Banco—. De hecho, pude notar que hoy ella llevaba un aroma que me hizo ver los astros pasando en coche.
—¡Jajaja! ¡Banco, te me has vuelto muy chistoso! —rió el Poeta—. ¿Y cuál es el próximo paso?
—Escribir la nota.
—Banco, ya yo hice mi trabajo: fui a Plutón a comprar el perfume que querías. Ahora te toca hacer el tuyo. Dime qué vamos a poner en la nota.
—¿Tú estás bromeando conmigo, verdad? —rezongó el Banco.
—¿Por qué la pregunta?
—Porque aquí el poeta eres tú; yo simplemente soy un banco enamorado, nada más.
—Pero es que no puedo escribirle una poesía a una enamorada tuya. No tiene sentido —replicó él—. Tú tienes que decir lo que te salga de la esencia.
—Poeta, yo no tengo alma… Yo solo tengo esencia de caoba.
—No me vengas con esas, que no hay un ser más sensible que tú en este planeta.
—Poeta, pero tú eres el que maneja el arte de las palabras —insistió el Banco—. Si estuvieras enamorado de ella, ¿qué le dirías?
—¿De esa loca? ¡Ni pensarlo! —exclamó el Poeta, abriendo los ojos—. Sería la última estrella de todo el firmamento de la que me enamoraría.
—¿Tanto así? ¿La desprecias?
—No es que la desprecie, pero ¿no has visto cómo se comporta? Es una pura loca. Todo lo interpreta como le da la gana.
—Sí, en eso estamos de acuerdo —admitió el Banco—. Pero ayúdame con la carta, no seas mala onda.
—Está bien, te voy a ayudar. Pero que conste: nada de lo que ponga en el papel lo siento yo.
—Suficiente. Está bien.
Pero te voy a pedir un favor: al final de la nota vas a escribir una frase.
—¿Cuál?
—«De tu eterno enamorado terrestre».
Así, por lo menos, verá que su admirador secreto es de la Tierra y no de otro planeta. ¿Me entiendes?
—Sí, te entiendo.
El Poeta puso su arte en marcha y escribió la nota, que decía:
«Ya no te complace solamente iluminar a Tauro, sino que también iluminas mi vida.
Te veo en las noches y rezo para que el amanecer no llegue, para no perderme el espectáculo que brindas a toda mi esencia.
Sirva este humilde obsequio de quien, en el silencio, te admira.
Tu más fiel enamorado secreto terrestre.
• • • • •»
—¿Así lo quieres, Banco?
—Sí, Poeta… Eso suena hermoso. Me encanta. ¡Vamos a enviarlo!
—Bueno, esto requiere astucia, Banco. Lo enviaremos por el correo cósmico, solo con el remitente, ¿verdad?
—Sí, creo que sí. Tú tienes más experiencia que yo; nunca he usado el correo cósmico. ¿Será que eso funciona?
—Bueno, ellos son un poco lentos —explicó el Poeta—, pero si pagamos un poco más por el servicio exprés, llegará en unos días.
—Eso queda lejos, ¿verdad?
—Sí, Banco… Eso queda a miles de años luz.
Pero prepárate, que un día te tocará ir a pedir su mano.
El Poeta soltó una carcajada amistosa.
El Banco solo se quedó pensativo, asimilando sus propias decisiones, como quien piensa:
«¿En qué lío me estoy metiendo?»
Pero la suerte estaba echada.
Ya no había vuelta atrás.