La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) Cruel destino el nuestro
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Cruel destino el nuestro

Después de haber subsanado sus diferencias momentáneas, comenzó esa típica conversación de chicas que, para variar, incluía un poco de chisme.

—Por cierto, Gaia, adivina a quién vi en Plutón, en la misma tienda donde yo estaba —soltó Electra con picardía.

—Te apuesto lo que quieras a que era la cara de queso… —rezongó Gaia—. Seguro iba acompañada de sus amiguitas, las lunas de Júpiter. ¡Me caen pesadas todas!

—¡No, Gaia, no eran ellas!

—¿Y entonces quién? Ya, ya me imagino… ¡Dios mío! Te apuesto que la fea esa de la Primavera estaba allá.

—¡No, Gaia!

—¡Electra, déjate de misterios! Tú sabes bien que eso me pone los pelos de punta.

—No sé de dónde estás sacando ese vocabulario, porque tú no tienes pelos —le recordó Electra, aguantando la risa—. Las estrellas no tenemos pelos.

—¡Niña, es solo un decir! —replicó Gaia, impaciente—. Ya, dime a quién viste.

—Al Poeta.

—¿Qué? ¿A ese insípido? —exclamó Gaia, abriendo los ojos de par en par.

—Él mismo. Estaba allá, en la sección de perfumes. No sé qué hacía.

—Tú sabes perfectamente qué estaba haciendo: comprándole algo a la cara de queso, lo más seguro.

¡Uy, qué rabia me da ese desabrido!

Pero, en fin, continuemos con lo nuestro.

No me voy a arruinar el día pensando en bobadas.

—¿Y qué vas a hacer esta noche, Gaia?

—Trabajar. Mi destino es trabajar, ¿no te das cuenta? —suspiró Gaia con dramatismo—. Soy una estrella igual que tú; nos toca laborar.

Somos princesas, hijas del Dios que sostiene el universo.

Deberíamos estar de fiesta en fiesta…

¡Pero nos toca trabajar!

Cruel destino el nuestro.

Y así, refunfuñando contra su propio destino, las dos princesas del cosmos hicieron lo único que les quedaba: ponerse a brillar.