Electra
En cuanto la vio regresar, arremetió contra ella.
—Tú lo sabes bien. No te me hagas la inocente… ¡Lo hiciste a propósito!
—¿El qué?
—¡Te fuiste a Plutón! Y sabías perfectamente que yo quería ir.
—Ah, ¿eso? Pero es que tú no estabas.
—¿Y a dónde, a ver?
—Le pregunté a Maia dónde estabas y me dijo que habías viajado a Aries.
—¡Ah, sí! Jajaja… ¡Pero igual te fuiste sin mí! No te lo perdonaré en toda la eternidad cósmica. Hasta mis nietas, si algún día tengo, te van a recordar esto.
—¡Gaia!
—¿Qué?
—¡Mira lo que te traje!
—¿Qué es eso? No vengas a comprarme con regalitos baratos —rezongó Gaia, aunque estirando el cuello por pura curiosidad—. ¡Déjame ver!
¡Ay, por las barbas de Zeus!
¿Eso es…?
No, amiga…
¡Eres increíble, amiga!
¡Por eso siempre he dicho que eres fenomenal!
¡Lo mejor que hay!
¡Ni siquiera las constelaciones más antiguas te superan!
¡Guau!
Electra no pudo evitar sonreír ante el repentino cambio.
Gaia continuó efusiva:
—¡A todos les digo que deben tener amigas como tú! Por eso es que somos inseparables. ¡Te amo, amiga! ¡Mua!
Las dos se fundieron en un abrazo que, por un instante, hizo brillar más fuerte a toda la constelación.