La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) El perfume de los dioses
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El perfume de los dioses

—¿Alguna de ustedes ha visto a Electra? —preguntó Gaia al no ver a su amiga por los predios de las Pléyades.

—Creo que dijo que iría de compras a Plutón y a hacer algunas diligencias —contestó una de las estrellas de turno.

—¡Esa atrevida se fue sin mí! ¡Qué disgusto me da!

—¿Y por qué te enojas tanto?

—Es que ella sabe que en Plutón venden el perfume de los dioses… el que a mí me gusta.

—Pero si aquí lo venden en la esquina —replicó otra de las estrellas.

—¡Ay, no! —interrumpió Gaia—. Esos son más falsos que la amistad lunar.

—Pero si tú no tienes amigas lunáticas.

—¡Por eso mismo!

—Ay, Gaia… las lunas y tú son como el agua y el aceite.

—¡Es que son todas iguales! ¡Me caen mal! —sentenció la diva estelar.

—¡Pero si nunca has hablado con ninguna de ellas!

—¡Es que ellas son las que deben venir hacia mí! ¡La estrella soy yo! —exclamó con orgullo—. ¡De lunas no pasan! Mi amistad tienen que merecerla, ¡esas malagradecidas!

En ese preciso instante, Gaia comenzó a recordar ciertas conversaciones que había tenido con Luna durante la larga desaparición del Poeta.

Y todo su ser se inundó de coraje y soberbia.

Se miró fijamente al espejo y, mientras se entretenía acomodándose una hebra de cabello, murmuró para sí misma:

—No sé qué demonios le ve el Poeta a esa cara de queso.