La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) Hamal
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Hamal

Pues, tal como lo había manifestado Gaia, ¡el viaje tardó menos que un pestañeo!

No había pasado mucho tiempo cuando ya estaba de regreso en las Pléyades.

—Gaia, tienes un aura diferente hoy —la recibió Electra—. ¿Qué asteroide te chocó?

—¿Que yo qué?

—¡Que te veo loca de felicidad! ¡Te veo súper feliz hoy!

—¡Jajaja! Eso no es novedad —respondió Gaia con una risotada.

—Sí, eso lo sé. Pero hoy te ves diferente.

¿Fuiste a tu cita?

—¡Ah, pues sí!

—¡¿Y qué pasó?! ¡Cuéntame!

—Ese galán definitivamente necesita una estrella como yo en su vida.

—¿Cómo así?

—Tiene algo que llama mucho la atención.

¡Es bello, fuerte, grande y elegante!

—¡Sí, sí! Ahórrate los halagos.

¿Cómo se llama?

—¡Hamal!

—¿Y qué tiene de diferente?

—¡Es tímido! —reveló Gaia.

—Jajaja… ¿En serio?

—¡Tuve que darle un beso en la mejilla para sacarlo de onda!

—¿Y qué hizo?

—¡Se apagó!

¡Se le fueron las luces por completo!

¡Fue un desastre!

—¿Y qué te dijo?

—Dijo: «Nadie me había besado la mejilla nunca».

Y tú sabes que yo soy…

—¡Eres todo un fenómeno! —completó Electra entre risas—. ¡Y eso, en tu caso, es completamente literal!

Las dos se quedaron conversando de esos temas de chicas y lo hicieron hasta que llegó la hora de encender el firmamento y hacer lo que mejor sabían hacer:

embellecer el universo con su candor.