Gaia
Mientras el Poeta se movía a sus anchas por todas las tiendas de perfumes del mall de Plutón, buscando uno que fuera el regalo perfecto para el amor soñado del Banco, en las Pléyades algo muy diferente comenzaba a tomar forma.
—¡Nada!
—Tramas algo… ¡Te conozco!
—Sí, pero conociéndote, ¡me lo vas a gastar todo!
—¡Préstamelo, no seas así! Cuando vaya a Plutón te traigo uno nuevo, de esos caros que venden allá.
—¡Eso mismo me dijiste la última vez! —bromeó Electra—. Pero respóndeme, ¿a dónde vas tan bella, Gaia?
—Bueno, te lo voy a decir, pero prométeme que no vas a decir nada…
Voy a ver a un astro que conocí en la constelación de Aries.
—¡Pero eso es lejísimos!
—¡No, hombre! Veinte años luz… ¡eso es ahí mismo! Vengo de una vez.
—¡Oh, sí! ¡Cómo no! —se burló Electra.
—Es que ese astro tiene algo que me encanta… —confesó Gaia con un suspiro.
—¿Y qué será?
—¡Que yo le gusto a él!
—¡Ay, Gaia, por Dios!
—Electra, debes admitir que soy la diva del universo.
—Pues… eres hermosa, eso no se puede negar.
—¿Lo ves? Hasta tú lo reconoces.
Gaia tuvo un gesto especial con Electra al tocarla en el hombro y decirle:
—Gracias por ser mi amiga y mi confidente.