La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) El perfume para Gaia
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El perfume para Gaia

El Banco se sentía un poco contrariado por los comentarios del Poeta hacia su amor platónico; más aún cuando este volvió a mirarlo con fijeza para insistir en el tema.

—Banco, estoy preocupado por ti —dijo el Poeta.

—¿Y eso por qué?

—¿Cómo te enamoras justamente de la más revoltosa de las Pléyades? ¿Qué fue lo que te llamó la atención de ella?

—Estuvo aquí una vez… bueno, en realidad dos veces —confesó el Banco.

—¿Y qué hacía por aquí?

—Vino con una amiga.

—Adivino. ¿Electra?

—Sí, ella misma.

—Esa es todavía más alborotadora y no escucha razones —comentó el Poeta—. ¡Pero Gaia…!

—Es que me encantó —lo interrumpió el Banco—. Sí… esa forma que tiene de mirar. Además, es muy inteligente. Y cuando sonríe, sus mejillas toman ese hermoso color azul. Ay, Poeta… mis clavos se rindieron ante tanta hermosura.

—¡Apuesto a que le encantan los perfumes! —afirmó el Poeta, con el aire de quien conoce perfectamente el corazón femenino—. A todas las estrellas las vuelven locas los perfumes.

—¿Y si le mandamos uno? —sugirió el Banco con cierta euforia, aunque se arrepintió al momento—. ¡Oh, no! ¡Qué locura!

—¡Oh, sí! —respondió el Poeta.

—Le ponemos una nota.

—No me gusta cómo suena eso —volvió a refutar el Banco.

—Que diga: «De tu fiel admirador» —propuso el Poeta.

—¿Y firmado por quién?

—«El Banco» —sentenció el Poeta.

—¡No te atrevas!

—Está bien, está bien. Solo ponemos: «De tu admirador secreto».

Aunque, pensándolo bien… esto no es buena idea, Banco.

—¡Mal amigo! —reclamó el Banco, dolido.

—¿Ahora qué hice?

—Yo me preocupé por ti cuando estuviste lejos. Me llamaste y, sin pensarlo, te correspondí con mi alma. Hoy te pido un favor y dices que es una mala idea.

El Poeta se quedó en silencio durante un momento, sopesando las palabras de su amigo.

—Banco…

—Dime.

—Pues… sí.

—¿Entonces?

—Ay, Dios mío… —suspiró el Poeta.

—¿Lo harás?

—Voy al centro comercial de Plutón mañana mismo.

—¡Eso, hermano! —celebró el Banco.

—Que sea lo que Dios quiera —añadió el Poeta—. Y que Atlas no deje caer el universo cuando se entere.

—¿Tan grave lo ves?

—Banco… estamos hablando de Gaia.

—Tienes razón.

—Esto puede terminar muy mal.

—O muy bien —reviró el Banco.

—Eso mismo es lo que me preocupa.

Así, arrancó como un bólido hacia el mall de Plutón para comprar la fragancia.