El amor imposible del Banco
—¿Alguna vez te has enamorado, Banco?
—¡Sabía yo que esa pregunta llegaría! —rezongó el Banco—. Debimos terminar la conversación cuando me escribiste el poema. ¡Te di todas las luces para llegar hasta aquí!
—¡No te enojes! Pero, en serio, ¿te has enamorado?
—Pues… sí.
Pero es un imposible.
—¿Y eso?
—Un banco nunca, pero nunca, podría enamorarse de…
—¿De quién? ¡No me hagas eso! —lo interrumpió el Poeta—. Ya tengo una intriga que me está rompiendo los huesos.
—Poeta, no se lo puedes decir a nadie.
Nunca.
—¡Te lo prometo! Palabra de Poeta Híbrido.
—Aquí va…
Mi amor platónico es…
¡Gaia!
—¿¡Qué!? —exclamó el Poeta, abriendo los ojos de par en par—. ¿Te enamoraste de la estrella más loca del universo?
—Pues… sí.
—¡Te tengo pena, amigo mío!
—¡Ay, no sé por qué te lo dije!
—Vamos a hablar con ella —propuso el Poeta, levantándose con entusiasmo.
—¡No te atrevas!
—Vamos, amigo. Yo me pongo de frente y te hago señas para que sepas qué decirle.
—¡Poeta! ¡Que no!
—¿Y cuál es el problema?
—¡Todos!
—Eso no me ayuda mucho.
—Primero, porque soy un banco.
Segundo, porque ella es una estrella.
Y tercero…
—¿Qué?
—Porque es Gaia. Una vez, Gaia me defendió de su amiga, que quería secuestrarme y ponerme en una mazmorra intergaláctica. Desde ese día, supe que ella era especial.
El Poeta se quedó pensativo.
Luego asintió.
—Sí… tienes razón.
—¿Lo ves?
—Definitivamente te tengo pena.