¿Cómo puedes hacer eso?
Tenían tantas curiosidades guardadas entre los dos que no perdían ninguna oportunidad de hacerse preguntas, incluso aquellas que parecían tontas.
—¿No te molesta ser un banco? —preguntó el Poeta con un tono de inquietud.
—Pues nunca lo había pensado…
Ahora que lo pienso, ¿por qué me molestaría?
—¡Pues qué digo! No tienes pies, ni brazos, ni ojos… ¡En fin!
—Poeta, dime algo. ¿Crees que necesito eso?
Puedo recorrer el mundo.
Puedo abrazar el universo.
Puedo llegar a donde quiera.
—¡Ugh! ¿Y cómo puedes hacer eso?
—¿Acaso hablar contigo no me trae todo eso?
—¡Verdad que sí!
—Ahora sí te digo algo.
—¿Qué será, Banco?
—Si tuviera extremidades superiores e inferiores, les daría el uso adecuado.
—¿Cuál sería ese uso, amigo mío?
—Correr mucho frente a la playa.
Abrazar sin cansancio.
Y, si tuviera boca, recitaría tus poemas a viva voz.
Eso me lleva a otra duda que siempre he querido hacerte.
—¿Poeta? ¿Por qué te gusta la poesía?
—¡Buena pregunta, mi amigo!
Me llaman Poeta, pero no soy poeta.
Solo soy un hombre que escribe lo que ve y siente.
No me guía la métrica.
Ni siquiera sé cómo expresar lo que siento cuando escribo usando puntos y comas.
¿Eso contesta tu pregunta?
—No.
—A ver, Banco. Me has demostrado que eres libre sin pies, ¿verdad?
—¡Sí!
—Yo soy libre con la palabra.
Ambos escucharon el sonido del viento y cantaron: «Amigos que miran al cielo en las noches, con o sin estrellas».