La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) Santa Caoba
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Santa Caoba

Ambos compartieron un silencio cómplice tras el regreso.

Después, se quedaron quietos un instante, observando las flores que comenzaban a nacer y a los animales silvestres que volvían a sus andanzas.

El Poeta tomó lápiz y papel y comenzó a hacer algo que jamás había hecho: escribir un poema dedicado al Banco.

—Me encanta esa personalidad tuya —leyó el Poeta en voz alta.

—¿Ah, ya? ¿Y ahora eso? —interrumpió el Banco, con curiosidad.

El Poeta continuó con la lectura:

—Es que te veo así, tan fuerte, con una mirada profunda.

Resistente y bello sin pedirlo.

No necesitas ir a un gimnasio para que tu fibra y tu grano fino se aprieten, ya que vienes así de nacimiento.

¿Andas buscando tu color?

Ese tono tuyo hace que mi piel se erice. Cambias de tonalidad, de rojizo a marrón profundo, sin proponértelo.

Y lo mejor: no necesitas pasar horas bajo el sol.

El sol mismo se arrodilla ante ti para servirte.

Y ese aroma tuyo… no hay perfume que se le compare.

Es, simplemente, de otro nivel.

Lo único que me enoja es que, a veces, dejas que te hieran de muerte y sigues ahí.

Como madera fiel que obedece.

Al terminar la lectura, el Banco se quedó mudo durante un segundo.

—¿Poeta?

—Dime.

—Le escribiste un poema a mi esencia.

—Sí, mi Banco. Escribí una oda a tu esencia.

—¿Lo digo de nuevo?

—Dilo con orgullo.

—¡Santa Caoba!

Ambos soltaron una carcajada limpia y sus risas se escucharon por todo el cosmos.

Incluso Luna los observaba desde lo alto, emitiendo un brillo intenso, como si les enviara un saludo cómplice.