La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) El regreso
5%

El regreso

Después de conversar un largo rato y ponerlo al día con todo lo que había ocurrido en el Caribe, el Banco demostró que también tenía preguntas pendientes.

—Poeta, te lo voy a decir sin anestesia —soltó el Banco—. Dime, ¿qué te hizo volver? Sé por qué te fuiste y entendí tus razones, pero ahora me pregunto eso.

—¡Buena pregunta, amigo mío! —respondió el Poeta—. Tu amistad me hizo volver. Todo lo que me rodea me hizo regresar sin demora. Estar aquí, sentado junto a ti con este café en la mano, me da paz.

Para la mayoría eres solo un banco, un objeto para descansar. Pero para mí eres mi amigo, mi confidente.

Te veo como a un padre.

Cada día rezo para que tus clavos resistan una eternidad.

Además, no todos los días un banco te toma de la mano y camina contigo con el alma.

Por cierto, ¿me has visto alguna vez sentarme en otro banco?

—No, jamás lo has hecho —reconoció el Banco.

—¿Lo ves? De donde vengo, la amistad se valora cuando se demuestra. Y eso es exactamente lo que tú me das cada día: lealtad, comprensión y la capacidad de llamarme a capítulo cuando me desvío del camino.

—¡Santa Caoba! —exclamó el Banco, intentando llorar, aunque su naturaleza física no se lo permitía.

Al notar su emoción, el Poeta se acercó y le tocó las tablas.

Y por primera vez, al abrazarlo, sintió la expresión viva de sus fibras.

Eran dos almas que se desnudaban, dejando atrás todo rasgo humano.

—Poeta, cada noche que estuviste fuera te sentía cerca —confesó el Banco, conmovido—. Si hoy tuviera brazos, te abrazaría.

Pero aquí tienes mi esencia, que es lo mejor que poseo.

Y en mi naturaleza, eso no tiene precio. Aun así, te la regalo, como símbolo de algo que va más allá de lo esencialmente humano.