La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) Conexión con Primavera
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Conexión con Primavera

Fueron días de ensueño, de esos que solidifican para siempre un vínculo de hermandad. Pero Luna, aun con los sentimientos del Poeta ya claros, cargaba una duda que solo él podía despejar. Se la guardó varios días, esperando el momento.

Una de esas noches de brisa suave, mientras las olas se mecían al compás del viento, el Poeta la observó y, rompiendo el silencio, le preguntó:

—Luna, durante el tiempo que estuve ausente, ¿qué pensaste? ¿Qué hiciste? ¿Extrañabas nuestras conversaciones nocturnas?

Luna, sin miedo a expresarse, respondió:

—No te puedo negar que sufrí tu ausencia. Extrañé tu poesía. Pero hubo un día en el que sentí que jamás volvería a escuchar tu voz y que ni siquiera tendría la esperanza de volver a leer esa literatura tuya que me infundía un aire de grandeza.

—¿Y por qué pensaste eso? —preguntó el Poeta, intrigado.

—Porque un día llegaron esas dos estrellas… Tú sabes cuáles, las que siempre están chismoseando. Una de ellas me dijo que la Primavera se había reunido contigo y que ustedes tenían una conexión especial.

Realmente no lo entendí.

La forma en que lo dijeron parecía insinuar que existía algo más allá de la amistad, y es una pregunta que ha estado rondando por mi mente.

No porque me interese tu vida romántica; ya sé qué lugar ocupo en tu vida, y la verdad me encanta saberlo.

Pero me gustaría comprender qué significa ese lazo con la Primavera.

¿Acaso ustedes dos tienen una relación romántica?

—No, para nada —respondió él—. La Primavera y yo tenemos un lazo que va más allá de lo común, por muchas razones.

Ella puede sentir lo que ocurre dentro de mí, y yo lo que ocurre dentro de ella. Muchas veces sabemos si el otro está bien o está mal con solo tocarnos.

La Primavera guio mis primeros pasos en la expresión poética.

Así como el Banco ha sido un padre para mí, la Primavera ha sido la madre que perdí a la edad de cinco años.

Ella me enseñó a caminar por un mundo turbulento y me regaló algunos de los mejores años de mi vida.

Porque, aun cuando llegaba el final de su temporada, siempre se quedaba observándome desde lejos y aconsejándome, como una madre que jamás deja de estar presente.

Aquellas palabras fueron tan convincentes y profundas que una lágrima descendió por el rostro de Luna.

Se acercó al Poeta, le dio un fraternal abrazo y miró hacia el horizonte, como quien le diera las gracias a la Primavera por cuidar a su hermano.