Capítulo Uno #2
El puerto de Norfolk no se parecía a nada que Emma hubiera visto antes.
Embarcaciones de todas las formas y tamaños, desde imponentes barcos de vapor hasta elegantes goletas, abarrotaban el puerto, con los mástiles alzándose hacia las nubes mientras las olas lamían los cascos.
A bordo había marineros tan variados en forma y tamaño como los buques que tripulaban.
La mayoría vestían camisas de algodón a rayas o lisas y pantalones de lona.
Algunos llevaban chaquetones; otros, chaquetas de hule.
En tierra, los estibadores, vestidos con camisas de algodón grueso, monos de trabajo y botas de cuero, descargaban mercancías y transportaban fardos de algodón, barriles de tabaco y cajas de vino. Mientras trabajaban, se gritaban unos a otros en un lenguaje propio.
El aire estaba impregnado de los aromas mezclados de agua salada y sudor. Las gaviotas giraban y chillaban en lo alto, y sus graznidos resonaban contra el telón de fondo de maderas crujientes y campanas tintineantes.
Emma se quedó muy quieta, abrumada por las vistas, los olores y los sonidos. Gotas de sudor le corrían por la espalda mientras el agua brillaba intensamente bajo el sol de la tarde.
—¡Abran paso! —gritó una voz áspera.
Emma se volvió rápidamente y vio a un estibador que rodaba un gran barril de madera directamente hacia ella.
—Perdón —murmuró Emma, haciéndose a un lado.
Observó al hombre rodar el barril hacia un gran barco de madera y, mientras lo hacía, fue como si se hubiera roto algún hechizo.
El corazón de Emma se aceleró. Necesitaba encontrar el barco de novias.
Buscó con la mirada algún tipo de oficial, tal vez alguien con traje o con un libro de registro en la mano, pero no encontró a nadie. Lo que sí vio fue un grupo de marineros que hablaban y reían juntos. Estaban bebiendo de una botella marrón oscura que se pasaban de mano en mano.
Emma respiró hondo y caminó hacia ellos.
—Disculpen —dijo.
Los marineros dejaron de hablar y se volvieron hacia ella. La miraron de arriba abajo, y Emma notó que le ardían las mejillas.
—Si no les importa —dijo Emma con voz vacilante—. Este lugar me tiene más perdida que una hoja en un vendaval. Estoy buscando el barco de novias, el que sale para Texas…
La voz de Emma se apagó cuando uno de los hombres dio un paso adelante, con las cejas oscuras enarcadas. Como los demás, llevaba una camisa de algodón y un sombrero de marinero de copa plana y ala ancha caída. Tenía el cabello rubio recogido en una cola de caballo y los ojos de un azul claro.
—¿Barco de novias? —dijo con un deje de diversión.
—Así es —dijo Emma, intentando mantener la voz firme.
—Bueno, yo me caso contigo —ofreció—. No hace falta que vayas hasta Texas.
Los otros marineros se rieron entre dientes.
—No, gracias —dijo Emma.
Los marineros se echaron a reír y se dieron codazos.
—Como quieras —dijo el marinero de la cola de caballo, encogiéndose de hombros mientras se alejaba de ella.
Emma miró a su alrededor, pero nadie le sostenía la mirada. Se mordió el labio inferior mientras se le encogía el estómago.
—Es el Sea Serenade.
Emma se volvió y vio a un hombre alto detrás de ella, vestido con un chaquetón cruzado de botones de latón. Tenía el pelo oscuro y rizado, ojos amables, y llevaba una gorra de capitán adornada con galones dorados.
—¿Perdón? —preguntó Emma.
—El barco que busca —explicó—. Es el Sea Serenade; está atracado allí.
El hombre señaló hacia el final del muelle, y Emma dejó caer los hombros, aliviada.
—Muy agradecida —dijo.
Él asintió y Emma se dispuso a marcharse.
—Solo estábamos bromeando un poco —se quejó el marinero de la coleta.
—Volved al barco —ladró el hombre—. Ahora.
Emma miró por encima del hombro y vio a los marineros volver corriendo al barco. Cruzó la mirada con el capitán, que le sonrió para tranquilizarla.
Avanzó por el muelle y se detuvo al ver las letras pintadas en la proa del barco, apenas legibles tras años de exposición al sol, el viento y el mar. Emma entrecerró los ojos mientras sus labios deletreaban en silencio las letras descoloridas: Sea Serenade.
No era el barco que había imaginado. El casco estaba desgastado y el mástil se inclinaba hacia un lado. Las velas, remendadas y deshilachadas, colgaban lánguidas de los mástiles torcidos.
—Santo cielo —dijo, consternada, mientras lo contemplaba.
Al mirar a su alrededor, no pudo evitar pensar que el barco parecía tan destartalado como la casa que acababa de dejar atrás. ¿Llegaría siquiera a Texas o su aventura acabaría en el fondo del mar?
—Recuerda lo que decía mamá: nunca juzgues un libro por su portada —se dijo, intentando no perder la esperanza.
Aferró la maleta y subió a bordo, decidida a mantener una actitud positiva. Pero al pisar la cubierta, vio que las tablas estaban combadas y astilladas. Cadenas oxidadas y cuerdas deshilachadas colgaban lánguidas de las cornamusas desgastadas.
—¿No es lo que esperabas?
Emma se volvió y vio a una mujer corpulenta con cofia blanca, apoyada contra el costado del barco y con los brazos cruzados sobre el pecho. Era mayor que Emma, con el pelo oscuro y rizado recogido en un moño suelto en la nuca.
—Ni de lejos —admitió Emma, desanimada.
—Bueno, espera a ver lo que hay bajo cubierta —dijo la mujer.
Emma hizo una mueca.
—Vamos —dijo la mujer mayor.
Emma vaciló un momento antes de seguirla. La mujer la condujo hasta una trampilla y bajaron por la escalera.
Bajo cubierta, el interior del barco era un laberinto de pasillos oscuros y mohosos, de cámaras estrechas y sombrías. El aire estaba cargado con olor a agua salada y podredumbre, mezclado con el tufo penetrante de madera húmeda y moho.
La mujer la llevó a una habitación donde varias hamacas se mecían suavemente, colgadas del techo.
—Elige una —le indicó.
Emma frunció el ceño al recordar el anuncio, que prometía alojamiento cómodo y comidas deliciosas.
—Vamos —la animó la mujer—. Deja tus cosas y te presentaré a las demás.
Emma entró en la habitación en penumbra y dejó la maleta junto a una hamaca. Después siguió a la mujer de vuelta a cubierta.
—Soy Margaret, por cierto —dijo la mujer por encima del hombro—. Pero todos me llaman Marge.
—Emma —dijo ella—. Emma Hockley.
Marge soltó una risa seca.
—No hace falta ser tan formal aquí —dijo—. Además, dentro de poco todas tendremos otro nombre…
Emma siguió a Marge al otro lado de la cubierta, donde un grupo de mujeres estaba reunido. Al acercarse, las mujeres se volvieron.
—Tenemos una más —anunció—. Emma, aquí están todas.
—Hola —dijo Emma con una sonrisa.
Algunas la saludaron con calidez; otras sonrieron, pero hubo quienes ni eso.
Al mirar a su alrededor, Emma vio enseguida que todas procedían de mundos muy distintos.
Sin embargo, pronto comprendió que no importaba de dónde vinieran ni quiénes hubieran sido antes.
Todas estaban en aquel barco por la misma razón: la promesa de una vida mejor.
Emma permanecía en cubierta, con la madera crujiendo bajo sus botas, cuando la bocina del barco soltó de pronto un bramido largo y grave que anunciaba la partida.
Al contemplar el agua, la profunda reverberación pareció resonar en su interior y despertar un torbellino de emociones.
Era un recordatorio palpable de que su conexión con aquel lugar, con todos sus recuerdos y vivencias, estaba a punto de convertirse en parte del pasado.
El sonido quedó suspendido en el aire, un saludo final y poderoso a la vida que dejaba atrás, mientras dirigía una última y larga mirada a la costa de Virginia que había sido su hogar.