Capítulo Dos
Lucas Bennett suspiró profundamente mientras contemplaba la vieja pensión de Cedar Ridge. Habría preferido estar en cualquier otro lugar.
Tras un momento, bajó del carruaje. Dos nubes de polvo se alzaron cuando sus botas tocaron el suelo. Rodeó al caballo hasta situarse frente a él, hablándole con suavidad mientras tomaba las riendas y las ataba al poste de madera a unos metros de distancia.
Mientras cruzaba la calle hacia la pensión, Lucas se llevó la mano al pecho para palpar el trozo de papel guardado en el bolsillo de la camisa azul oscuro. Luego se colocó un mechón del cabello rubio oscuro detrás de la oreja y dejó caer el brazo.
La pensión de Cedar Ridge formaba parte del pueblo desde antes de que Lucas naciera.
Desde mucho antes, de hecho. La estructura de dos pisos estaba construida con madera resistente y troncos tallados a mano, que el sol, la lluvia y el viento de Texas habían suavizado con los años.
El porche delantero, sostenido por postes toscamente labrados, se extendía a lo largo del edificio.
Mecedoras de mimbre y bancos desgastados bordeaban el porche.
Frente a él había un estrecho parterre donde las campanillas de Texas se marchitaban con el calor.
Un anciano estaba sentado en uno de los bancos de madera, con una pipa entre los dientes y el sombrero calado hasta los ojos.
Lucas recorrió el sendero de grava, subió al porche y se refugió del sol. Se quitó el sombrero mientras caminaba hacia la puerta principal; las tablas de madera crujían bajo su peso.
—¿Seguro que quieres entrar ahí?
Lucas se volvió hacia el anciano, que no lo miraba a él sino que tenía la vista fija al frente. Abrió la boca y volvió a cerrarla, sin saber si había sido el viejo quien había hablado o la voz en su cabeza.
Lucas no quería entrar, pero allí estaba. Esa mañana, un peón del rancho había llegado con una nota de su mejor amigo, Samuel Thompson. En ella, Sam le explicaba que había surgido una emergencia, nada preocupante, pero necesitaba que Luke recogiera a su prometida por correspondencia en la pensión.
De haber tenido opción, Lucas habría rechazado. Seguía pensando que aquello era una idea descabellada. Pero Sam era su mejor amigo; eran como hermanos y habían crecido juntos.
Lucas se había pasado la vida cuidando de Sam, asegurándose de que estuviera bien, y con los años nada había cambiado. La verdad era que Sam era la única familia que le quedaba a Luke, y por él haría cualquier cosa.
Sam lo había pasado muy mal en los últimos meses.
Dos semanas antes de Navidad, su prometida, Rebecca, le había roto el corazón: le dijo que no podía casarse con él y se marchó del pueblo.
Lucas nunca había visto a su mejor amigo tan destrozado, y la solución de Sam a su dolor había sido buscar otra novia.
Por mucho que Lucas hubiera intentado disuadirlo, al final había aceptado apoyarlo.
Si eso era lo que iba a hacerlo feliz, que así fuera.
Lucas exhaló profundamente al entrar en la pensión. Se detuvo un momento para observar el lugar. Las paredes eran de madera vista y yeso áspero, y el aire olía a humo de leña y café recién hecho.
—Buenos días —dijo una voz suave—. ¿Puedo ayudarle?
Se volvió y vio a una mujer de mediana edad que llevaba un vestido negro de mangas largas y cuello alto. El cabello oscuro lo llevaba partido con precisión por el medio, y tenía las manos delgadas cruzadas frente a ella. Lucas supuso que debía de ser la dueña de la pensión.
—Eh, vengo a recoger a alguien —dijo Lucas, cambiando el peso de un pie a otro.
—¿Una novia? —preguntó ella.
Lucas asintió.
—No es para mí —añadió.
La mujer sonrió.
—Por aquí.
Lucas siguió a la mujer por el pasillo. En las paredes colgaban varios retratos enmarcados y paisajes cuyos colores, desvaídos y apagados, no habían escapado al paso del tiempo.
—Aquí es —dijo la mujer, deteniéndose de pronto.
Lucas se detuvo y echó un vistazo a la sala común, grande y cuadrada, con cuatro ventanas. A pesar del calor de la mañana, un fuego crepitaba en la gran chimenea. Frente a ella había cuatro sillones raídos, todos vacíos.
—No sea tímido —lo animó la dueña de la pensión—. Le aseguro que no muerden.
Lucas hizo una mueca, pero no dijo nada. No sabía nada sobre el tipo de mujer que aceptaba casarse con un desconocido, pero debían de estar desesperadas. De hecho, no entendía en absoluto la idea de las novias por correspondencia. Había demasiadas incertidumbres.
¿Y si no eran compatibles o si las mujeres mentían sobre sí mismas? Para lo que se suponía que era la decisión más importante de la vida, aquella parecía una forma completamente equivocada de proceder.
Muy consciente de la mirada de la mujer mayor clavada en él, Lucas dio un paso hacia la sala. Había varias mujeres repartidas por el lugar, y cuando entró, todas se volvieron hacia él expectantes, irguiendo los hombros. Lucas notó que le ardían las mejillas bajo sus miradas y bajó la cabeza.
—¿A quién busca? —preguntó una voz.
Lucas alzó la vista y vio a una mujer corpulenta de cabello oscuro plantada frente a él.
—Eh —dijo Lucas. Metió la mano en el bolsillo superior, sacó el papel y mostró el retrato de la prometida de Samuel—. A ella.
—Esa es Emma —dijo la mujer—. Está allí, junto a la ventana.
Lucas miró a la joven que estaba de espaldas a la sala, con una larga trenza cayéndole por la espalda. Llevaba un sencillo vestido color crema y botas negras.
—Gracias —dijo Lucas, y se alejó guardando el retrato en el bolsillo.
Cruzó la sala, consciente de que varios pares de ojos lo seguían, pero procuró ignorarlos.
Esperaba que la mujer, Emma, se volviera al acercarse él, pero no lo hizo. Una mosca zumbaba ruidosamente contra el cristal.
—Disculpe —dijo Lucas.
La mujer se dio la vuelta y Lucas abrió mucho los ojos. El retrato que llevaba en la mano no le hacía justicia; era mucho más guapa en persona. Aunque poseía un tipo de belleza distinto al convencional.
Emma tenía unos ojos castaños profundos con motas doradas alrededor de los iris, y la luz de la mañana que se filtraba por la ventana a su espalda le confería un halo cobrizo. La nariz era pequeña y respingona, y la barbilla, bastante decidida.
Lucas no sabría decir exactamente qué era, pero había en ella una audacia que no esperaba.
—¿Señorita Hockley? —preguntó.
—La misma —respondió ella—. ¿Y usted quién es?
—Soy Lucas Bennett, amigo de Samuel Thompson.
Emma frunció el ceño, juntando las oscuras cejas.
—El señor Thompson tuvo una emergencia en el rancho —explicó Lucas—. Me pidió que viniera en su lugar.
—¿Ah, sí? —preguntó Emma, cruzándose de brazos—. ¿Tiene pruebas?
—¿Disculpe? —preguntó Lucas, abriendo los ojos con sorpresa.
—No pretendo ofenderlo, señor Lucas Bennett —dijo Emma—. Pero una nunca sabe.
Lucas la miró un momento más, luego se llevó la mano al bolsillo y sacó el retrato para mostrárselo a Emma. Al instante se le relajaron los hombros y el rostro se le iluminó con una amplia sonrisa. Lucas notó que tenía un hueco entre los dientes delanteros, pero ella no intentaba ocultarlo.
—Bueno, no era usted a quien esperaba, pero me complace conocerlo de todos modos.
Lucas estaba seguro de no haber conocido jamás a una mujer como la Señorita Hockley. No era grosera exactamente, sino más bien de esas personas que dicen lo que piensan. Quizás así era la gente en Virginia, o de donde quiera que viniera.
—¿Nos vamos?
—Déjeme recoger mis cosas.
Lucas la observó cruzar la habitación y recoger una maleta bastante deteriorada apoyada contra la pared del fondo. Se la llevó.
—¿Es todo lo que ha traído? —preguntó, mirando la maleta.
—Bueno, siempre he creído en viajar ligero. Mi mamá decía que cargar demasiado desgasta a una persona más rápido que a una mula con una carga demasiado pesada.
Lucas enarcó una ceja, pero no dijo nada mientras alargaba la mano hacia la maleta.
—Está bien —dijo Emma—. Puedo llevarla yo misma.
—De acuerdo. —Lucas dio un paso atrás.
—Solo necesito despedirme de mis amigas —dijo Emma, mirando por encima del hombro.
—La esperaré afuera.
Lucas se dio la vuelta, salió de la habitación, recorrió el pasillo y salió al porche. Miró hacia el banco, pero el anciano ya no estaba. Cruzó el porche y se apoyó en la barandilla de madera a esperar.
Exhaló, aliviado de haber salido de aquella habitación sofocante. Otro carruaje se detuvo y dos hombres bajaron. Hermanos, por lo que parecían. Se tocaron el ala del sombrero a modo de saludo antes de desaparecer en la pensión.
Un momento después, Emma salió.
—¿Lista? —preguntó Lucas.
—Lista y dispuesta.
Lucas bajó del porche, recorrió el camino y cruzó la calle. Desató al caballo mientras Emma subía al carruaje con la maleta en el asiento de al lado. Lucas subió al asiento delantero y tomó las riendas. Chasqueó la lengua suavemente y el carruaje se puso en marcha.
Lucas mantuvo la vista al frente mientras avanzaban por la calle principal.
Altos edificios de ladrillo y piedra flanqueaban la amplia avenida; el camino, recientemente renovado, estaba ahora pavimentado con granito gris y rosa.
Mientras avanzaban, Lucas reparó en la nueva tienda, una sombrerería especializada en sombreros y tocados confeccionados con materiales finos como seda, terciopelo y paja, apropiados para toda ocasión.
Cada vez que venía al pueblo, parecía haber otra elegante boutique de ropa o tienda que ofrecía productos que nadie necesitaba realmente.
Parecía casi imposible lo rápido que había crecido el pueblo en tan poco tiempo, y Lucas echaba de menos cómo era antes; ya casi no reconocía aquel lugar.
Lucas aminoró la marcha cuando un grupo de niños cruzó corriendo delante de ellos.
—Me quedo de piedra —dijo Emma en voz baja.
—¿Cómo dice? —preguntó Lucas, volviendo la cabeza hacia Emma, que contemplaba los escaparates con asombro.
—Es tan diferente de mi tierra —confesó Emma—. Todas estas tiendas... me hacen sentir como una colegiala emocionada.
Lucas gruñó algo ininteligible entre dientes.
—¿No le gustan las cosas bonitas? —preguntó Emma con curiosidad.
—Las cosas bonitas están bien —dijo Lucas—. Si es lo suyo.
—Entonces, ¿qué mosca le ha picado?