Prólogo #2
El siguiente en marcharse fue Harry, el mediano. Consiguió trabajo arreando ganado y era feliz, o al menos eso parecía, aunque Emma no lo había visto en casi cuatro años.
Thomas, el segundo de los hermanos, no supo sobrellevar el dolor por la muerte de sus padres y se refugió en la bebida y el juego. Había vendido casi todo lo que no estaba clavado al suelo para costear sus vicios.
En cierto modo, Emma se había sentido aliviada cuando Thomas dejó de volver a casa.
Se había preocupado, por supuesto, pensando que algo pudiera haberle sucedido, pero él escribió unos meses después de desaparecer.
En su carta, prometía no volver hasta que estuviera mejor, hasta que hubiera vencido a sus demonios. Eso fue hacía tres años.
Tras la marcha de Thomas, solo quedaron Emma y Beth, las dos pequeñas de la familia Hockley. Habían hecho todo lo posible por mantener las cosas a flote, aunque más que vivir, sobrevivían.
Luego, hacía unas semanas, había llegado una carta inesperada de una prima segunda de su madre que invitaba a Beth a ir a vivir con ella a Nueva York.
Beth no había querido dejar sola a Emma, pero sabía que era una oportunidad demasiado buena para rechazarla.
Tendría un buen hogar, una educación. Como benjamina de la familia, Beth había vivido casi toda su vida en la adversidad, sin recordar los tiempos anteriores a la guerra.
Emma sabía que aquella era su oportunidad de tener una vida mejor, un futuro mejor.
Todos se habían marchado, y ahora solo quedaba Emma en aquella casa que ya no era un hogar. Solo un lugar lleno de fantasmas y recuerdos.
Permaneció sentada en su silla hasta que la cocina quedó a oscuras; entonces se levantó y encendió la pequeña lámpara de parafina, que bañó la habitación con un resplandor tenue.
Después calentó un poco de sopa y la llevó con cuidado a la mesa, pero al sentarse se dio cuenta de que no tenía hambre.
Emma se recostó en la silla, contemplando cada asiento vacío, y dejó escapar un hondo suspiro.
En el centro de la mesa estaba el periódico más reciente que Beth había rescatado de la calle el día anterior. Emma lo cogió, deseosa de distraerse. Pasó las páginas entornando los ojos bajo la luz tenue.
Al llegar a la sección de anuncios clasificados, uno de media página captó su atención. Se inclinó hacia delante para leer.
Atención, mujeres solteras
¿Busca aventura, amor y un nuevo comienzo en la vasta extensión del Oeste? No busque más. La oportunidad de su vida la aguarda a bordo del barco de novias con destino a Cedar Ridge, Texas, esta primavera.
Únase a nosotros en este viaje a la agreste frontera del Estado de la Estrella Solitaria.
Deje atrás los confines familiares del Este y abrace la promesa del Oeste indómito.
En Cedar Ridge abundan las oportunidades para mujeres trabajadoras como usted de forjarse una nueva vida y encontrar el amor verdadero.
Imagínese la emoción de bajar por la pasarela a los bulliciosos muelles de Cedar Ridge, recibida por el cálido sol de Texas y las sonrisas acogedoras de sus futuros vecinos.
Con sus extensos ranchos, sus tierras de cultivo fértiles y su vibrante espíritu comunitario, Cedar Ridge ofrece infinitas posibilidades para empezar de nuevo.
¡Pero eso no es todo! Como pasajera a bordo de nuestro barco de novias, disfrutará de cómodos alojamientos, deliciosas comidas y la camaradería de otras viajeras que emprenden el mismo viaje de esperanza y oportunidad.
No deje escapar esta oportunidad única. Dé el primer paso hacia su futuro: embarque en el barco de novias con destino a Cedar Ridge, Texas. ¡Su nueva vida comienza aquí!
Para más información y para reservar su plaza, escríbanos hoy mismo. Las plazas son limitadas y el plazo de inscripción finaliza el 31 de enero de 1880. No se demore: su futuro la espera en Cedar Ridge.
Emma se recostó sin apartar la vista del anuncio, con la mente a mil.
Había oído hablar de los barcos de novias, pero nunca había visto uno anunciado cerca de su pueblo.
Las expediciones hacia el oeste, como la Fiebre del Oro de California, habían provocado escasez de mujeres en muchas comunidades fronterizas.
Los barcos de novias llevaban mujeres casaderas a esos asentamientos para que los hombres que habían llegado en masa tuvieran la oportunidad de casarse y formar familias.
¿Podría ella embarcarse en un barco de novias y comenzar una nueva vida en el oeste?
Nunca había considerado semejante aventura para sí misma, pero ahora que el último de sus hermanos se había marchado, Emma estaba sola.
Ningún hombre de Laurelwood le interesaba; la mayoría ya eran maridos y padres.
No podía mantener la casa y las tierras ella sola, y llevaba mucho tiempo soñando con ver más mundo.
Emma contempló el anuncio y, pese a la aprensión que sentía, no pudo evitar pensar que quizá se había topado con él por alguna razón.
Un chotacabras batió las alas fuera de la ventana, y Emma dio un respingo, sobresaltada por el ruido repentino.
—¡Santo cielo! —exclamó Emma.
Ash salió disparada por la habitación y saltó al alféizar de la ventana, con su brillante ojo amarillo reflejado en el cristal mientras escudriñaba la oscuridad.
Emma se apartó de la ventana y reprimió un bostezo. Había sido un día largo y emotivo.
—Vamos, Ash —dijo, colocándose el periódico bajo el brazo—. A la cama.
Tras dejar el cuenco en el fregadero, cruzó la cocina. Al llegar al umbral, Emma miró por encima del hombro, pero Ash seguía sentada en el alféizar, meneando la cola.
Emma recorrió el pasillo hasta su dormitorio y dejó la puerta entornada para Ash. Se desvistió, tiritando por el frío de la noche. Se puso el camisón y se metió en la cama de un salto.
Se dio la vuelta y extendió el brazo sobre el colchón donde solía dormir Beth. Emma siempre se quejaba cuando su hermana pequeña le ponía los pies fríos encima, pero ahora echaba de menos esos piececitos helados.
Tumbada boca arriba, contempló el techo, cubierto de manchas de moho negro y gris.
Emma quería dormirse, pero el sueño no llegaba. La casa estaba demasiado silenciosa sin Beth. Suspiró y se volvió de lado otra vez, con la mirada fija en el espacio vacío junto a ella.
Al final, salió de la cama y fue descalza hasta la ventana, pisando el suelo frío. Se quedó allí de pie, contemplando la luz de la luna. Al cabo de unos instantes, se apartó de la ventana y reparó en el periódico sobre la pequeña cómoda de madera.
Era una locura cruzar el mar para casarse con un desconocido, pero cuanto más lo pensaba Emma, más atractiva le resultaba la idea. Durante los últimos años, había estado tan decidida a labrarse un futuro, y sin embargo, ¿qué había conseguido?
El rancho se venía abajo, su familia se había ido y estaba completamente sola, sin ninguna perspectiva de futuro. Hubo un tiempo en que esperaba conocer a un hombre y enamorarse, pero nunca había ocurrido. ¡Y ese año cumpliría veintisiete!
Quizás esta fuera la oportunidad que necesitaba para cambiar su vida. Una verdadera aventura. Emma dejó que la emoción acallara las alarmas que sonaban en su cabeza, advirtiéndole de los peligros de viajar sola siendo mujer.