Epílogo #2
Sarah asintió mientras le entregaba la bebé dormida a Nate. Él le sonrió mientras ella se volvía, subía al carromato y apartaba la lona a un lado.
Nate se quedó justo fuera del carromato, con la espalda apoyada contra el marco de madera, escuchando la conversación entre Sarah y Jacob.
—Jacob, he venido a decirte que te perdono —dijo Sarah con voz serena pero firme.
Hubo un momento de silencio y Nate imaginó la sorpresa de Jacob.
—¿Me... perdonas? —La voz de Jacob sonaba incrédula, teñida de asombro.
—Sí —continuó Sarah con tono firme—. Necesito perdonarte por mí misma para poder seguir adelante.
Jacob soltó una risa amarga.
—No merezco tu perdón, Sarah. No debería haber hecho lo que hice, llevarte del campamento. Echo la culpa a la bebida, pero eso no es excusa.
Nate percibía el arrepentimiento en la voz de Jacob, una vulnerabilidad descarnada que antes no estaba allí.
—Sé que lo lamentas —dijo Sarah con suavidad—. Pero necesitas entender que voy a seguir adelante, y tú debes hacer lo mismo.
—No puedo dejarte ir así como así, Sarah —dijo con voz tensa—. Cometí un error terrible, pero si me das otra oportunidad, puedo enmendarlo. Dejaré la bebida, te lo prometo.
—Jacob, eres el último Turner que queda —dijo Sarah, y su voz se suavizó—. Si sigues por este camino, matándote a beber, no me harás feliz. No cambiará nada. Tienes que elegir hacer algo con tu vida, ser mejor que Robert.
A Nate se le hizo un nudo en la garganta al oír sus palabras. Le estaba ofreciendo a Jacob un salvavidas, una oportunidad de redimirse y encontrar un camino mejor. Esperaba que Jacob lo aceptara.
Hubo una larga pausa y Nate casi podía oír a Jacob dándole vueltas a todo en su cabeza.
—No sé si puedo —dijo Jacob en apenas un susurro—. No sé si puedo ser mejor.
—Puedes —insistió Sarah—. Sé que puedes. Pero tienes que quererlo. Tienes que elegirlo por ti mismo, no por nadie más.
Nate se inclinó hacia delante, con el corazón desbocado. Sentía el peso del momento, la posibilidad de cambio flotando en el aire.
Jacob suspiró hondo.
—No sé por dónde empezar.
—Empieza soltando el pasado —dijo Sarah con suavidad—. Y soltándome a mí.
—No puedo —dijo Jacob.
—Tienes que hacerlo —dijo Sarah.
—Pero te quiero —dijo Jacob—. Siempre te he querido.
—Lo sé —dijo Sarah—. Pero necesitas dejarme marchar.
El vagón quedó en silencio durante un largo momento, y entonces Nate oyó el crujido de la madera. Un instante después, la lona se apartó y Sarah salió. Él le tendió la mano y entrelazaron los dedos. Ella alzó la vista hacia él, con los ojos llenos de alivio y un asomo de tristeza.
—¿Estás bien? —preguntó él en voz baja, escrutándole el rostro.
Sarah asintió mientras cogía a Rosie de sus brazos.
—Vamos —dijo Nate.
Mientras Nate y Sarah regresaban a su vagón, Nate no pudo evitar mirar por encima del hombro.
La silueta de Jacob se recortaba contra la lona blanca del vagón, inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido para él.
Nate se preguntó si Jacob tendría realmente la fuerza para hacer lo que Sarah le había pedido: seguir adelante y encontrar un camino mejor.
***
Al despuntar el alba en el horizonte, Nate guio la caravana por el polvoriento sendero hacia la Estación Gray. La mañana era fresca, el aire impregnado del aroma nítido del otoño que se acercaba, anunciando el cambio de estación y recordándoles la urgencia de su viaje.
La Estación Gray era un bullicioso puesto avanzado en el límite de la frontera, un enclave vital para los pioneros que viajaban hacia el oeste.
El asentamiento lo formaban una serie de edificios bajos y robustos de madera y adobe, agrupados en torno a un puesto comercial central.
Este establecimiento, regentado por la familia Gray, hacía las veces de tienda general y punto de encuentro para viajeros que buscaban intercambiar mercancías, historias y noticias del Camino.
A medida que se acercaban, los sonidos de la vida en la estación se hacían más intensos: el crujido de los vagones, el mugido de los bueyes y los gritos de los comerciantes pregonando sus mercancías.
El humo se elevaba de las chimeneas, trayendo consigo el olor de las fogatas y el heno fresco.
Pese a su apariencia rústica, la Estación Gray era un alivio para los viajeros exhaustos, pues les ofrecía suministros, reparaciones menores y un breve respiro de la implacable naturaleza salvaje.
Nate guio la caravana hacia una zona designada para que los viajeros montaran campamento. El terreno estaba muy trillado, con calvas de tierra desnuda donde innumerables fogatas habían ardido y los vagones habían formado círculos. Cuando se detuvieron, Nate bajó de su vagón y congregó al grupo.
—Escuchad —comenzó Nate, con la voz resonando clara sobre el bullicio—. Solo estaremos aquí una noche, así que necesito que todos os centréis en reabastecer vuestros vagones. Revisad los suministros para ver qué necesitáis, pero daos prisa. No podemos permitirnos perder tiempo aquí.
Recorrió con la mirada los rostros de los colonos, advirtiendo la fatiga que marcaba sus rasgos.
—Sé que todos estáis cansados, pero tenemos que seguir avanzando. El invierno nos pisa los talones y debemos estar bien internados en las montañas antes de las primeras nieves.
A su alrededor, la estación bullía de actividad.
Pioneros de otras caravanas deambulaban, regateando con comerciantes que habían montado puestos temporales donde ofrecían de todo: desde productos frescos y carne hasta piezas de repuesto para vagones y artículos hechos a mano.
Los niños corrían entre los vagones, y sus risas eran un breve respiro del arduo viaje.
Nate se dirigió al puesto comercial, cuyo porche delantero estaba abarrotado de barriles de carne salada y sacos de harina.
Dentro, los estantes rebosaban de mercancías, y el aire olía a cuero, tabaco y especias.
Saludó al señor Gray, el propietario, un hombre curtido de trato afable y ojo avizor para los negocios.
Mientras organizaba los suministros necesarios, Nate pensó en Sarah y la pequeña Rosie, ahora a salvo y acurrucadas en su vagón bajo la atenta mirada de Emma.
La breve parada en la Estación Gray era un alto necesario en su viaje, un momento para reunir fuerzas y recursos de cara a los desafíos que les aguardaban.
A medida que avanzaba el día, Nate se sumergió en el bullicio, echando una mano donde podía y asegurándose de que la breve estancia fuera lo más productiva posible.
Observó a Thomas y al herrero local discutir animadamente sobre la alineación de un eje en uno de los vagones; sus voces se mezclaban con el repiqueteo del metal y el resoplido ocasional de algún buey impaciente.
Entonces, por el rabillo del ojo, Nate vio a Jacob de pie, apartado a unos cientos de metros, con sus pertenencias reunidas en una bolsa gastada a sus pies.
Tenía los hombros encorvados y pateaba distraídamente el suelo con la punta de la bota.
Mientras lo observaba, Nate recordó las palabras de Sarah de la noche anterior sobre el perdón y seguir adelante.
Tras un momento de vacilación, Nate se dio la vuelta y caminó hacia él.
Jacob oyó sus pasos y se volvió. Nate casi esperaba ver la dureza habitual en sus ojos, la ira o el desafío. Pero Jacob parecía resignado, cansado y, de algún modo, empequeñecido.
—¿Qué harás ahora? —preguntó Nate, rompiendo el tenso silencio que se había instalado entre ellos.