La promesa del jefe de caravana a una nueva vida Capítulo treinta y uno #3
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Capítulo treinta y uno #3

Pero Jacob continuó sin detenerse, impulsado por una desesperación que parecía nublarle el juicio.

A media mañana, el sol proseguía su ascenso implacable por el cielo, una presencia feroz sobre sus cabezas que no mostraba piedad alguna.

Las fuerzas de Sarah menguaban a ojos vista; cada paso le costaba más que el anterior.

Llevaba la ropa polvorienta y empapada de sudor, pegada al cuerpo de forma incómoda, rozándole la piel.

Notaba la arenilla en la boca y entre los dientes, una irritación constante y enloquecedora.

Un calambre sordo le roía el estómago, persistente, cada vez más intenso con cada hora que pasaba.

Era un recordatorio constante de su estado, de la vida que llevaba dentro y que necesitaba proteger.

Se llevó una mano al vientre hinchado, tratando de darse consuelo a sí misma y al bebé.

Pero el dolor se volvía insoportable; el peso del miedo la oprimía y le dificultaba respirar.

Sus pensamientos eran un torbellino caótico de desesperación y ansiedad.

De vez en cuando, una oleada de pánico le subía desde dentro y amenazaba con ahogarla en la desesperación.

No podía evitar pensar en Nate, preguntarse si estaría ahí fuera buscándola, si estaría preocupado por ella y por el bebé.

Pensar en él le proporcionaba un pequeño consuelo, un hilo frágil de esperanza al que aferrarse.

Jacob avanzaba con paso pesado delante de ella, arrastrando los pies, con los hombros hundidos.

Parecía tan agotado como se sentía ella, con el rostro manchado de suciedad y sudor.

Tenía los ojos vacíos, llenos de una mezcla de ira y desesperación.

Sarah veía el precio que el viaje estaba cobrándose en él, pero sabía que no podía fiarse de sus intenciones.

La imprevisibilidad de Jacob era una amenaza constante, un peligro que se cernía sobre ella como una nube oscura.

—Jacob, por favor, necesitamos descansar —suplicó Sarah con la voz tensa por el dolor y el agotamiento.

—No podemos parar —espetó él sin siquiera volverse a mirarla—. Tenemos que seguir adelante.

Sarah tropezó; las piernas le fallaron. Logró sostenerse, pero el esfuerzo la dejó sin aliento.

—No puedo seguir así —dijo con lágrimas de frustración y miedo en los ojos—. El bebé...

Jacob se volvió por fin, con una expresión mezcla de irritación y preocupación. La miró, la miró de verdad, y por un momento ella creyó ver un destello del Jacob que había conocido.

—Está bien —dijo con brusquedad—. Descansaremos un poco. Pero no mucho rato.

Encontraron un pequeño retazo de sombra bajo un árbol raquítico, y Sarah se dejó caer al suelo con todo el cuerpo temblándole de agotamiento.

Se apoyó contra la corteza áspera, cerró los ojos e intentó acompasarse la respiración.

El dolor en el estómago era implacable; cada calambre, un recordatorio punzante de la vida por la que luchaba.

Jacob iba y venía inquieto cerca de ella, con los ojos recorriendo el horizonte como si esperara que alguien apareciera en cualquier momento.

Su agitación era palpable, y Sarah sabía que estaba a punto de derrumbarse.

Tenía que encontrar la manera de llegar a él, de hacerle entrar en razón antes de que fuera demasiado tarde.

—Jacob —dijo con suavidad mientras abría los ojos y lo miraba—. Por favor, tenemos que volver. Esto no va a funcionar.

Él dejó de caminar y se volvió hacia ella con la mandíbula apretada.

—No puedo volver, Sarah. Ahora no. Tenemos que seguir adelante.

—¿Pero adónde vamos? —preguntó con un deje de desesperación en la voz—. Estamos perdidos, y el bebé... No sé cuánto más voy a aguantar.

El rostro de Jacob se crispó de frustración.

—Encontraremos un pueblo, nos casaremos y empezaremos de nuevo. Ya lo verás. Todo irá mejor en cuanto estemos lejos de ellos.

Sarah negó con la cabeza mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas.

—No lo entiendes. Este no es el camino. Necesitamos ayuda, Jacob. No podemos hacerlo solos.

Él se acercó, y su expresión se suavizó por un instante.

—Te quiero, Sarah. Hago esto por nosotros, por el bebé. Confía en mí.

Ella lo miró a los ojos, buscando alguna señal del hombre que había conocido. Pero solo vio a un hombre roto y desesperado, aferrado a un sueño que los estaba destrozando a ambos.

—Quiero creerte —susurró—. Pero tengo miedo. Mucho miedo.

Jacob le enjugó una lágrima de la mejilla con una delicadeza sorprendente.

—Lo conseguiremos, Sarah. Tenemos que conseguirlo.

Cuando él apartó la mano, ella cerró los ojos y se recostó contra el árbol, tratando de encontrar algo de paz en medio del caos que los rodeaba.

—Vamos —la apremió Jacob.

Sarah intentó dar otro paso, pero el cuerpo no le respondió.

Se desplomó en el suelo, con la arena ardiente contra la piel.

Cuando Jacob volvió a levantarla, los ojos se le abrieron de par en par, horrorizados.

Debajo de ella se había formado un pequeño charco en la arena, de agua y sangre, y sintió la humedad entre las piernas.

—Jacob —logró decir con la voz teñida de pánico—. El bebé... ya viene.