La promesa del jefe de caravana a una nueva vida Capítulo veintiocho
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Capítulo veintiocho

—No podemos irnos sin más —insistió Clint, con voz firme y el ceño fruncido de preocupación—. Jacob podría seguir ahí fuera. Podría estar vivo.

Pete asintió, de acuerdo, con los brazos cruzados en actitud defensiva. —Sí, tenemos que seguir buscando. No está bien dejar atrás a un hombre así.

Nate estaba con Pete y Clint a las afueras del círculo de carretas; el sol matutino proyectaba largas sombras sobre el campamento polvoriento.

La tensión vibraba en el aire como un cable a punto de romperse mientras los dos hombres se plantaban frente a él, con expresiones que mezclaban frustración y desafío.

Nate exhaló profundamente. Entendía sus preocupaciones y su lealtad hacia el amigo, pero como líder, tenía que pensar en el bienestar de todo el grupo.

—Han pasado dos días desde que amainó la tormenta —respondió Nate, con voz firme a pesar de la creciente frustración—. Hemos buscado todo lo posible. Hemos llamado a gritos y revisado cada refugio imaginable. A estas alturas, lo más probable es que Jacob esté muerto.

La expresión de Clint se ensombreció ante las palabras de Nate. —Parece que eso es lo que deseas —espetó con amargura.

Nate sintió una oleada de ira ante la acusación.

¿Acaso no había hecho suficiente para demostrar su capacidad de liderazgo?

¿Acaso no había sido él quien se había levantado al amanecer para encabezar la búsqueda durante los últimos dos días?

Fue entonces cuando Nate comprendió que nunca lograría demostrarles a esos hombres que era un buen líder, hiciera lo que hiciera, y así eran las cosas.

Así que, en lugar de seguir gastando saliva, haría lo que mejor sabía hacer: liderar.

—No podemos retrasarnos más —dijo con voz autoritaria que cortaba el frío de la mañana—. Nuestros suministros se están agotando y ya vamos con retraso. Tenemos que llegar al siguiente punto de abastecimiento. De verdad que no podemos demorarnos más.

Nate hizo una pausa. —Ofrezco dos caballos a quien quiera quedarse y continuar la búsqueda. Pueden llevarse suministros para unos días.

Pete y Clint intercambiaron una mirada, abrumados por el peso de la decisión. La oferta era generosa, dadas las circunstancias, y dejaba la responsabilidad de elegir en sus manos.

Tras un momento, Clint negó con la cabeza y habló con voz resignada. —No, iremos con la caravana. Pero si lo dejamos atrás, será responsabilidad tuya, Nate.

Nate asintió y aceptó la carga. —Lo entiendo —respondió sin más.

Mientras se dispersaban para preparar la partida, Nate sintió el peso del liderazgo con más intensidad que nunca. Sabía que no todos estarían de acuerdo con sus decisiones, pero también sabía que el equilibrio entre compromiso y firmeza era necesario para no quedarse sin comida ni agua potable.

Nate se volvió hacia las carretas y respiró hondo. En ese momento, Sarah se acercó.

—¿Y bien? —preguntó ella con los ojos marrones muy abiertos.

—Nos vamos —dijo Nate.

Sarah asintió y sus hombros se relajaron visiblemente.

—¿Quieres venir conmigo? —ofreció Nate.

Sarah asintió y las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba.

—Vamos —dijo Nate, y le tocó la espalda.

Mientras la caravana avanzaba, el crujido rítmico de las carretas y el constante repiqueteo de los cascos contra el sendero accidentado acompañaban los pensamientos de Nate como una banda sonora familiar. Con Jacob desaparecido, todo era diferente.

Tener a Sarah de nuevo a su lado en el asiento de la carreta le resultaba reconfortante, pero Nate no podía ignorar su silencio y se preguntaba qué estaría pensando.

—¿Estás bien? —preguntó Nate.

Sarah se volvió hacia él y asintió, con una sonrisa tensa en los labios.

Volvieron a quedarse en silencio, y mientras el paisaje vasto y abierto se extendía ante ellos, Nate supo que aquella era la sensación de libertad que siempre había apreciado.

Sin embargo, al mirar a Sarah, con la mirada pensativa fija en el horizonte, reconoció el peso de nuevas responsabilidades y los contornos de un futuro muy diferente del que siempre había imaginado.

—Sarah —dijo Nate.

Ella se volvió hacia él.

—Sé que no hemos tenido tiempo de hablar, la verdad, no con todo lo que está pasando...

Su voz se apagó mientras buscaba las palabras adecuadas.

—Todavía nos queda un largo viaje hasta California —continuó Nate—. Lo más probable es que el bebé nazca antes de que lleguemos.

Sarah asintió y se llevó instintivamente la mano al vientre.

—He estado pensando mucho en lo que pasará cuando lleguemos al final —dijo Nate, y se detuvo un instante.

—No pasa nada, Nate —lo interrumpió Sarah—. Sé que nunca planeaste tener esposa ni hijos. Te encanta tu libertad, y esto... lo nuestro... es complicado.

Nate respiró hondo. Las palabras de ella quedaron suspendidas entre los dos como las nubes de polvo que dejaban las carretas a su paso.

—Bueno, de eso se trata precisamente —admitió, con los ojos fijos en el camino pero la mente puesta en el futuro de ambos—. El Camino es un lugar peligroso, demasiado peligroso para un bebé. No me lo perdonaría si os pasara algo a ti o al bebé por una decisión mía.

Sarah asintió mientras asimilaba sus palabras, con una expresión que mezclaba comprensión y preocupación.

—Sarah...

Pero antes de que pudiera decir nada más, una persona apareció de repente en el camino, más adelante. La figura avanzaba tambaleándose, cubierta de polvo y desaliñada, casi confundiéndose con el paisaje.

Nate entrecerró los ojos e intentó discernir la identidad de aquella aparición inesperada. Su mano se movió instintivamente hacia las riendas para frenar la carreta.

A medida que se acercaban, los rasgos de la figura se fueron definiendo, y un escalofrío de reconocimiento lo recorrió.

—No puede ser —murmuró entre dientes.

Justo entonces, la figura levantó la cabeza y a Nate se le cayó el alma a los pies. Era Jacob, que había regresado de algún modo, con un aspecto tan maltratado y desgastado como el propio desierto.

Sarah jadeó suavemente a su lado y le agarró el brazo. —¿Es...?

—Jacob —respondió Nate.

Nate detuvo la carreta en seco; la visión de Jacob tambaleándose en el camino hizo que un silencio se extendiera por las carretas más cercanas.

Nate se volvió rápidamente hacia Sarah, con expresión firme. —Quédate aquí —le ordenó en un tono que no admitía réplica.

Bajó del carro y sus botas levantaron polvo mientras se acercaba a Jacob, que parecía al borde del colapso. La ropa del hombre estaba rasgada y cubierta de tierra, el rostro quemado por el sol y marcado por el agotamiento.

Al acercarse Nate, la voz ronca de Jacob rompió el silencio. —Agua...

Sin dudarlo, Nate regresó corriendo al carro a buscar su cantimplora.

—¡Emma! —llamó hacia la fila de carros—. ¡Aquí!

Nate volvió rápidamente junto a Jacob con el agua y lo sostuvo mientras bebía con avidez.

Parte del líquido se le derramaba por la barbilla y le humedecía el cuello polvoriento de la camisa.

Emma llegó y entre los dos ayudaron a Jacob a llegar hasta un árbol cercano, donde tendría sombra y un lugar donde sentarse.

El resto del campamento, alertado por la conmoción, comenzó a reunirse alrededor.

En sus rostros se mezclaban el alivio, la curiosidad y, en algunos casos, la incredulidad.

Emma se puso a atender a Jacob, le revisó los signos vitales y se aseguró de que estuviera estable, mientras los espectadores murmuraban entre ellos.

Un rato después, Jacob parecía algo recuperado y su respiración era más estable.

—¿Qué pasó, Jacob? —preguntó Curtis.

—La tormenta... me pilló desprevenido —dijo Jacob—. No podía ver nada; todo era polvo y viento. Vagué durante días intentando encontrar el camino de vuelta.

Pete dio un paso adelante, con el rostro marcado por emociones encontradas. —Te buscamos, Jacob —dijo—. Gritamos tu nombre, buscamos en todos los lugares donde pensamos que podrías haber ido. Pero la tormenta lo cubrió todo y fue imposible rastrearte.

Jacob asintió débilmente. —Pensé que nunca volvería a ver a nadie —admitió, mientras recorría con la mirada los rostros a su alrededor.

Mientras Emma continuaba con el examen para asegurarse de que no hubiera lesiones graves que hubieran pasado desapercibidas, Nate se quedó un poco atrás, observando cómo se desarrollaba la escena.

Captó la mirada de Sarah entre la multitud; su expresión reflejaba las mismas emociones conflictivas que él sentía.

—Deberías viajar conmigo —dijo Emma—. Así puedo vigilarte.

—¿Dónde está Sarah? —preguntó Jacob de repente.

—Estoy aquí —dijo Sarah, dando un paso adelante.

Los hombros de Jacob se relajaron mientras la miraba, y Nate no pudo evitar fijarse en que sus ojos azules estaban llenos de ternura.

—¿Te sentarás conmigo? —preguntó.

Sarah vaciló un momento y luego asintió.

—Muy bien —dijo Nate—. Volvamos al camino.

Se detuvieron a almorzar hacia el mediodía. Nate no había visto a Jacob ni a Sarah desde esa mañana.

Mientras todos se reunían para comer, Nate se quedó en las afueras del campamento, con la mirada fija en las colinas distantes que se extendían bajo el vasto cielo.

Sus pensamientos eran turbulentos, debatiéndose entre la decepción y la culpa.

Una parte de él, una parte importante, había esperado que por fin estuvieran libres de Jacob.

Mary se acercó a él en silencio y Nate se volvió hacia ella. Sostenía una manzana en la mano, que le ofreció mientras se colocaba a su lado.

—Pensé que te vendría bien algo de sustento —dijo.

Nate tomó la manzana y la giró entre las manos. —Gracias —dijo con un suspiro pesado.

—La repentina reaparición de Jacob fue inesperada —señaló Mary.

—Y que lo digas —coincidió Nate, y le dio un mordisco a la manzana. Su frescura lo distrajo momentáneamente de sus pensamientos más sombríos.

Mary le puso una mano reconfortante en el hombro y él se volvió hacia ella. —A veces, estar al borde de la muerte puede hacer que un hombre se vuelva más humilde, que cambie para mejor —dijo—. Quizás esta experiencia le venga bien a Jacob.

Nate masticó aquellas palabras junto con la manzana, sopesando la posibilidad. Quería creer que Jacob podría cambiar, que aquella terrible experiencia podría haberle suavizado las aristas, haberle hecho entrar en razón.

—Espero que tengas razón —dijo, aunque su tono carecía de convicción—. Pero algo me dice que Jacob no va a volverse un encanto de la noche a la mañana.

Mary asintió con cierta tristeza. —Sí, la gente rara vez cambia de la noche a la mañana —concedió—. Pero la esperanza es lo último que se pierde.

Le dio un último apretón en el hombro y se dio la vuelta para irse, dejando a Nate a solas con sus pensamientos.

Cuando Nate oyó el crujido de la grava bajo unas botas, se volvió esperando ver a Mary de vuelta con quizás otra palabra o gesto reconfortante. En cambio, se encontró frente a Jacob, cuya apariencia aún mostraba las huellas del polvo y el desorden de su reciente calvario.

—Jacob —dijo Nate—. ¿Cómo te encuentras?

El destello peligroso en los ojos azules de Jacob era inconfundible, y Nate sintió que se le hacía un nudo en el estómago.

—Deja el teatro —siseó Jacob con voz venenosa—. Sé lo que te traes entre manos.

Nate frunció el ceño, esforzándose por mantener la compostura. —Deberías ir a descansar —dijo.

Pero Jacob dio un paso tambaleante hacia adelante; tenía el equilibrio alterado, pero su intención era clara. —Sé lo que te traes entre manos —repitió en voz baja y amenazante—. Clint me dijo que ella iba en tu carro esa mañana.

—Solo estaba velando por ella —explicó con calma—. Es mi responsabilidad velar por todos en la caravana.

La risa de Jacob fue amarga y hueca. —¡Mentiroso! —ladró con el rostro contorsionado por la rabia—. Te hiciste el héroe buscándome, mientras intentabas recuperar a Sarah. Fingiste buscarme para que, cuando no me encontraras, pudieras quedar como un hombre respetable.

La paciencia de Nate se agotó, pero mantuvo la voz firme. —Jacob, estás deshidratado y no piensas con claridad. Hicimos todo lo que pudimos para encontrarte.

La ira de Jacob pareció crecer y su respiración se volvió pesada. —Nunca la dejaré ir —declaró mientras se acercaba más, con intención amenazante—. Es mía, y si intentas algo, te mataré.

Nate le sostuvo la mirada sin inmutarse a pesar de la amenaza. —Ve a descansar, Jacob.

Jacob lo fulminó con la mirada un momento más antes de darse la vuelta y alejarse tambaleándose. Nate lo observó irse con la mente acelerada. Vaya con la esperanza eterna de Mary.

Nate captó un movimiento de reojo y se volvió para ver a Elijah, que se acercaba a caballo con expresión sombría.

—¿Qué ocurre? —preguntó Nate.

—Tenemos un problema —dijo Elijah.