Capítulo Veintiséis
Nate respiró hondo. El peso de aquella pregunta le caía sobre los hombros. Llevaba días dándole vueltas a la situación, debatiéndose con lo complicado de su aprieto.
—He estado pensándolo —comenzó, con voz baja y seria—, y no hay salida fácil. Si lo afrontamos aquí de frente, podría acabar en pelea; no hay duda de que Jacob tomará represalias. No me preocupo por mí, sino por ti, por el bebé y por todos los demás en el campamento.
Hizo una pausa y la miró a los ojos.
—¿Puedes seguir así hasta que lleguemos a la próxima parada de suministros? No está lejos, solo a unos días de viaje. Allí nos aseguraremos de que Jacob y sus leales se queden atrás. Es la única forma de que nadie salga herido.
La expresión de Sarah se endureció con determinación; una fuerza silenciosa emanaba de ella.
—Puedo hacerlo —dijo con voz firme, a pesar del miedo que Nate sabía que sentía—. Puedo aguantar.
Nate extendió la mano y le acarició suavemente la mejilla; el pulgar le rozaba la piel con delicadeza.
—Lo sé. Eres la persona más fuerte que he conocido.
Sarah cerró los ojos por un momento.
—Sarah —dijo Nate.
Ella abrió los ojos de nuevo.
—Estoy enamorado de ti.
Los ojos marrones de Sarah se abrieron de par en par con sorpresa, y algo más profundo brilló en ellos.
Pero antes de que ninguno de los dos pudiera decir nada más, el sonido de pasos y el murmullo de la voz de Jacob rompieron el momento.
A Nate se le cayó el alma a los pies cuando el mundo real irrumpió de golpe.
Retrocedió y se fundió con las sombras justo cuando Jacob entraba tambaleándose en el claro, con la mirada escrutando alrededor.
—¿Sarah? ¡Ahí estás! —llamó Jacob a voces, ajeno a la tensión que había interrumpido.
Sarah se volvió hacia Jacob con el rostro convertido en una máscara de neutralidad mientras Nate desaparecía en la noche. Oculto en la oscuridad, Nate observó un momento más; el corazón le dolía por querer quedarse a su lado, pero sabía que debía esperar el momento adecuado para actuar.
Mientras regresaba a su campamento, la mente le bullía con planes y posibilidades. No tenía ni idea de si funcionaría, pero una cosa estaba clara: haría lo que fuera necesario para proteger a Sarah y al bebé.
***
Habían pasado unos días inquietos desde que Nate le confesó su amor a Sarah.
Cada momento estaba marcado por la tensión del plan secreto y la conmovedora corriente de sus sentimientos recién reconocidos.
A pesar de lo difícil que era ver a Sarah mantener la fachada con Jacob, Nate encontraba esperanza en las miradas que compartían y en los roces fugaces que intercambiaban cada vez que lograban escapar de las miradas ajenas.
De pie en las afueras del campamento, fingiendo revisar los aparejos de uno de los carromatos, Nate se permitió mirar hacia Sarah.
Ella ayudaba a repartir la cena; se movía despacio y con torpeza mientras sorteaba su vientre hinchado.
Jacob hablaba demasiado alto con Curtis, sin prestarle atención a Sarah.
Justo entonces, Nate cruzó la mirada con ella, y entre los dos pasó un mensaje silencioso: una tranquilidad, una promesa.
El corazón se le aceleró y sintió que las comisuras de los labios se le curvaban en una pequeña sonrisa involuntaria.
—¿Sarah? —ladró Jacob—. ¿Dónde está mi cena?
Nate volvió a su tarea; las manos le trabajaban solas.
—Nathaniel —dijo Mary.
Se volvió y vio a la mujer mayor que se acercaba con un plato.
—Te perdiste la cena —dijo ella.
—Lo siento —se disculpó Nate—. Estaba distraído...
—Ya —dijo Mary, arqueando una ceja—. Pero no creo que fueran esos aparejos los que te hicieron olvidar el estómago vacío.
Nate frunció el ceño. No le había contado a nadie su plan ni la conversación con Sarah de la otra noche. Aunque debería haber supuesto que Mary se daría cuenta de que algo pasaba; nada escapaba jamás a su atención.
—No te preocupes —dijo Mary con una sonrisa—. Jacob presta más atención a su botella de whisky que a cualquier otra cosa, gracias a Dios. Pero ¿qué estás tramando, muchacho?
Nate exhaló despacio.
—Dejar a Jacob y a sus amigos en la próxima parada. Continuar el viaje sin ellos.
Mary asintió.
—Sí, aunque no te librarás de él fácilmente.
—No —convino Nate—. Pero es lo más seguro. Estamos cerca de la próxima parada. Solo necesito guardar las distancias un poco más. Pero es difícil, ahora que...
—¿Ahora qué? —insistió Mary con suavidad, inclinándose un poco hacia él con ojos dulces pero curiosos.
Nate hizo una pausa; las palabras se le atascaron en la garganta antes de salir a borbotones.
—Ahora que le he dicho a Sarah que estoy enamorado de ella.
El rostro de Mary se iluminó con una sonrisa cálida y comprensiva.
—Ah, Nate, estoy orgullosa de ti —dijo con voz cargada de afecto—. Ya era hora de que admitieras lo que sientes. No es poca cosa reconocer lo que dicta el corazón, especialmente en tiempos como estos.
No se arrepentía de haberle dicho a Sarah que la amaba.
Si acaso, la confesión había liberado algo en su interior, una parte de su alma que había reprimido demasiado tiempo en nombre del deber y la supervivencia.
Reconocer su amor por Sarah había cambiado algo fundamental en su forma de ver las cosas.
Sin embargo, la verdad era que se había dejado absorber tanto por Sarah, por lo que sentía hacia ella, que no se había parado a pensar qué pasaría cuando todo este lío con Jacob terminara.
—Da miedo —admitió Nate—. Todo este territorio inexplorado.
—Sí —convino Mary, con la mirada firme y tranquilizadora—. Pero no eres ajeno al territorio inexplorado.
Nate se rascó la barba incipiente, pensativo.
—He recorrido muchos terrenos escarpados a lo largo de mi vida —dijo, con la voz teñida de incertidumbre—.
Pero ¿el amor? Ese es un territorio que no sé si sabré manejar.
¿Puedo tener de verdad esta vida y a Sarah?
Ella ha pasado por tantas dificultades...
Ni siquiera sé si querría quedarse en el Camino y criar a un bebé aquí.
No es precisamente el mejor lugar para niños.
Mary escuchó con atención; la expresión se le suavizó con empatía mientras Nate expresaba sus dudas.
—Mi esposo y yo elegimos el Camino en lugar de formar nuestra propia familia.
Fue nuestra elección, y nunca me arrepentí hasta que él falleció.
Entonces me encontré completamente sola —admitió, con un dejo de tristeza en la voz—.
No es una vida fácil, pero era nuestra, y estuvo llena hasta que dejó de estarlo.
Nate asintió lentamente, asimilando sus palabras.
—Cuando le dije a Sarah que estaba enamorado de ella, no lo pensé dos veces, pero ahora no sé cómo renunciar a todo esto.
Los cielos abiertos, la sensación de tener el mundo entero por delante.
La quiero, Mary, pero es la única vida que conozco desde hace mucho.
Mary le sonrió con dulzura y le puso una mano en el brazo para tranquilizarlo.
—Muchacho, no tienes que decidirlo todo de golpe.
Ve paso a paso, un problema cada vez —le aconsejó—.
Y habla con Sarah. Juntos podéis averiguar qué es lo mejor para los dos.
Quizá haya forma de combinar ambos mundos, o quizá encontréis un camino completamente nuevo.
Era cierto; no necesitaba todas las respuestas en ese momento. Lo que necesitaba era abrirse a Sarah, compartir sus miedos y sus sueños, y ver cómo podrían construir juntos un futuro que respetara lo que ambos necesitaban.
—Encontrarás tu camino, muchacho. Siempre lo encuentras.
Más tarde, cuando el campamento se preparó para pasar la noche y las conversaciones y risas se fueron apagando hasta quedar solo el suave crepitar de la fogata, Nate se alejó un poco de los demás. Se quedó contemplando las estrellas, pensando en los inciertos caminos que le deparaba el futuro.
El silencio de la noche solía reconfortarlo, pero esa noche se sentía agobiado.
Había afrontado sus sentimientos por Sarah, había sido sincero sobre lo que sentía, y estaba orgulloso de sí mismo por haber dejado entrar a alguien en su vida por fin.
Pero no conocía otra cosa que ser Jefe de Caravana. ¿Qué haría si dejaba de serlo?
Lo que empeoraba las cosas era que Nate deseaba poder hablar con Sarah y preguntarle cómo veía ella su futuro juntos. Pero no podía, al menos no todavía.
***
Al día siguiente, Nate estaba en el borde de la caravana, contemplando la vasta extensión de las Grandes Llanuras.
El aire estaba inusualmente quieto, y no se oía ni el susurro de la hierba ni el canto de los pájaros, un silencio inquietante.
El cielo, normalmente de un azul claro e infinito, tenía ahora un tinte amarillento, clara advertencia de que el tiempo estaba cambiando.
Lo invadió la inquietud; aquella quietud era como la respiración profunda antes de zambullirse.
Mientras escudriñaba el horizonte, notó una tenue neblina que empezaba a formarse a lo lejos, y el paisaje se iba difuminando bajo un velo creciente de polvo.
El ambiente estaba cargado, impregnado del olor a tierra seca, señal inequívoca de que se avecinaba una tormenta de polvo.
Se volvió hacia el campamento y vio a Elijah revisando los arneses de sus caballos, comprobando que todo estuviera bien sujeto. Decidió expresar sus preocupaciones y se acercó a él; sus botas levantaban pequeñas nubes de polvo que permanecían en el aire, reacias a posarse de nuevo en el suelo.
—Elijah —llamó Nate con un deje de urgencia en la voz. Elijah se volvió; su rostro curtido mostraba las líneas de la experiencia, y entornaba los ojos ante aquella luz extraña.
—Nate, ¿qué pasa? —respondió Elijah mientras se limpiaba las manos en los pantalones.
—Mira el cielo, esta calma. Se avecina algo —dijo Nate, señalando con la cabeza hacia el horizonte, donde la neblina se había espesado y avanzaba lentamente hacia ellos.
Elijah siguió la mirada de Nate y su expresión se volvió pensativa. —Sí, puede que tengas razón. Esta calma es inquietante. Hace rato que no veo pájaros. Será mejor que preparemos las carretas y lo aseguremos todo bien.
Nate asintió mientras su mente repasaba rápidamente los preparativos necesarios. —Deberíamos cubrir los suministros, asegurarnos de que nada quede expuesto y decirle a todos que se tapen la cara y se protejan los pulmones. Lo último que necesitamos es que la gente se ahogue con el polvo.
Elijah le dio una palmada en el hombro a Nate, con una sonrisa sombría. —Reuniré a algunos hombres y empezaré a asegurar el campamento. Tú avisa a las familias, que se preparen.
Mientras Nate recorría el campamento alertando a las familias y ayudando a asegurar las pertenencias, el viento comenzó a arreciar con una ráfaga repentina que anunciaba la llegada inminente de la tormenta.
El cielo se oscureció aún más; el amarillo se fue intensificando hasta convertirse en un ocre casi siniestro.
Nate encontró a Emma en su carreta. —Emma, se acerca una tormenta de polvo. ¿Te quedarás con Sarah?
—Por supuesto —dijo Emma.
Nate asintió agradecido y se dio la vuelta para marcharse.
La gente corría de un lado a otro, tapándose la boca y la nariz con la ropa.
Algunos llevaban a los niños a refugiarse bajo la lona de las carretas, mientras otros cubrían las aberturas con mantas.
Los animales, presintiendo el cambio, empezaban a ponerse nerviosos.
—¡Thomas, Sam! —gritó Nate por encima del viento—. ¿Podéis intentar calmarlos?
Cuando llegó la primera ráfaga de viento de verdad, cargada de arena fina, el campamento estaba tan preparado como podía estarlo. Nate permanecía junto a Elijah; ambos se enfrentaban a la tormenta que se acercaba con los rostros envueltos en tela para protegerse de la arena cortante.
De repente apareció Pete, con el ceño fruncido en su cara de rata.
—¿Qué pasa? —preguntó Nate.
—Es Jacob —dijo Pete.
Nate frunció el ceño y entornó los ojos para protegerse del viento y el polvo.
—No está aquí —dijo Pete.
—¿Y dónde está? —preguntó Nate.
—Se fue a cazar —explicó Pete—. Dijo que estaba harto de esta comida de mujeres y que necesitaba carne de verdad.
Nate suspiró con pesadez. Era muy propio de Jacob largarse y acabar atrapado en una tormenta de polvo.
—Bueno, con suerte encontrará dónde refugiarse —dijo Elijah.
—¿No vais a hacer nada? —preguntó Pete.
—Ningún hombre con dos dedos de frente saldrá con este tiempo —gritó Elijah por encima del aullido del viento, apenas audible—. Espero que la carne haya merecido la pena.
Pete miró a Nate, pero Nate no dijo nada.
Elijah tenía razón. En cuanto salieras del campamento, quedarías completamente ciego, sin poder ver más que polvo ni oír más que el viento.
Jacob estaba solo, y una pequeña parte de Nate, una parte que no quería reconocer ni ante sí mismo, esperaba que Jacob no consiguiera volver al campamento.