Capítulo Veinticinco
Mientras el atardecer caía sobre el campamento, un ambiente tenso envolvía a Sarah, Jacob y Pete en su carromato. Sarah pensaba en Nate. Había intentado hablar con ella antes. ¿Qué habría querido decirle?
—No tenía ningún derecho a agarrar a Pete de esa manera —farfulló Jacob con la voz pastosa de rencor—. Debería habernos llevado por otro camino. Es culpa suya por meternos en ese desastre.
—No había otro camino —dijo Sarah—. El camino es el camino.
Jacob se volvió hacia ella y su expresión se oscureció peligrosamente.
—¿Qué acabas de decir? —exigió con voz baja y amenazante.
Sarah le sostuvo la mirada.
—No fue culpa de Nate. Todos vimos el camino; no había otra opción.
El rostro de Jacob se retorció en una mueca aún más amenazante.
—No defiendas a ese hombre delante de mí —espetó con tono venenoso—. Él es el responsable de la muerte de Robert. Todo lo malo que pasa aquí es culpa suya.
—Fue un accidente —replicó Sarah.
La ira de Jacob se desbordó cuando agarró violentamente la muñeca de Sarah, apretándola con fuerza dolorosa.
—Nunca te pedí tu opinión —siseó con el aliento apestando a alcohol—. Mantén la boca cerrada.
Sarah hizo una mueca de dolor, sintiendo una punzada aguda en la muñeca mientras intentaba apartarse.
—Jacob, me estás haciendo daño —suplicó con la voz tensa de miedo y dolor.
—Tal vez deberías soltarla —dijo Pete con voz vacilante—. Está embarazada, al fin y al cabo...
La voz de Pete se apagó y tragó saliva nerviosamente; la nuez de Adán le subió y bajó.
Jacob fulminó a Pete con la mirada.
—Métete en tus asuntos —espetó, pero no aflojó la mano de la muñeca de Sarah.
Jacob volvió su atención a Sarah, con la ira intacta.
—Seguro que te caíste del carromato a propósito, solo para dejarme en mal lugar —la acusó Jacob, con la lógica retorcida por la borrachera—. Esperabas que tu héroe Nate viniera corriendo a rescatarte, ¿verdad?
El corazón de Sarah se aceleró y el pánico se apoderó de ella al darse cuenta de su precaria situación.
El agarre de Jacob era un doloroso recordatorio del control que él creía tener sobre ella, un reflejo de su propia impotencia.
La noche parecía cerrarse a su alrededor, los sonidos del campamento se oían lejanos mientras ella enfrentaba sola la amenaza inmediata.
—Jacob —dijo Sarah, intentando mantener la voz serena—. Por favor.
Ella le sostuvo la mirada y, tras un momento, él le soltó la muñeca.
—Vamos a buscar algo de comer —dijo.
Sarah apenas tocó la cena; la comida se le convertía en serrín en la boca.
De vez en cuando, el bebé se movía; aquella sensación que solo un par de semanas atrás le había dado tanto consuelo, ahora le hacía un nudo en la garganta.
Se había convencido a sí misma de que Jacob era mejor que Robert, de que su amor por ella lo haría más amable de algún modo.
Pero enseguida se había dado cuenta de lo tonta que había sido.
Era peor que Robert en algunos aspectos.
Sus cambios de humor eran impredecibles y oscilaban entre la ira y una inquietante sensiblería empalagosa.
Sentado muy cerca de Sarah, con el brazo colgándole pesadamente sobre los hombros, Jacob se inclinó hacia ella de forma incómoda.
—Me sentí tan mal al verte en el suelo hoy, Sarah —farfulló, con el aliento cargado de whisky—. Se me partió el corazón, ¿sabes?
Sarah se tensó bajo su contacto y se le revolvió el estómago mientras él continuaba, ajeno a su incomodidad.
—Vamos a tener una buena vida juntos, tú y yo.
Y el pequeño —murmuró Jacob, que intentaba sonar afectuoso pero solo conseguía aumentar el pavor que se acumulaba dentro de ella.
Aquella visión de su futuro, expresada con una sinceridad tan ebria y equivocada, la hacía sentirse aún más atrapada y desesperada por encontrar una salida.
—Y cuando estemos todos instalados en California, podremos tener más bebés —dijo Jacob—. Nuestros bebés.
A Sarah se le revolvió el estómago al oír sus palabras. La forma en que dijo «nuestros» bebés le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda. La sola idea de tener más hijos con Jacob, de estar atada a él para siempre, la llenaba de un profundo pavor.
Mientras permanecía allí sentada, con el fuego proyectando sombras parpadeantes a su alrededor, la mente de Sarah bullía de pensamientos y emociones.
Había llegado a comprender lo complicados que eran en realidad los sentimientos de Jacob hacia Robert.
Como hermano menor, Jacob siempre lo había admirado y había hecho lo que él mandaba.
Pero bajo esa admiración había un caldero hirviente de envidia, celos e ira.
Con Robert muerto, Jacob había visto una oportunidad de salir de la sombra de su hermano para tomar lo que creía que le correspondía por derecho.
Pero su manera de hacerlo era retorcida y equivocada.
No solo estaba tratando de construir una vida; estaba tratando de remodelar el pasado y crear un futuro que borrase su sensación de inferioridad y fracaso.
Su deseo de tener hijos con ella era parte de su necesidad de afirmar su dominio, de reclamar algo que siempre había estado fuera de su alcance.
No se trataba de amor ni de familia, sino de poder y control. Y eso la aterrorizaba.
Miró a Jacob y vio la mezcla de anhelo y determinación en sus ojos. Estaba desesperado por demostrar su valía, por crear una vida que validara su existencia. Pero al hacerlo, estaba dispuesto a pisotear los sentimientos, deseos y sueños de ella.
Mientras terminaban de comer, Sarah se sintió casi aliviada cuando Samuel y Elijah se acercaron a su carromato, aunque sabía que el humor de Jacob podía cambiar en un instante. Los dos hombres parecían vacilantes pero decididos cuando se detuvieron junto a Jacob, con los sombreros en las manos.
—Jacob, necesitamos ayuda para asegurar el ganado. Se han oído coyotes cerca —explicó Samuel en tono respetuoso pero firme.
Jacob frunció el ceño, molesto de que le pidieran hacer algo después de comer.
—¿No ves que estoy ocupado? —gruñó, señalando torpemente hacia Sarah.
Elijah, rápido de reflejos, intervino.
—Nos vendría muy bien un hombre fuerte como tú, Jacob. Nadie maneja el rifle de noche como tú —dijo, con un tono que apelaba al ego de Jacob.
Jacob se pavoneó visiblemente ante el elogio y su expresión se suavizó.
—Bueno, si lo pones así... Está bien, ayudaré —concedió, levantándose con un gruñido. Se volvió hacia Sarah y le dijo con desdén—: Vete a la cama; enseguida voy.
Sarah asintió en silencio mientras observaba a Jacob alejarse tambaleándose con Samuel y Elijah. Cuando él le dio la espalda, soltó un suspiro que no sabía que había estado conteniendo.
Después de unos momentos, Sarah se puso de pie.
Caminó lentamente hacia el carromato, con las manos apretadas sobre su vientre abultado.
Cuando se acercaba a su petate para acostarse, unos pasos la detuvieron.
Supuso que era Jacob, pero el corazón le dio un vuelco al ver la figura alta de Nate emergiendo de las sombras.
La luz de la lámpara bañaba su rostro con un suave resplandor, resaltando la severidad de su mandíbula y los profundos surcos de preocupación en su frente.
—Nate —dijo en voz baja.
—¿Por qué vas a casarte de verdad con Jacob? —preguntó, clavando en ella sus ojos verdes, intensos e inquisitivos—. No tienes por qué hacerlo.
Sarah volvió a abrazarse, de pronto vulnerable bajo su mirada.
—Es lo más respetable —repitió, aunque la voz le tembló, delatando su incertidumbre.
La expresión de Nate se endureció y se acercó un paso.
—Al diablo con la respetabilidad —dijo con firmeza, la voz teñida de frustración—. Veo lo que te está haciendo, Sarah. Es igual que Robert, ¿verdad? Controlándote, aislándote…
A Sarah se le llenaron los ojos de lágrimas mientras el corazón le latía con fuerza. Bajó la mirada, incapaz de sostenerla. Nate le levantó la barbilla con suavidad, obligándola a mirarlo.
—Sé la verdadera razón por la que aceptaste casarte con él —continuó, con voz más suave.
A Sarah se le cortó la respiración, los ojos muy abiertos por la sorpresa y un destello de miedo.
—Conozco sus planes… Jacob y los otros estaban conspirando para matarme, para que pareciera un accidente —confesó, observándola con atención—. Pero no puedo permitir que te sacrifiques por mí, Sarah. No así.
Las defensas de Sarah se derrumbaron y respondió con voz temblorosa:
—Nate, me has salvado innumerables veces desde que emprendimos este camino. Y no solo físicamente —admitió, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas—. Me hiciste sentir que valía la pena salvarme. ¿Cómo va a ser justo que yo no pueda hacer lo mismo por ti?
El rostro de Nate se suavizó. Extendió las manos y le sujetó los hombros con delicadeza.
—Porque casarte con Jacob no es salvarme —dijo—. Te está destruyendo. Y no puedo quedarme de brazos cruzados viendo cómo pasa. Me importas demasiado para dejarte arrojarte al fuego por mí.
El corazón de Sarah latió con dolor al encontrar la mirada sincera de Nate.
En ese momento, no pudo evitar recordar los intentos previos de Nate por alejarla.
Entonces, sus palabras la habían herido profundamente, haciéndola sentirse rechazada y confundida.
Se había preguntado si lo había juzgado mal, si el hombre que creía conocer era distinto en realidad.
Pero ahora veía las cosas con más claridad.
Las acciones de Nate no tenían que ver con ella, sino con él mismo.
Había intentado protegerse, blindar su corazón del posible dolor de la pérdida.
Ahora lo entendía. Lo habían herido antes, y su manera de afrontarlo había sido levantar muros a su alrededor, alejar a la gente antes de que pudiera acercarse demasiado.
Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, nunca había logrado distanciarse de ella.
Una y otra vez había acudido en su ayuda, la había salvado del peligro y había permanecido a su lado en las buenas y en las malas.
Sus intentos de mantenerla a distancia habían fracasado porque su verdadera naturaleza siempre salía a relucir.
Nate era un hombre íntegro, compasivo, de amor profundo e inquebrantable. Le había dado fortaleza cuando a ella le faltaba, consuelo en momentos de desesperación y esperanza cuando se sentía perdida. Era todo lo que había creído desde el principio, y más.
Mientras Sarah seguía mirándolo a los ojos, la intensidad de su preocupación y la sinceridad de su voz hicieron flaquear su determinación. Pero tenía miedo. ¿Habría de verdad otra forma de protegerlo sin perderse en el proceso?
—Nate...
Justo entonces, Nate se inclinó y salvó la distancia que los separaba hasta que sus labios se encontraron en un beso reconfortante y prometedor a la vez.
El beso fue suave y delicado, pero también transmitía protección, cargas compartidas y un futuro que se atrevían a forjar juntos pese a las sombras que aún los acechaban.
Al cabo de un momento, Nate se apartó.
—No voy a permitir que hagas esto —dijo con firmeza—. Encontraremos otra manera, juntos.
—¿Cómo? —susurró, apenas audible—. ¿Cómo voy a librarme de este matrimonio con Jacob?
—Tengo una idea.