La promesa del jefe de caravana a una nueva vida Capítulo Veintitrés
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Capítulo Veintitrés

Sarah iba apretujada en el estrecho asiento entre Jacob y Pete, en la caja polvorienta del carro.

A pesar de que la pradera se extendía sin límites de horizonte a horizonte, el aire a su alrededor resultaba asfixiante, como si el mundo se estrechara a su alrededor.

Se removió, intentando aliviar la incomodidad del asiento de madera, pero fue en vano.

El sol caía sin piedad y el calor era opresivo.

Jacob, con una botella que le colgaba de la mano, se reía a carcajadas de algo que Pete había dicho.

Su risa, aunque jovial para cualquier extraño, a Sarah le resultaba chirriante.

De vez en cuando, la mano de Jacob caía con fuerza sobre el muslo de ella, como impulsada por un hábito irreflexivo.

Cada roce le provocaba un escalofrío de repulsión que le recorría la piel, y su cuerpo se tensaba involuntariamente.

No se atrevía a mirarlo por temor a que sus ojos traicionaran el grito atrapado en su pecho. En lugar de eso, fijó la vista en las llanuras interminables e intentó imaginarse sola en aquel vasto espacio, sin ataduras y libre, no atrapada junto a un hombre que solo la veía como un trofeo.

Sarah se movió con disimulo para alejarse de Jacob sin que se notara, pero el estrecho asiento del carro apenas le dejaba espacio para maniobrar.

Jacob dio otro trago a la petaca, se limpió la boca con el dorso de la mano y soltó una risita cómplice con Pete.

—¿Viste la cara de Nate esta mañana? —dijo Jacob con sorna, mientras una mueca despectiva se le dibujaba en el rostro—. Como si se hubiera tragado un bicho. Ni siquiera pudo articular palabra cuando le dije que Sarah viaja con nosotros.

Pete se rio y se le arrugaron los ojos de diversión.

—Sí, parecía totalmente derrotado. Se creía tan importante, nuestro gran Jefe de Caravana, pero míralo ahora.

—¡Exactamente! —exclamó Jacob, alzando la voz a medida que crecía su fanfarronería—. ¿Ese cree que nos lidera? No sería capaz ni de llevar un caballo al abrevadero.

Pete asintió con una sonrisa mientras miraba a Sarah, que se esforzaba por parecer absorta en el paisaje.

—Lo tienes comiendo de tu mano, Jacob. Se lo pensará dos veces antes de volver a cruzarse contigo.

La risa de Jacob sonó áspera, cargada de un placer vengativo.

—Ahora no es nadie. Ya verás; pronto tendré a toda esta caravana bailando al son que yo toque.

La conversación siguió por el mismo derrotero: cada uno alimentaba el desprecio del otro por Nate, y sus voces mezclaban burla y un triunfo fuera de lugar.

Sarah permaneció en silencio; cada palabra era una puñalada, pero mantuvo la mirada fija en el horizonte, donde las colinas ondulantes se extendían como un lienzo en blanco frente a la agitación que sentía por dentro.

Lo único que podía hacer era seguir recordándose por qué soportaba todo aquello: Nate.

Saber lo que Jacob y sus amigos habían planeado para él era una pesada carga que llevaba sola.

Si no hubiera aceptado esto, casarse con Jacob, quién sabe hasta dónde habrían llegado.

Una confrontación, incluso un enfrentamiento violento, podría haber destrozado la caravana y puesto a todos en peligro.

Aun así, la realidad de su situación era dura.

Con cada milla que pasaba, con cada roce no deseado de Jacob, el peso de su decisión la aplastaba un poco más.

Estaba atrapada, no solo en aquel carro junto a un hombre al que despreciaba, sino en una red tejida por ella misma.

Sus decisiones, tomadas en su día para proteger a Nate, ahora se habían convertido en cadenas que la ataban a una vida que nunca quiso.

El día avanzó mientras el sol trazaba su camino implacable por el cielo, y Sarah sintió que la distancia crecía no solo entre ella y Nate, sino entre ella y la mujer en que se estaba convirtiendo.

Con cada vuelta de las ruedas del carro, se alejaba más de su pasado y se adentraba más en un futuro que nunca había deseado.

Pero era un camino que ella había elegido, un camino empedrado de buenas intenciones, por mucho arrepentimiento y tristeza que acarreara.

La caravana se detuvo para el descanso del mediodía. Sarah recorrió el campamento con la mirada buscando a Nate, pero brillaba por su ausencia.

Mientras picoteaba la comida a regañadientes, Emma se acercó con el rostro marcado por la preocupación.

—Sarah, ¿puedo hablar un momento contigo? Me gustaría revisarte a ti y al bebé —dijo en voz baja, lanzando una mirada cautelosa a Jacob y Pete.

Jacob puso los ojos en blanco y la irritación le cruzó el rostro.

—Estamos comiendo —dijo con desdén—. Vete.

Sarah sintió de pronto una oleada protectora hacia su única aliada.

—No seas grosero, Jacob —espetó—. Emma solo intenta ayudar.

Los ojos de Jacob relampaguearon de ira.

—¿No te importa el bebé? —dijo Sarah, suavizando la voz—. ¿Mi salud?

A regañadientes, Jacob hizo un gesto desdeñoso con la mano.

—Bien, vete. Pero no te tomes todo el día —murmuró, y volvió a su comida con el ceño fruncido.

Agradecida por poder escapar, Sarah siguió a Emma hasta su carro, un refugio frente a la atmósfera opresiva del almuerzo. Una vez dentro, Emma la examinó con delicadeza; sus manos, hábiles y tranquilizadoras, comprobaban la salud del bebé.

Mientras la examinaba, la expresión de Emma se tornó seria.

—Sarah, ¿de verdad quieres casarte con Jacob? Después de todo lo que me has contado sobre él y Robert, ¿por qué harías algo así? —Su voz era suave pero insistente, llena de preocupación y desconcierto.

Sarah suspiró bajo el peso de su secreto. Miró a Emma, su amiga de confianza, y sopesó si debía revelarle la verdad.

—Puedes contarme lo que sea —insistió Emma—. Lo sabes.

Sarah asintió con el labio inferior tembloroso.

—Escuché algo —dijo vacilante, en apenas un susurro.

—¿Qué? —preguntó Emma en voz baja.

—La otra noche escuché a Jacob y a algunos de los hombres —continuó Sarah—. Estaban... planeando matar a Nate. Hacer que pareciera un accidente.

Emma ahogó un grito y sus manos se detuvieron sobre el vientre de Sarah.

—Oh, Sarah... eso es horrible. Pero casarte con Jacob... ¿crees que eso los detendrá?

Sarah le sostuvo la mirada a Emma con los ojos llenos de incertidumbre y miedo.

—No lo sé, pero tengo que intentarlo. Parece la única manera de proteger a Nate, de mantenerlo a salvo. Ha hecho tanto por nosotros, por la caravana. No puedo quedarme de brazos cruzados y dejar que le pase algo.

Emma asintió lentamente mientras asimilaba la terrible revelación.

—Es una carga muy pesada para ti, Sarah. Pero no estás sola en esto, recuérdalo. Encontraremos otra manera, tiene que haberla. Casarte con Jacob no puede ser la solución.

Sarah sintió un destello de esperanza ante las palabras de Emma y notó cómo se fortalecía su determinación.

—Gracias, Emma. Necesitaba oír eso.

Cuando salieron del carro para volver con el grupo, Sarah se sintió un poco más ligera, reconfortada por el apoyo de Emma.

***

El aire fresco de la noche le acarició el rostro a Sarah mientras salía en silencio del carromato donde Jacob dormía; sus ronquidos eran un contrapunto áspero al suave susurro de la brisa nocturna.

Se ciñó el chal a los hombros. Necesitaba estirar las piernas, acalambradas y doloridas tras el largo viaje del día y la tensión que nunca abandonaba del todo su cuerpo.

El campamento estaba en calma; la mayoría de sus habitantes ya se habían acostado, sumidos en sus propios sueños o preocupaciones.

Mientras caminaba, pensaba en Nate, y entonces, como si lo hubiera conjurado por arte de magia, divisó una figura solitaria a poca distancia, recortada contra el pálido resplandor de la luna.

La postura de Nate era relajada, pero de algún modo cargaba con una pesadez que ella percibía incluso desde lejos.

Estaba de espaldas a ella, con los hombros anchos y fuertes, aunque parecían cargar un peso invisible.

Por un momento, Sarah se permitió admirarlo: la línea de su espalda, el modo en que parecía formar parte de aquel paisaje salvaje.

El anhelo de ir hacia él, de rodearlo con los brazos y olvidar todo lo demás, era abrumador. Pero no podía hacerlo. Así que se dio la vuelta para alejarse, pero al hacerlo, su bota pisó una ramita que se partió con un chasquido seco. El sonido quebró el silencio, y Nate se giró de inmediato.

—¿Sarah? —dijo él con voz preocupada, rompiendo la quietud—. No deberías andar sola por ahí de noche.

Ella se volvió hacia él y esbozó una pequeña sonrisa triste.

—Solo necesitaba caminar —confesó.

Nate miró a su alrededor y luego la miró a ella.

—¿Dónde está Jacob? —preguntó con voz dura.

—Dormido... Borracho —respondió ella en voz baja.

Una sombra cruzó el rostro de Nate, pero no dijo nada.

—Hoy apenas te vi —dijo Sarah.

—Estaba ocupado —respondió Nate con sequedad.

Sarah se acercó un paso más, con el corazón doliéndole por el deseo de salvar la distancia entre ellos.

—¿Nate? —se atrevió a decir, casi en un susurro.

Pero él negó con la cabeza y retrocedió un paso.

—No puedo con esto, Sarah. Verte con él... —Las palabras se le apagaron en la garganta, cargadas de dolor y resignación.

A Sarah se le cayó el alma a los pies y los brazos le quedaron colgando a los costados.

—Lo siento —dijo, y las palabras le sonaron huecas a pesar de lo mucho que las sentía.

Nate se tensó.

—Quizá tengas razón. Quizá sea lo mejor —dijo con tono inexpresivo—. Nunca quise tener esposa ni hijos. Estoy mejor solo.

El dolor fue agudo, y se le cerró la garganta por las lágrimas contenidas. Sarah abrió la boca para decir algo, pero no encontró las palabras.

—Debería volver —dijo Nate.

Sin decir nada más, Nate se dio la vuelta, y Sarah sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

Las palabras de él resonaron en su mente como una hoja fría y afilada que le atravesaba el corazón.

La rotundidad de su tono fue como un toque de difuntos, una verdad profunda y dolorosa que ella no había querido afrontar.

Siempre había visto a Nate como un pilar de fuerza e integridad, un hombre que había estado a su lado cuando más lo necesitaba.

Él la había salvado, protegido, y le había mostrado un atisbo de un futuro que ella creía inalcanzable.

Pero ahora, sus palabras destrozaban esa imagen y revelaban una realidad diferente.

Quizá nunca fue el hombre que ella pensaba.

Quizá era solo otra persona incapaz de comprometerse, con miedo a amar de verdad.

Le dolía el corazón con una profunda sensación de traición. Se había permitido creer en él, en ellos. El dolor era casi insoportable, agudo e implacable, y la dejaba vacía y abandonada.

Una oleada de amargura la invadió. ¿Cómo podía darle la espalda con tanta facilidad y dejarla sola ante un futuro incierto? Había esperado que luchara por ella, por su amor, pero él había elegido el camino fácil: refugiarse en su soledad y su miedo.

Sarah sintió una opresión en el pecho, el peso del rechazo aplastándola.

Tuvo que recordarse que debía respirar, aferrarse a la fuerza que había encontrado en su interior.

Ya había afrontado muchas cosas, y afrontaría esta también.

Pero el dolor de aquellas palabras, la sensación de no ser deseada ni digna, era una carga que no había previsto.

Tras un largo momento, Sarah se dio la vuelta despacio y regresó al carromato. Cada paso le pesaba más que el anterior.