Capítulo Veintiuno
Sarah iba sentada en lo alto del carromato, y su cuerpo acusaba cada sacudida y bache del irregular sendero.
A pesar del balanceo rítmico del carromato, el estómago se le revolvía sin cesar, con un nudo de ansiedad que se apretaba más con cada milla que recorrían.
A su lado, Emma estaba inusualmente callada; su habitual parloteo había dado paso a un silencio pensativo que solo aumentaba la inquietud de Sarah.
Al mirar a Emma, Sarah percibió su preocupación. Las líneas del rostro de Emma parecían más profundas esa mañana, con las cejas fruncidas en un gesto de honda inquietud.
—Emma —comenzó Sarah con voz algo temblorosa—. Hoy pareces más callada de lo habitual. ¿Va todo bien?
Emma suspiró profundamente y se volvió para mirar a Sarah a los ojos.
—No quería preocuparte más —dijo al fin, con un deje de reticencia en la voz—. Pero ha habido más problemas con Jacob y Nate.
A Sarah se le cayó el alma a los pies, y el nudo del estómago se le apretó aún más.
—¿Qué pasó? —preguntó, preparada para lo peor. Se aferró con más fuerza al borde del asiento.
—Nate intentó hablar con Jacob en el desayuno de esta mañana —explicó Emma—. La cosa se puso tensa.
—¿Qué dijeron? —preguntó Sarah.
Emma suspiró y negó con la cabeza.
—No pude oír exactamente lo que decían —admitió—. Pero está claro que Jacob y algunos de los hombres no confían en Nate y no quieren que siga liderando el grupo.
—¿Qué? —susurró Sarah, abriendo mucho los ojos.
La noticia la golpeó como un puñetazo, intensificándole el dolor de cabeza a medida que las implicaciones daban vueltas en su mente. Pensar que Nate pudiera enfrentarse a semejante hostilidad y que lo apartaran de su puesto la llenó de una profunda sensación de impotencia y miedo.
—La cosa se está poniendo seria, Sarah. Están cuestionando sus decisiones y sus intenciones. Ya no se trata solo de vosotros dos, sino de su liderazgo y su carácter. Jacob está removiendo mucho las cosas.
A Sarah se le llenaron los ojos de lágrimas y el paisaje se volvió borroso mientras el carromato avanzaba con su traqueteo.
Se sentía abrumada por la culpa y la preocupación, no solo por ella misma, sino también por Nate, que siempre le había mostrado amabilidad y respeto.
La idea de que ella pudiera ser la causa de su caída le resultaba insoportable.
—Emma, ¿qué vamos a hacer? —preguntó Sarah con voz temblorosa—. No puedo soportar la idea de que Nate sufra por mi culpa, por nuestra culpa.
Emma alargó la mano y la posó en el brazo de Sarah.
—Todo saldrá bien —dijo—. Encontraremos una solución.
Sarah asintió, pero la verdad era que no tenía ni idea de cómo iban a salir de aquel lío.
Cuando la caravana se detuvo para almorzar, el bullicio habitual no le despertó el apetito a Sarah. Todavía tenía el estómago hecho un nudo, y la idea de sentarse junto a la fogata bajo las miradas vigilantes de Jacob y sus compinches la hacía sentirse aún más mareada.
—No tengo hambre, Emma —murmuró Sarah sin moverse del asiento del carromato, con la mirada perdida.
Emma, que estaba sacando algunas provisiones cerca de allí, levantó la vista con el ceño fruncido.
—Tienes que comer —dijo con firmeza—, por ti y por el bebé.
Sarah sabía que Emma tenía razón, así que asintió a pesar de la opresión que sentía en el estómago.
—Está bien, pero... no creo que pueda enfrentarme a todos. Hoy no.
—Te traeré un plato —prometió Emma.
Poco después, fue Mary, y no Emma, quien llegó con un plato de comida.
—Aquí tienes, muchacha —dijo—. Come, te dará fuerzas.
Sarah tomó el plato mientras Mary se acomodaba a su lado en el escalón del carromato.
Sarah picoteó la comida y, al cabo de unos momentos, miró a Mary.
—¿Cómo de mal están las cosas? Sinceramente.
Mary suspiró profundamente mientras recorría el campamento con la mirada: grupos dispersos de personas sentadas aquí y allá, el ambiente visiblemente apagado.
—Estoy preocupada —admitió—. Esta división no es buena. Está despertando miedos y dudas entre la gente. Las palabras de Jacob son como semillas de discordia, y están echando raíces más rápido de lo que nos gustaría.
A pesar del calor del sol del mediodía, un escalofrío le recorrió la espalda a Sarah.
—¿Qué va a hacer Nate? —preguntó en voz baja.
Mary negó lentamente con la cabeza, con los labios apretados.
—No lo sé. Está en una situación difícil.
Pero la autoridad de un Jefe de Caravana no puede cuestionarse, no aquí fuera.
Es demasiado peligroso. En el Camino, todos tienen que escucharlo y confiar en él.
Si no lo hacen... —hizo una pausa, la mirada seria—.
Bueno, todo podría venirse abajo muy rápido.
La gravedad de las palabras de Mary quedó flotando en el aire, pesada y ominosa.
Sarah apretó las manos alrededor del plato mientras la realidad de su situación calaba en ella.
El delicado equilibrio de confianza y liderazgo que había mantenido unido al grupo corría ahora el riesgo de romperse, y las consecuencias podrían ser desastrosas.
—Entonces tenemos que hacer algo —dijo Sarah con renovada determinación—. No podemos quedarnos de brazos cruzados viendo cómo todo se desmorona.
Mary asintió, con un brillo decidido en la mirada.
—Sí, tienes razón. Pensaremos en algo. Siempre lo hacemos, ¿verdad? —le dio unas palmaditas tranquilizadoras en la mano.
El sol caía hacia el oeste mientras el carromato crujía y gemía por el polvoriento sendero.
Sarah iba sentada con el diario en el regazo, pero las palabras se negaban a salir.
La pluma se cernía sobre la página, la tinta lista para derramarse, pero tenía la mente hecha un mar de preocupación e incertidumbre.
Las palabras de Mary durante el almuerzo le resonaban en la cabeza.
«Pensaremos en algo», había dicho. Pero a medida que avanzaba la tarde, a Sarah le costaba cada vez más ver una solución.
Ella y Nate podían mantener las distancias y actuar como si lo que había pasado entre ellos nunca hubiera ocurrido, pero ¿bastaría con eso?
La amargura y la ira de Jacob parecían no tener límite, y su influencia no dejaba de crecer.
Ya no se trataba solo de ella y de Nate; la armonía y la seguridad de toda la caravana estaban en juego.
A Sarah le tembló ligeramente la mano al guardar la pluma en el diario y cerrarlo sin haber escrito una sola palabra.
La idea que acechaba en el rincón más oscuro de su mente empezó a cobrar una forma más clara y definida.
Había, quizás, algo que podía hacer para proteger a Nate y frenar la propagación de las palabras venenosas de Jacob.
Casarse con Jacob.
Solo pensarlo le revolvía el estómago, pero al repasar los escenarios en su mente, todos los caminos conducían a esa opción drástica.
Casarse con Jacob podría satisfacer su orgullo vengativo, garantizar su silencio sobre Nate y quizás apartarlo de su empeño en sabotear al Jefe de Caravana.
Era un sacrificio —inmenso y desgarrador—, pero ¿acaso no era su responsabilidad considerarlo si con ello protegía a todos los demás?
La carreta dio una sacudida al caer en un enorme surco del camino y la arrancó de sus pensamientos.
Miró a su alrededor: la pradera se extendía hasta el infinito y ella se sentía más atrapada que nunca.
¿Cómo podía ser la solución casarse con Jacob, un hombre que le repugnaba hasta lo más profundo?
Pero ¿cómo arriesgarse a las consecuencias de negarse a apaciguarlo?
El peso de su dilema cayó sobre sus hombros mientras consideraba qué hacer. Jacob y Robert eran hermanos, pero no eran el mismo hombre. Al menos ella creía que Jacob estaba enamorado de ella, lo cual era más de lo que podía decir de Robert. Aun así, no era un buen hombre, no como Nate.
Mientras el sol descendía en el cielo, proyectando largas sombras sobre la tierra, Sarah sintió que el frío del atardecer empezaba a calarle. Se ciñó el chal sobre los hombros y suspiró. Acababa de escapar de un matrimonio que la tenía atrapada; ¿sería capaz de sobrevivir a otro?
***
Mientras caía la noche sobre la caravana, una sensación de inquietud persistía, como las tenues volutas de humo que flotaban perezosas sobre el grupo.
Sarah, ya de por sí nerviosa tras pasarse el día dándole vueltas a todo, se sentó en las afueras del campamento y recorrió con la mirada los rostros familiares iluminados por la luz parpadeante del fuego.
Todos parecían ocupados en sus quehaceres habituales, pero la normalidad de la escena no lograba calmarla.
Sarah se levantó, inquieta y perturbada.
Quizás un paseo la ayudaría a despejarse.
Caminaba por el borde del campamento cuando, al acercarse a un grupo de árboles, oyó voces de repente.
Se detuvo y contuvo la respiración. Las voces eran inconfundiblemente las de Jacob y sus aliados, Curtis y Pete.
Con la preocupación royéndole las entrañas, se acercó más y se mantuvo oculta entre las sombras para escuchar.
—...tenemos que hacer algo con él de una vez por todas —la voz de Jacob sonaba tensa, cargada de un veneno que le revolvió el estómago a Sarah.
—Sí —asintió Curtis.
—¿Qué estás pensando? —preguntó Pete con un deje de entusiasmo.
—Tenemos que hacer que parezca un accidente —dijo Jacob—. Un pequeño accidente y él no regresa.
Las manos de Sarah temblaban.
—Podemos decir que se cayó, que se golpeó la cabeza con una roca —dijo Curtis—. Que el río se lo llevó.
—O que tuvo un encuentro desafortunado con un nativo —añadió Pete.
El corazón de Sarah se aceleró al comprender la verdadera magnitud de aquella maldad: no era simple rivalidad ni amargura; era intención asesina. Sintió que el pánico la invadía, junto con la necesidad urgente de proteger a Nate.
Se alejó de los árboles con sigilo, procurando no hacer ruido que delatara su presencia. Cuando estuvo lo bastante lejos, se dio la vuelta y corrió hacia el campamento.
***
Un coyote aulló a lo lejos mientras Sarah se acercaba a la carreta de Jacob. El tintineo de una botella quebró el silencio de la noche. Estaba sentado a solas, su silueta recortada contra la tenue luz del farol, con el cuerpo laxo por la bebida.
Sarah respiró hondo y lo llamó en voz baja:
—¿Jacob?
Él levantó la vista y entornó los ojos en la oscuridad hasta reconocerla.
—¿Sarah? ¿Qué haces aquí? —tenía la voz pastosa por el alcohol.
Sarah soltó el aire con un temblor y reunió todo su valor mientras daba otro paso al frente.
—Tengo una propuesta para ti —dijo, con la voz temblorosa pese a sus esfuerzos por parecer segura.
Jacob arqueó las cejas sorprendido y bajó de la carreta de un salto torpe; se tambaleó un poco al acercarse a ella. Sonrió con un brillo depredador en los ojos azules que le recordó a Robert.
—¿Una propuesta, eh? Esto promete.
Sarah se armó de valor mientras él acortaba la distancia entre ambos, con el aliento cargado de whisky.
—Me casaré contigo, Jacob —soltó, con el corazón desbocado—, pero solo si aceptas una condición.
Jacob se detuvo en seco y su sonrisa se ensanchó.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es?
—Dejas a Nate en paz. Pones fin a esta cruzada contra él. Ni tú ni nadie le hace daño —dijo Sarah con firmeza, intentando ocultar su desesperación.
La expresión de Jacob se tornó calculadora. Tras un momento, asintió despacio, visiblemente complacido con el giro de los acontecimientos.
—Está bien, Sarah. Dejaré en paz a tu precioso Nate. Tienes mi palabra.
Se acercó más, con las intenciones bien claras, y extendió la mano para tocarle el rostro.
Sarah retrocedió por instinto, pero Jacob le agarró la barbilla con brusquedad.
—Si nos vamos a casar, quiero una esposa de verdad, Sarah. ¿Entiendes? —su voz sonaba grave y amenazante.
Ella se obligó a no apartarse mientras él le pasaba el pulgar por el labio inferior. Se le erizó la piel bajo aquel contacto. Tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no huir de él en ese momento.
Jacob, aparentemente satisfecho con su sumisión, la soltó y retrocedió con una risita.
—Ahora vamos a ser familia, Sarah. Mejor acostúmbrate.
Se volvió hacia su carreta y su risa resonó en el aire nocturno, mientras Sarah se quedaba allí sola, temblando y con náuseas tras el encuentro.
Mientras lo veía alejarse, la realidad de lo que acababa de aceptar empezó a calarle hondo. Casarse con Jacob —aquel hombre que le repugnaba hasta lo más profundo— era el precio que debía pagar para proteger a Nate.
Tras un momento, Sarah se dio la vuelta para marcharse, con un nudo en el estómago. Atravesó el campamento, ahora en silencio porque todos se habían acostado. Al llegar a la carreta de Emma, una figura emergió de las sombras y Sarah dio un respingo. Era Nate.
—Nate —susurró.
Sus miradas se encontraron bajo la tenue luz de la luna. Sarah sentía el corazón en un puño al pensar en el sacrificio que acababa de hacer por él, porque lo amaba con toda el alma.
—Tenemos que hablar —dijo él.