Capítulo Trece
—Necesitamos más leña —dijo Mary, apretando los labios.
—Yo iré a buscar —se ofreció Sarah.
Mary frunció el ceño.
—Está bien —dijo Sarah, que se acercó a recoger la cesta de mimbre y se la apoyó en la cadera—. No tardaré.
Cuando el sol de la tarde comenzó a ocultarse tras los árboles, Sarah se alejó del campamento para recoger leña. Divisó una zona boscosa a lo lejos, a unos ochocientos metros, y se encaminó hacia allí.
Mientras caminaba, sus pensamientos se enredaban cada vez más en torno a la incómoda situación con Jacob.
Ya era bastante difícil adaptarse a su nueva vida sin Robert, pero que Jacob, su cuñado, le causara problemas añadía una tensión que no se sentía capaz de afrontar.
No podía quitarse de encima la molesta sensación de responsabilidad, sabiendo que el comportamiento de Jacob estaba, al menos en parte, impulsado por sus sentimientos hacia ella, sentimientos que ni podía ni quería corresponder.
Al acercarse al bosque, Sarah se detuvo a recoger una rama caída y le sacudió la tierra.
Poco después de la muerte de Robert, Jacob había dejado claro que esperaba que ella lo considerara un sustituto para mantener la alianza familiar.
El rechazo de Sarah había herido el orgullo de Jacob, y ahora sus acciones sugerían que estaba usando su insatisfacción con Nate para encubrir su vendetta contra ella.
Aquel pensamiento le pesaba en el corazón; su decisión personal no debería poner en peligro el liderazgo de Nate ni el bienestar de toda la caravana.
Sarah avanzó por el sendero estrecho y sinuoso entre los árboles.
Mientras caminaba, iba apilando la madera en los brazos, notando la corteza áspera contra la piel antes de dejar caer las ramitas y ramas en la cesta de mimbre a sus pies.
Sarah sabía que no era responsable de las acciones de Jacob ni de su carácter, pero la sospecha de estar implicada la rodeaba como una sombra.
No podía evitar sentir que de alguna manera aquello era culpa suya, que sus complicaciones personales se estaban desbordando y afectaban a personas que le importaban, como Nate.
Nate no había sido más que amable y protector, y lo último que Sarah quería era causarle problemas.
Nate había dicho que hablaría con Jacob, pero tal vez ella necesitaba enfrentarse a Jacob para dejarle claro que cualquier problema que tuviera era con ella y no con el liderazgo de Nate.
La idea la desalentaba; enfrentarse a Jacob requeriría una fuerza que todavía estaba reuniendo, pieza a pieza.
En ese momento, el aullido distante y escalofriante de un coyote resonó por el bosque, y Sarah se quedó paralizada, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
El sonido parecía a la vez lejano y aterradoramente cercano.
Había estado tan perdida en sus pensamientos que no se había fijado en el camino que tomaba.
Sarah miró a su alrededor, intentando reconocer algo que pudiera guiarla de vuelta al campamento.
Pero los árboles parecían todos iguales, los senderos abiertos por los ciervos y otros animales salvajes resultaban indistinguibles.
El suave susurro de las hojas y el chasquido ocasional de una ramita bajo sus pies sonaban extrañamente fuertes en el creciente silencio del crepúsculo.
El pánico comenzó a apoderarse de ella al darse cuenta de que se había alejado demasiado de la seguridad del campamento.
La luz se desvanecía deprisa, y el bosque parecía cerrarse sobre ella.
Se le aceleró la respiración y apretó la leña con fuerza contra el pecho, como si pudiera ofrecerle alguna protección.
Sarah intentó desandar sus pasos, pero todo parecía diferente ahora, alterado por las sombras y su creciente miedo.
Otro aullido atravesó el crepúsculo, más cerca esta vez, y el pulso se le disparó.
Sabía que los coyotes ladraban más de lo que mordían, pero el miedo no era racional, y era dolorosamente consciente de su vulnerabilidad.
—Piensa, Sarah, piensa —se murmuró, intentando calmar su mente desbocada.
Intentó recordar el camino de vuelta, las vueltas que había dado. Pero no le vino nada a la cabeza.
A medida que la oscuridad se espesaba, Sarah sabía que no podía vagar sin rumbo.
Necesitaba un plan. Su primer instinto fue pedir ayuda, pero vaciló, pues no quería atraer la atención de ningún depredador.
A pesar del miedo que la roía por dentro, Sarah había aprendido una o dos cosas desde que estaba en el Camino.
Imaginó lo que Nate haría en una situación así.
De modo que decidió moverse en la dirección que creía correcta, con los ojos bien abiertos en busca de cualquier señal familiar o el resplandor de las fogatas del campamento.
Caminó tan silenciosamente como pudo, con los oídos atentos a cualquier sonido que no fuera de la fauna salvaje: un grito del campamento, la risa de los niños, cualquier cosa que indicara presencia humana.
La cesta de mimbre se había convertido en una carga engorrosa, y el bebé aleteaba contra sus costillas, consciente de su angustia.
Cuando el cielo pasó del azul crepuscular al negro profundo de la noche, su sensación de aislamiento se intensificó. Cada minuto parecía una hora, y cada susurro de hojas la hacía sobresaltarse.
Cuando la desesperación comenzaba a minar su determinación, un destello de luz le llamó la atención entre los árboles.
—¿Sarah? —llamó Nate.
—¡Nate! —respondió ella, y el alivio la inundó mientras se giraba hacia su voz.
Unos momentos después lo vio y echó a correr hacia él. Sin pensar, dejó caer la cesta de leña y se arrojó a sus brazos. Él la estrechó con fuerza durante un largo momento antes de apartarse, sujetándola por los codos.
—¿En qué estabas pensando al venir aquí sola? —preguntó con la voz llena de preocupación.
—Lo siento —dijo Sarah—. Estaba perdida en mis pensamientos y, antes de darme cuenta, estaba perdida en el bosque.
Nate suspiró.
—Bueno, todo el campamento te está buscando —dijo—. Será mejor que volvamos para que sepan que estás bien.
A Sarah se le hizo un nudo en el estómago mientras asentía. Odiaba pensar que había causado problemas a todos.
Nate recogió la cesta de mimbre y regresaron juntos al campamento.
Cuando el campamento apareció a la vista, Sarah miró a Nate.
El alivio de estar a salvo trajo consigo una mezcla de emociones.
La gratitud era lo primero, y se entrelazaba en sus pensamientos con cada paso que daban juntos alejándose del bosque.
También el alivio. Nate había acudido a su rescate una vez más.
Al entrar en el campamento, un coro de exclamaciones de alivio los recibió. Mary se acercó presurosa, con una expresión que mezclaba alivio y reproche.
—Oh, Sarah —la regañó—. Nunca debí dejarte ir sola.
—Estoy bien —dijo Sarah, y le dio unas palmaditas tranquilizadoras en el brazo—. Nate me encontró.
—Sí —dijo Mary, sonriéndole con cariño—. Así fue.
Sarah miró a su alrededor los rostros aliviados: Emma, Clara, Elijah y Sam. El único que no parecía aliviado era Jacob. Tenía la boca apretada en una mueca, los ojos fijos en Nate con animosidad no disimulada.
—Nuestro héroe —se burló Jacob, y avanzó hasta quedar incómodamente cerca de Nate.
—Ahora no, Jacob —advirtió Nate.
—¿Qué? —dijo Jacob, abriendo mucho los ojos con fingida inocencia—. No me digas que no estás disfrutando de esto.
—¿Disfrutarlo? —repitió Nate—. No, Jacob.
Jacob esbozó una sonrisa amarga, ladeando la cabeza. Nate le lanzó una última mirada dura antes de darse la vuelta, pero Jacob lo agarró del brazo.
—Quítame la mano de encima, Jacob —advirtió Nate, con los ojos brillando peligrosamente.
—Mírate —dijo Jacob, con los ojos destellando en respuesta—. Volviendo al campamento como si fueras un héroe, cuando fuiste tú quien la dejó alejarse.
La acusación quedó flotando en el aire. Nate apretó la mandíbula, con los puños cerrados a los costados. A su alrededor, el campamento enmudeció, la tensión palpable.
Sarah dio un paso adelante e intentó interceder.
—Jacob, por favor, fue culpa mía. Yo me alejé, no…
Pero Jacob no la escuchaba, con los ojos aún clavados en Nate.
—¿Y qué hay de mi carreta?
—¿Qué pasa con ella? —lo desafió Nate.
—Es tu culpa que esté en el fondo de un río —acusó Jacob, alzando la voz—. Te haces llamar líder, pero eres puro cuento y nada de acción…
—Ya basta, Jacob —lo cortó Nate. Se le había agotado la paciencia—. Si tienes algún problema con cómo lidero esta caravana, eres más que bienvenido a marcharte.
—No me voy a ir —dijo Jacob—. Pagué lo que me tocaba.
Nate exhaló lentamente.
—Pues entonces te sugiero que te calles y obedezcas.
—¿O qué? —dijo Jacob, irguiéndose desafiante.
El campamento estaba en completo silencio, todas las miradas fijas en la escena. Sarah sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el frío de la noche.
Nate le sostuvo la mirada un momento más antes de girarse bruscamente y alejarse con los hombros en tensión.
Jacob esbozó una sonrisa de suficiencia y negó con la cabeza.
—Como dije, puro cuento y nada de acción.
La gente empezó a dispersarse entre murmullos; Sarah miró a Jacob.
—Jacob —dijo, intentando mantener la voz firme aunque el pulso se le aceleraba—. ¿Qué estás haciendo?
Jacob la miró, con el rostro endurecido por el rencor.
—No confío en él, y no me cae bien.
—Jacob —razonó Sarah—. ¿De qué va esto en realidad?
Jacob apretó la mandíbula, con los ojos brillando.
—Pareces bastante encaprichada con nuestro poderoso jefe de caravana —dijo con tono despectivo—. ¿Cómo crees que queda eso? ¿Tan pegada al hombre que dejó morir a tu marido?
Sarah se sonrojó.
—Nate no habría podido salvar a Robert sin arriesgar su propia vida. Era una situación imposible.
Jacob apretó la mandíbula y negó con la cabeza, obstinado.
—No. Podría haber hecho algo más, lo que fuera.
Sarah lo miró un momento. Estaba usando la muerte de Robert para convertir a Nate en un enemigo.
—Tienes que parar —le advirtió Sarah.
—¿Por qué? —la desafió Jacob.
—Porque necesitamos a Nate para sobrevivir aquí fuera —dijo Sarah—. Tenemos que mantenernos unidos.
Jacob esbozó una sonrisa de suficiencia, y se hizo un breve silencio mientras la noche se cernía sobre ellos, el aire fresco y cargado de tensión. Entonces, de forma inesperada, la actitud de Jacob cambió. Se acercó más, con la mirada suavizada al posarse en Sarah.
—Quizá podría aflojar un poco con él —murmuró con voz persuasiva—, si pasaras más tiempo conmigo.
Su mirada era demasiado intensa, demasiado hambrienta. Le ponía la piel de gallina. Sarah se apartó cuando él alargó la mano para tocarle el rostro.
Jacob se quedó con la mano en el aire, y su expresión se endureció al instante; aquella breve muestra de ternura se desvaneció.
—Así que va a ser así, ¿eh? —dijo con frialdad, con un deje de amenaza en la voz.
—Tienes que parar, Jacob —dijo Sarah, intentando mantener la voz firme.
Jacob la miró fijamente durante un largo y tenso momento, luego se dio la vuelta bruscamente y se adentró en el campamento sumido en la oscuridad, dejando a Sarah sola junto al fuego.
Mientras lo veía alejarse, tenía el estómago hecho un nudo.
Sabía que aquello era solo el comienzo. Cuando algo le irritaba, Jacob era exactamente igual que Robert.
No pararía en su cruzada contra Nate, y Sarah estaba segura de que acababa de empeorar las cosas.
Aun así, a pesar del miedo, Sarah estaba decidida a hacer algo.
No podía permitir que las amenazas de Jacob dictaran sus actos ni socavaran el liderazgo de Nate.
***
Sarah estaba sentada en la parte trasera de la carreta, con la luz del amanecer filtrándose a través de la lona. El aire era fresco y cortante, y podía ver su aliento al exhalar. Se estremeció ligeramente y alargó la mano hacia su ropa.
Mientras se vestía, la mente le bullía con pensamientos sobre Nate y Jacob, y los problemas que parecían estar gestándose entre ellos.
Se puso la camiseta interior de lana, la tela cálida y reconfortante contra la piel.
Sus pensamientos volaron hacia Nate, su presencia firme y sus ojos amables.
Era un buen hombre, y le dolía verlo atrapado en medio de la ira y el rencor de Jacob.
Suspiró mientras se ponía la blusa de algodón y se la metía por dentro de la falda.
Ojalá hubiera una manera de evitar que Jacob le causara tantos problemas a Nate.
Se ató el delantal a la cintura y alisó la tela con mano decidida.
Sarah se puso las medias y se ató las botas; aquel ritual familiar la anclaba al presente. Sabía que tenía que ser fuerte por sí misma y por el bebé que crecía en su vientre. No podía permitir que la amargura y la ira de Jacob siguieran dictando su vida.
Al bajar de la carreta, oyó de pronto la voz estridente de Jacob rasgando el aire de la mañana.
—¿Qué clase de líder deja que una mujer encinta vaya sola a buscar leña? —despotricaba.
La frustración le brotó por dentro, y antes de poder contenerse, se dirigió hacia el grupo de hombres con los ojos brillando de ira. Jacob se volvió, con los ojos azules ligeramente abiertos de sorpresa.
—Quizá si tú hicieras tu parte y dejaras de beber tanto, las mujeres no tendrían que ir a buscar leña —anunció con voz clara y firme.
El rostro de Jacob enrojeció de ira, y del grupo se oyeron risitas burlonas. La agarró bruscamente por el codo, apretándole con fuerza hasta hacerle daño, y la arrastró detrás de un carro, fuera de la vista de los demás.
—Suéltame —insistió Sarah, intentando zafarse.
—¿Sabes? Te estás poniendo en ridículo, babeando por el Jefe de Caravana —siseó, con el aliento caliente contra el rostro de ella.
—Quiero que lo dejes en paz —replicó Sarah con la voz temblorosa, mezcla de miedo y desafío.
Jacob sonrió con suficiencia, y aquella expresión cruel le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda. Sarah supo de inmediato que había dicho lo que no debía.
Justo entonces apareció Samuel, con el ceño fruncido por la preocupación. —¿Va todo bien? —preguntó en tono amable pero firme.
—Bien —espetó Jacob, soltando el codo de Sarah y alisándose la chaqueta. Giró sobre sus talones y se alejó con paso airado, dejando a Sarah plantada allí, con el corazón martilleándole en el pecho.
Samuel le dedicó una sonrisa alentadora. —Será mejor que vayas a desayunar —dijo.
Ella asintió mientras Samuel se daba la vuelta y se marchaba. Soltó el aire con un suspiro tembloroso, lamentando haberse dejado llevar por la frustración. Estaba segura de que solo había empeorado las cosas con Jacob.