Capítulo Once #2
—Hubo otros bebés antes... Los perdí —dijo Sarah, con la voz quebrada por el dolor—. Y cada vez, Robert hacía que pareciera que todo era culpa mía. Se convirtió en mi mayor vergüenza, y era como si cada pérdida me definiera, como si me retorciera hasta convertirme en esta persona débil y patética…
La voz de Sarah se apagó mientras Nate se acercaba más a ella.
—Sarah, nada de eso fue culpa tuya. Lo sabes, ¿verdad? —Su voz era una mezcla de fiereza y ternura, un arma contra los fantasmas de las dudas que la habían perseguido durante tanto tiempo.
Ella asintió, más con esperanza que con convicción, los ojos llenos de lágrimas.
Se quedaron en silencio un momento, contemplando las estrellas.
—¿Sabes? Hay una tribu nativa americana llamada los Pies Negros —dijo Nate—. Creen que las estrellas no son solo luces en el cielo, sino los espíritus de sus seres queridos. Las ven como ancestros que los protegen y los guían desde lo alto.
Justo entonces, Nate señaló hacia lo alto y su mano barrió el cielo tachonado de estrellas.
—Quizá tus bebés están entre esas estrellas —dijo—. Quizá están allá arriba, velando por ti, viviendo en paz, lejos de todo el dolor de este mundo.
Sarah mantuvo la mirada fija en las estrellas. De repente, cada una parecía contener un susurro de posibilidad, un atisbo de existencia serena.
—¿De verdad crees que eso es posible? —preguntó, con un suave destello de esperanza en la voz.
—Creo que hay mucho más en este mundo de lo que vemos —respondió Nate, con los ojos fijos en los de ella, intensos y sinceros—. Y sí, creo que están ahí fuera, velando por ti, orgullosos de la fuerza de su madre.
Sarah contempló las estrellas un instante más y luego bajó la mirada.
El rostro de Nate estaba ahora tan cerca del suyo que podía contar las pecas de sus pómulos y del puente de su nariz.
De pronto, el aire entre ellos cambió, cargado de una conexión profunda y compartida, y se acercaron aún más, impulsados por una atracción tácita.
Sus rostros quedaron a escasos centímetros, y sus alientos se mezclaban en el aire fresco de la noche.
Entonces, el chasquido seco de una rama resonó en el silencio, y Sarah se apartó con el corazón desbocado.
Jacob emergió de las sombras y su presencia cortó el momento en seco.
—¿Todo bien aquí? —preguntó Jacob mientras su mirada iba de uno a otro, aguda y escrutadora.
Nate se tensó y adoptó una postura protectora.
—Todo está bien, Jacob —dijo Sarah con frialdad—. Solo estábamos contemplando las estrellas.
Jacob entornó los ojos como si no la creyera. Parecía a punto de decir algo, pero se dio la vuelta y se alejó. Sarah se arrebujó en su chal mientras la calidez de aquel momento de intimidad se desvanecía en el frío de la noche.
—Deberías irte a dormir —dijo Nate mientras se levantaba y le tendía la mano a Sarah.
Mientras Sarah yacía en su carromato aquella noche, con las estrellas aún vívidas en su mente, sintió una honda gratitud hacia Nate.
La historia que él le había contado sobre las estrellas había calado hondo en ella.
Era como si hubiera tomado con delicadeza los fragmentos más oscuros de su pasado, sus heridas más profundas, y los hubiera reenmarcado bajo una luz de esperanza y eternidad.
Sus palabras le ofrecieron una nueva perspectiva, una forma de procesar su dolor que no implicaba culpa ni vergüenza, sino paz y liberación.
El empeño de Nate por encontrar algo que aliviara su dolor revelaba mucho de su carácter. No era solo la historia lo que había conmovido a Sarah, sino la intención que había detrás: el deseo de sanar, de consolar, de proteger.
Aquel intento de reparar lo que estaba roto en ella cambió algo fundamental en la percepción que Sarah tenía de Nate.
Ya no era solo un líder capaz o un compañero en aquel arduo viaje; se estaba convirtiendo en su confidente, su consuelo, alguien que no la veía como una víctima de su pasado, sino como una superviviente con futuro.
Que él se hubiera abierto sobre sus propias pérdidas y compartido sus vulnerabilidades no hizo sino profundizar el respeto y el afecto que sentía por él.
Mientras reflexionaba sobre sus palabras en la quietud de la noche, Sarah sintió despertar algo que no había anticipado: esperanza.
Esperanza no solo de sanación, sino de nuevos comienzos, de una vida en la que pudiera sentirse completa de nuevo.
Y junto a Nate, empezó a creer que aquello podría ser posible.
La comprensión y la ternura de él iban abriendo poco a poco su corazón, y despertaban una parte de ella que creía irremediablemente cerrada.
La idea de permitirse volver a querer a alguien de verdad, de amar y ser amada, era a la vez emocionante y aterradora.
Sin embargo, mientras se acurrucaba entre las mantas con la imagen de las estrellas grabada en la mente, una profunda paz la invadió.
Con Nate se sentía segura, comprendida y valorada.
Y por mucho que la idea de abrir de nuevo su corazón la asustara, también la llenaba de la certeza de que quizás, juntos, podrían recorrer los senderos de aquella tierra salvaje y los caminos de sus propias heridas hacia una sanación que ninguno de los dos había creído posible.