Capítulo Ocho
Nate permanecía en la orilla del río con los brazos cruzados sobre el pecho, inspeccionando la zona. A lo lejos retumbó un trueno y alzó la mirada hacia las nubes oscuras del horizonte.
—El agua está muy crecida —señaló Elijah.
—Lo sé —suspiró Nate—. Pero tenemos que cruzar antes de la tormenta o será más difícil.
Las lluvias de verano habían llegado antes de tiempo y eran más intensas de lo esperado. Hasta entonces habían tenido suerte. Elijah había logrado localizar varias zonas poco profundas por donde cruzar sin peligro, pero esta vez sería arriesgado. Aun así, Nate ya lo había hecho antes.
—Yo iré en la retaguardia —dijo Elijah.
Nate asintió.
—Muy bien, escuchen todos —gritó Nate haciendo bocina con las manos—. Estamos a punto de cruzar este río y no va a ser fácil. Recuerden: mantengan la calma y síganme.
Se subió a su carromato, tomó las riendas y exhaló profundamente para prepararse mentalmente para el cruce. Tras un instante, chasqueó la lengua y el carromato arrancó con una sacudida.
Con Nate a la cabeza, la caravana se acercó al río crecido; el corazón le latía con fuerza al adentrarse en las aguas turbulentas y espumosas. La superficie del río brillaba bajo el sol del mediodía, reflejando las nubes amenazadoras que se cernían sobre ellos.
—¡Mantengan las riendas firmes! —gritó Nate volviendo la cabeza—. Hay que conservar el control al entrar en el agua. Con calma, sin movimientos bruscos.
Nate instó a sus bueyes a avanzar, guiándolos hacia el abrazo del río. El corazón se le aceleró mientras luchaba por mantener el control, con los músculos en tensión contra la poderosa corriente.
—¡Cuiden la distancia! —gritó Nate—. No queremos que los carromatos se amontonen. Mantengan separación entre ellos y evitaremos colisiones.
Avanzaron centímetro a centímetro, en una agonía interminable, mientras el agua se arremolinaba a su alrededor en un frenesí vertiginoso. Nate hizo todo lo posible por concentrarse, sin permitirse ceder ante la fuerza implacable del río, capaz de arrastrarlos en un abrir y cerrar de ojos.
Y entonces, después de lo que pareció una eternidad, Nate emergió en la otra orilla, maltratado pero entero. Soltó el aire que había estado conteniendo sin darse cuenta, invadido por el alivio.
Nate saltó del carromato y se volvió para ver cómo los demás emergían del agua. Sin embargo, uno no lo había logrado y derivaba peligrosamente arrastrado por la corriente. Era el carromato de Jacob Turner.
—¡Jacob! —gritó Nate corriendo hacia la orilla—. ¡Mantén las riendas firmes e intenta dirigirte hacia aquí!
Jacob tenía el rostro pálido y la mirada perdida.
Los bueyes que tiraban del carromato bramaban mientras luchaban por mantener pie.
Nate no estaba seguro de si lo había oído, pero Jacob no hizo ademán de aferrar las riendas, y el carromato siguió a la deriva.
Nate tenía que hacer algo antes de que otro Turner acabara en una tumba de agua.
—¿Elijah? —gritó Nate.
Elijah apareció a su lado.
—Necesito tu caballo —dijo Nate.
Elijah desmontó y Nate se subió rápidamente a la silla. Cabalgó hacia el agua, agradecido de que Elijah hubiera adiestrado tan bien a su caballo.
El agua fría salpicaba las piernas de Nate mientras se adentraban en la corriente, con la fuerza del río tirando de ellos sin tregua. Agarró las riendas con firmeza y guió al caballo hacia el carromato en apuros.
Con cada zancada poderosa, el caballo luchaba contra el agua embravecida, los músculos en tensión por el esfuerzo. Nate fijó la vista en el carromato que tenía delante, concentrado únicamente en alcanzarlo antes de que fuera demasiado tarde.
A medida que se acercaban, Nate pudo ver el pánico en el rostro de Jacob. Con gran esfuerzo, metió la mano en el bolsillo trasero y cortó el cuero crudo que sujetaba los bueyes al carromato. Ya libres, los bueyes se lanzaron hacia la orilla, luchando contra la corriente arremolinada.
Nate volvió el caballo hacia Jacob, que se aferraba a su asiento.
—Dame la mano —ordenó Nate.
Jacob extendió el brazo y Nate tiró de él para sacarlo del carromato. Jacob se encaramó a la grupa del caballo. En ese momento, el carromato crujió y comenzó a volcarse, cediendo a la fuerza del agua, y el contenido se derramó por el costado.
—¡El carromato! —gritó Jacob.
—Ya es tarde —dijo Nate.
Volvió el caballo y lo dirigió de regreso hacia la orilla. El resto del grupo se había congregado en la ribera, observando con inquietud.
Cuando el caballo salió del río, Nate exhaló, con el sudor corriéndole por la espalda. Desmontó.
—¿Estás bien? —preguntó Mary, apresurándose hacia él.
Nate asintió, sin aliento.
Se volvió hacia Jacob, que estaba bajándose del caballo, pero al hacerlo perdió el equilibrio y cayó. Nate se acercó y le tendió la mano. Al ponerlo en pie, Jacob se tambaleó. Nate lo miró a la cara y vio que tenía los ojos inyectados en sangre y el aliento le olía a whisky.
—Estás borracho —dijo Nate con disgusto.
—No lo estoy —mintió Jacob.
—Por eso no pudiste dirigir el carromato —dijo Nate con tono duro.
—¡No es culpa mía que nos hayas hecho cruzar por ahí! —replicó Jacob arrastrando las palabras—. Deberíamos haber buscado otro sitio para cruzar.
—No había otro sitio para cruzar —dijo Nate.
—Es tu culpa —dijo Jacob apretando los dientes—. Y ahora he perdido mi carromato.
Nate tuvo que hacer acopio de todo su autocontrol para no agarrarlo por el cuello y zarandearlo hasta hacerle entrar en razón. En lugar de eso, se volvió hacia Elijah y el Sr. Hawkins.
—Acamparemos aquí —dijo Nate—. A ver si algo del carromato llega a la orilla y podemos recuperarlo.
Los hombres asintieron mientras Nate se volvía hacia Jacob.
—Me debes un carromato —dijo Jacob con un brillo desafiante en los ojos.
—No te debo nada —dijo Nate—. Conocías los riesgos y elegiste conducir borracho.
—¡Se supone que eres el jefe de la caravana! —gritó Jacob.
—Jacob —dijo Sarah—. Vete a dormir la borrachera.
—No pienso irme a ninguna parte —insistió Jacob—. No hasta que se disculpe.
—¿Disculparme? —Nate abrió los ojos con incredulidad—. Por si no te has dado cuenta, acabo de salvarte la vida.
—No habría necesitado que me salvaras si no nos hubieras obligado a cruzar ese río —farfulló Jacob.
—No tengo por qué escuchar esto —dijo Nate, súbitamente agotado—. Sarah tiene razón, vete a dormir la borrachera.
Nate se dio la vuelta, pero Jacob le agarró el brazo. Por instinto, Nate giró en redondo y le asestó un puñetazo en la barbilla. Jacob se desplomó y quedó hecho un ovillo en el suelo.
A pesar de lo frustrado que estaba con él, Nate se sintió culpable de inmediato.
—Lo siento —dijo, y le tendió la mano a Jacob.
—No necesito tu ayuda —dijo Jacob. Le apartó la mano de un manotazo y se levantó con la cara roja como un tomate.
Sin decir otra palabra, Jacob se alejó con paso airado y desapareció detrás de los carromatos. Nate exhaló profundamente y se pasó una mano por el pelo.
—Muy bien —dijo—. Se acabó el espectáculo; todos a montar el campamento.
El grupo se dispersó, y Nate regresó a la orilla del agua.
—¿Nate?
Se volvió y vio a Sarah, con expresión preocupada.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
—No debería haberle pegado —suspiró Nate—. No era mi intención.
—Bueno, algunos dirían que se lo merecía —dijo Sarah, esbozando una sonrisa divertida.
—¿Siempre ha sido así? —preguntó Nate.
—Desde que lo conozco —dijo Sarah—. Siempre fue más callado y reservado que mi marido, pero...
La voz de Sarah se apagó.
—¿Pero qué? —preguntó Nate.
Ella respiró hondo, como si buscara las palabras adecuadas.
—A Robert nunca le gustó hablar mucho de su infancia —comenzó, con voz suave pero firme—. Pero cuando bebía demasiado, a veces se le escapaban cosas. Hablaba de su padre, que era un hombre duro y un borracho cruel.
Sarah hizo una pausa.
—Su madre murió al dar a luz a Jacob —continuó—. Robert decía que su padre siempre culpó a Jacob y nunca lo perdonó.
Nate escuchó atentamente y sintió una punzada inesperada de compasión por aquellos chicos a los que solo había conocido ya de hombres.
—Robert también me dijo una vez que él era el favorito de su padre, pero eso solo significaba que recibía menos palizas que Jacob.
Se le formó un nudo en el estómago a Nate. Durante sus años en el Camino, había visto los efectos de crianzas tan brutales, cómo retorcían a las personas y las convertían en algo que quizás nunca habrían llegado a ser de otro modo.
—Eso es... eso es duro —dijo en voz baja, sin saber qué más decir.
Sarah asintió, con expresión triste.
—A menudo me he preguntado si habrían sido hombres diferentes de haber tenido un padre decente y si su madre hubiera sobrevivido.
Nate suspiró con la mirada clavada en el suelo.
—Probablemente lo habrían sido —coincidió—. Es difícil liberarse de ese tipo de pasado. Te moldea de formas que no siempre puedes ver hasta que es demasiado tarde.
—¿Crees que las personas pueden cambiar? —preguntó Sarah—. ¿Incluso después de todo lo que han pasado?
Nate sopesó la pregunta con cuidado.
—Creo que es posible —dijo lentamente—. Pero se necesita mucha fuerza y las razones adecuadas. Algunas personas nunca encuentran esa fuerza o esas razones. Otras sí, pero nunca es fácil.
—Espero que Jacob pueda encontrar esa fuerza —dijo ella en voz baja—. Por su bien y el de todos los que lo rodean.
Nate no dijo nada, pero sintió una oleada de admiración por Sarah, por su capacidad de buscar esperanza en las personas donde quizás la esperanza ya no existía. Sin embargo, por lo que había visto de Jacob Turner, no sabía si este tenía la fuerza para ser un hombre mejor.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Sarah.
Nate asintió.
—¿Por qué no dejaste a Jacob en Independence? —preguntó Sarah.
—¿Sinceramente? —preguntó Nate.
Sarah asintió.
—Nunca he dejado a nadie atrás.
Sarah dio un paso adelante, y durante unos momentos ninguno habló mientras contemplaban el carromato abandonado, como un naufragio en el mar.
—¿Cómo estás? —preguntó él, para cambiar de tema—. ¿Aguantas bien los días largos?
—Sí —dijo Sarah—. Mary me entretuvo con la historia de cómo llegó a América.
Nate se rio entre dientes.
—Ahh —dijo, y asintió—. A Mary le encanta contar esa historia.
Sarah sonrió.
—Es una historia bastante buena.
—Lo es —coincidió Nate.
Volvieron a quedarse en silencio, y Nate la miró.
No pudo evitar fijarse en lo mucho que había mejorado su aspecto.
Todavía estaba demasiado delgada, pero su piel ya no tenía aquel tono ceniciento y sus ojos brillaban más.
Nunca antes había reparado en la suave curva de sus labios, pero ahora no podía apartar la mirada de ellos, y mientras los contemplaba, el corazón empezó a latirle más deprisa.
Sarah le sostuvo la mirada, y Nate bajó la cabeza rápidamente.
—Lo siento —dijo, aclarándose la garganta.
Sarah no dijo nada.
—Bueno, será mejor que vuelva a ayudar a los demás con los preparativos —dijo Nate—. Disculpa.
Nate se dio la vuelta para marcharse, dejando a Sarah en la orilla del río. Sentía la mirada de ella clavada en su espalda, pero no se volvió. Había cometido un desliz, solo por un instante, un momento de debilidad, pero no podía permitir que volviera a suceder.