La promesa del jefe de caravana a una nueva vida Capítulo Tres #3
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Capítulo Tres #3

Sarah miró a Robert, que todavía tenía la cara muy roja y los ojos encendidos.

—Bueno, ¿por qué se quedan ahí parados? —dijo, volviéndose hacia el herrero—. Arréglelo.

Thomas Reid se cruzó de brazos mientras enarcaba las pálidas cejas. Era unos años mayor que Robert y de la misma estatura, pero más musculoso.

—Lo siento —dijo el Sr. Reid encogiéndose de hombros, sin sonar lo más mínimo arrepentido.

—¿Qué quiere decir con «lo siento»? —espetó Robert—. Usted es el herrero; su trabajo es arreglarlo.

Thomas Reid no dijo nada mientras Robert se ponía aún más morado. Se acercó a él y le señaló el pecho con el dedo.

—Arréglelo —dijo.

Pero Thomas no movió un músculo, y el aire crepitaba de tensión.

—¿Qué tal si arreglo su carro cuando usted y su hermano inútil hagan algo por aquí aparte de emborracharse y comportarse como idiotas?

Robert cerró los puños a los costados, y Sarah pudo ver cómo se le marcaban los nudillos blancos.

Se ciñó el raído chal sobre los hombros, con los ojos muy abiertos y fijos en la creciente disputa entre Robert y el herrero.

Con su antigua vida ya muy atrás, el temperamento de Robert amenazaba con arrebatarles el último vestigio de seguridad que les quedaba.

Si los expulsaban de la caravana, ¿adónde irían?

La naturaleza salvaje era implacable; la soledad aquí podía significar la muerte.

No eran supervivientes: las habilidades de Robert se limitaban a sus puños y sus palabras groseras, no a orientarse por aquel terreno implacable ni a arrancarle a la tierra obstinada sus escasos frutos.

—Debería curtirle el pellejo aquí mismo delante de todos —amenazó Robert con la voz ahora peligrosamente baja.

—Me gustaría verlo intentarlo —dijo el Sr. Reid sin pestañear.

Robert dio un paso adelante, y Sarah contuvo la respiración. Tenía miedo, miedo de la naturaleza salvaje, miedo de quedarse sola, miedo de en qué podría convertirse Robert si no lo controlaban las leyes de los hombres civilizados.

—Está bien, muchachos —dijo el Sr. Hawkins, interponiéndose de repente entre ellos—. No hay necesidad de alterarse.

Justo entonces, Sarah oyó cascos de caballo y vio a Nate que cabalgaba hacia ellos con el sombrero calado sobre los ojos. Una ola de alivio la invadió al verlo.

—¿Qué está pasando? —preguntó.

—Turner rompió el eje —dijo el Sr. Reid—. Conduciendo borracho, otra vez.

Nate miró el carro con el ceño fruncido mientras Robert miraba al herrero con odio.

—¿Puede arreglarlo? —preguntó Nate.

—Puedo —dijo el Sr. Reid—. Pero no si Turner va a romperlo de nuevo mañana.

Nate suspiró.

—Por favor, Tom.

El Sr. Reid apretó los labios a regañadientes.

—Está bien.

Nate asintió agradecido.

Sarah volvió a mirar a Robert y lo encontró con una sonrisa de suficiencia. Nadie más sonreía; de hecho, todos parecían irritados y asqueados por la situación.

El Sr. Reid trabajó en el eje toda la mañana. Mientras tanto, los demás tuvieron que esperar. Robert y Jacob ni se molestaron en disculparse por el retraso ni movieron un dedo para ayudar al herrero. En lugar de eso, se sentaron a la sombra a beber whisky.

A la hora del almuerzo, Robert y Jacob estaban tirados en la hierba, inconscientes por la bebida, así que Sarah decidió dar un paseo.

Apenas había recorrido media milla cuando llegó a un pequeño arroyo. Se quitó las botas y se metió en el agua fresca, que le alivió los pies hinchados.

—¿Señora Turner?

Se volvió y vio a Nate de pie en la orilla.

—¿Va todo bien? —preguntó ella.

—Sí —dijo Nate—. El Sr. Reid casi ha terminado con el carro.

—Me alegro —dijo Sarah—. Siento mucho las molestias.

—No es culpa suya —dijo Nate, y sus ojos verdes se dulcificaron.

Sarah asintió sin decir nada. Estaba tan acostumbrada a que todo fuera culpa suya que le sentó bien oír aquello.

—¿Puedo acompañarla de vuelta? —ofreció Nate—. En cuanto arreglen el eje, nos pondremos en marcha.

Sarah salió del agua y se puso las botas. Luego caminaron juntos de regreso al campamento. Ninguno habló, pero Sarah notaba que Nate la miraba de vez en cuando.

—¿Está usted bien? —preguntó él.

Sarah abrió los ojos sorprendida.

—Se está agarrando el brazo —dijo él.

Sarah bajó la vista y comprobó que Nate tenía razón: se sujetaba el brazo derecho con el izquierdo.

—Estoy bien —dijo Sarah—. Solo me lo golpeé cuando se rompió el eje.

—Déjeme ver —dijo Nate.

Sarah dudó un momento antes de extender el brazo. Nate le subió la manga con cuidado, y Sarah contuvo el aliento cuando los dedos ásperos de él le rozaron la piel.

—Lo siento —dijo Nate, mirándola desde debajo de sus pestañas oscuras—. ¿Le duele?

—No —mintió Sarah, ruborizándose.

Nate volvió a bajar la vista y frunció el ceño.

—¿Estos moretones son de hoy?

Sarah guardó silencio. No podía decirle de dónde venían realmente esos moretones.

—¿Sarah? —dijo él con ternura.

Ella apartó el brazo de un tirón.

—He dicho que estoy bien.

Nate abrió la boca, pero antes de que pudiera añadir nada, Sarah se dio la vuelta y regresó al campamento a toda prisa, con el corazón en un puño.