Capítulo Uno
Sarah permanecía en el umbral, anhelando aunque fuera un soplo de brisa. Tenía los labios secos y agrietados, y la piel áspera como papel de lija. ¿Cuánto más tendrían que soportar aquella sequía?
El sol caía implacable sobre el pequeño porche mientras Sarah se volvía y entraba en la casa. Al hacerlo, vislumbró su reflejo en el cristal polvoriento.
Las mejillas hundidas, los ojos marrones consumidos por el cansancio.
Las arrugas de preocupación grabadas en la frente.
La ropa le colgaba holgada sobre el cuerpo demacrado, la tela gastada hasta quedar fina.
El cabello rubio oscuro, revuelto, con mechones sueltos cayéndole sobre los hombros y la espalda. Sarah apenas se reconocía.
Sarah apartó la mirada de inmediato y, con la cabeza gacha, entró en la casa.
Robert dormía en una silla de la sala, con una botella vacía a los pies. Tenía las piernas estiradas y la boca abierta; un hilo de saliva le caía por la barbilla.
Habían pasado dos meses desde que Robert perdió el trabajo, y la vida de Sarah se había vuelto insoportable. Si antes creía que las cosas iban mal, ahora eran mucho peores. No pasaba un día sin que rezara pidiendo un respiro de aquella tortura, liberarse de Robert y de su yugo.
Sarah entró en la cocina y luego en la despensa, donde el aire era algo más fresco.
Miró a su alrededor, pero los estantes estaban vacíos.
No sabía qué iba a preparar para la cena; no tenían carne y apenas harina suficiente para hacer pan.
Aun así, Robert esperaba comida en la mesa como si ella fuera una maga capaz de crear alimentos de la nada.
Apoyó la espalda contra la pared fresca y suspiró.
Aún no le había contado a Robert lo del bebé, y él apenas le prestaba atención suficiente para darse cuenta.
Pero no tardaría mucho en notársele. Sarah sabía que tenía que decírselo, pero algo la frenaba.
Era como si, mientras lo mantuviera en secreto, aún quedara una posibilidad de escapar.
Al cabo de unos momentos, Sarah salió de la despensa y cogió una cesta de mimbre del suelo, junto a la puerta.
Salió por la puerta trasera hacia el pequeño huerto.
Se arrodilló y rebuscó con incomodidad, pero en vano: el huerto no era más que tierra agrietada y follaje marchito.
Los tomates y pepinos que habían sobrevivido al calor tenían un tono marrón enfermizo, con la piel arrugada.
Aun así, no había otra cosa, de modo que los recogió y los puso en la cesta.
Luego se levantó y, al hacerlo, sintió un mareo repentino.
Sarah se tambaleó un instante sobre los talones, cerró los ojos y respiró hondo. Pero el aire era pesado y espeso, cargado con el hedor de la vegetación podrida. Exhaló con un temblor mientras el mundo se desdibujaba y volvía a enfocarse.
Justo entonces, sintió unas manos en la cintura y se volvió: era Jacob, el hermano menor de Robert, justo detrás de ella. Estaba tan cerca que podía olerle el whisky en el aliento y el sudor dulzón y enfermizo en la piel.
Por instinto, Sarah le apartó la mano y retrocedió. Los ojos azules de Jacob permanecían fijos en ella mientras se agachaba deprisa a recoger la cesta. Sin decir palabra, se encaminó hacia la casa.
Sarah se quedó junto al fregadero mientras Jacob entraba en la cocina. Él se sentó a la mesa y la observó mientras ella pelaba los tomates arrugados. Sentía de forma dolorosa aquella mirada recorriéndole las curvas del cuerpo, y le aterrorizaba que notara el vientre, que empezaba a abultarse.
Justo entonces, Sarah oyó pasos de botas en el pasillo y se volvió: Robert entraba en la cocina. No la miró mientras se acercaba a la mesa y se sentaba junto a su hermano.
—Tú —dijo, mirándola—. Tráenos algo de beber.
Sarah se limpió las manos en el delantal, se agachó bajo el fregadero y sacó una botella de whisky. Luego cogió dos vasos del aparador y los llevó a la mesa.
Robert descorchó la botella con los dientes y vertió el líquido ámbar en los dos vasos hasta el borde.
Sarah volvió al fregadero y mantuvo la cabeza gacha mientras los hermanos hablaban.
—¿Y bien? —dijo Robert—. ¿Está arreglado?
—Sí —dijo Jacob, echándose hacia delante en la silla—. Partimos al amanecer hacia Westport.
Sarah frunció el ceño. ¿Adónde iban? Quizá fuera su oportunidad de escapar.
—Mujer —dijo Robert con brusquedad.
Ella se apartó del fregadero y lo miró. Tenía los ojos inyectados en sangre, como siempre.
—Empieza a hacer el equipaje —dijo—. Partimos al amanecer.
Sarah lo miró fijamente, con el corazón desbocado.
—¿A-adónde vamos?
—A California —respondió Robert secamente.
Sarah siguió mirándolo, paralizada. No podía ir a California, no en su estado.
—Hay un grupo que sale mañana —explicó Jacob—. Nos uniremos a ellos.
Sarah miró a Jacob. Había oído historias sobre el Camino de California; todos las habían oído.
Dos mil millas de terreno implacable que se extendía sin fin, un crisol de adversidad que ponía a prueba los límites de la resistencia humana a cada paso.
Había oído susurros sobre tormentas feroces que caían sin previo aviso, azotando con furia a los desafortunados viajeros, cuyas carretas eran engullidas por los torrentes furiosos de lluvia y viento.
Y en medio del caos de los elementos, otros peligros acechaban en las sombras: bandidos y forajidos al acecho de los vulnerables y desprevenidos.
Animales salvajes vagaban por aquellas tierras indómitas, con instintos primarios afilados por siglos de supervivencia en el paisaje implacable.
Por no hablar de las enfermedades y las pestes que arrasaban los campamentos sin piedad.
Ella nunca sobreviviría a un viaje así, y mucho menos la criatura que llevaba en el vientre.
—No —dijo Sarah, negando con la cabeza—. Y-y-yo no puedo.
Una sombra cruzó el rostro de Robert, que apretó los labios hasta formar una línea dura.
—No hay pero que valga —dijo con brusquedad—. Ya he tomado mi decisión, y punto. Nos vamos al oeste, y tú vienes quieras o no. Así que deja de protestar y empieza a hacer el equipaje.
Sarah abrió la boca y volvió a cerrarla, con la mente a mil. Tenía que decírselo ahora; quizá fuera la única manera.
—Estoy encinta —soltó Sarah, llevándose las manos al vientre por instinto.
Robert enarcó las cejas, le echó un vistazo al vientre y se volvió para apurar el vaso.
—Vaya, qué maravilla —dijo con amargura—. Otra boca que alimentar en esta locura tuya. Estamos a punto de cruzar el país, ¿y ahora se te ocurre cargarnos con otro peso? Ya hemos enterrado a tres críos, ¿y crees que a este le va a ir mejor?
A Sarah se le secó la boca mientras parpadeaba para contener las lágrimas.
Robert volvió a llenarse el vaso y dio otro sorbo, negando con la cabeza.
—Sabes, todos estos años he esperado a que cumplieras con tu deber de esposa, que me dieras hijos que llevaran mi apellido, pero algo falla en ti, y no pienso quedarme aquí solo porque estés encinta. No confío en que vayas a mantener vivo a este. Nos la jugaremos en el Camino.
Sarah sintió arder el rostro mientras la pequeña vida que crecía en su interior se agitaba. Ya amaba tanto a esa personita. Tenía que hacer todo lo posible por proteger al bebé, aunque eso supusiera enfrentarse a Robert. Tenía que intentarlo.
—Vete sin mí —dijo.
Robert tensó los hombros y se levantó tan deprisa que la silla se estrelló contra el suelo tras él. Cruzó la cocina hacia Sarah, le agarró las muñecas y se las retorció con fuerza, arrancándole un grito de dolor.
—¿Crees que te dejaría atrás? —siseó. Sus ojos azules relampagueaban con un brillo peligroso—. Eres mía.
—Por favor —suplicó Sarah—. Me estás haciendo daño.
Robert le apretó las muñecas con más fuerza. —Eres patética —escupió—. Si tu padre siguiera vivo, te devolvería con él. Con razón estaba tan ansioso por deshacerse de ti.
—Por favor...
Robert le sostuvo la mirada un momento más y luego le soltó las muñecas, empujándola contra el fregadero. Sarah intentó tragar saliva, pero el nudo en la garganta se lo impedía. Le temblaban las manos.
—Ahora, haz el equipaje —dijo con desdén—. Nos vamos al amanecer, te guste o no.
Sarah cruzó la cocina a toda prisa, las lágrimas rodándole ya por las mejillas. Al llegar a la puerta, Robert carraspeó.
—Sarah.
Ella se detuvo, sin volverse a mirarlo.
—Si se te ocurre huir, yo mismo te mataré —dijo.
Sarah corrió por el pasillo hasta su dormitorio.
En cuanto estuvo dentro, se derrumbó en el suelo hecha un ovillo.
Un sollozo ahogado se le escapó de la garganta mientras apretaba la mejilla contra el suelo.
Cerró los ojos un largo momento, tratando de calmar el corazón, que amenazaba con salírsele del pecho.
Mientras yacía en el suelo duro, las paredes de la pequeña casa empezaron a cerrarse a su alrededor.
Había estado tan desesperada por escapar de aquel lugar, por escapar de Robert, pero ¿esto?
¿Acaso esperaba que muriera en el Camino?
Sarah había perdido la cuenta de las veces que Robert había amenazado con matarla a lo largo de los años, y sin embargo nunca lo había hecho.
A pesar de su odio y sus amenazas de violencia, no podía quitarse de la cabeza la inquietante certeza de que él disfrutaba del poder que tenía sobre ella.
No era amor lo que los unía, sino algo más oscuro y siniestro: un deseo retorcido de controlar y dominar cada aspecto de su vida.
Podía despreciarla, amenazarla, incluso desearle la muerte, pero jamás la dejaría marchar.
A sus ojos, ella no era una esposa a la que amar y cuidar, sino una posesión que dominar y controlar.
Podía intentar huir, pero él iría tras ella.
Sarah soltó un suspiro pesado mientras se levantaba del suelo. Se acercó a la cómoda, alzó los brazos y bajó la maleta de lo alto. La llevó a la cama y la abrió.
Le temblaban las manos mientras doblaba un vestido y lo colocaba en la maleta de cuero gastado que había sobre la cama.
Tenía que hacer el equipaje como Robert le había ordenado.
La obediencia se había arraigado en ella tras años de duras lecciones, y sabía que era mejor no desafiarlo.
Pero mientras se movía mecánicamente, la mente le iba a mil, buscando una salida.
De repente, las tablas del suelo crujieron.
Sarah se quedó inmóvil, con el corazón desbocado.
Se volvió lentamente y abrió mucho los ojos al ver a Jacob de pie en el umbral, observándola a través de la rendija.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí, observándola en silencio.
Ninguno de los dos se movió, atrapados en un momento tenso, sin palabras.
—Jacob —susurró, con la voz apenas audible.
Dio un paso cauteloso hacia la puerta mientras un plan desesperado tomaba forma en su mente. Si alguien podía detener a Robert, ese era Jacob. Era el único que parecía poder llegar a él, aunque fuera solo un poco.
—¿Puedes... puedes hablar con Robert? —preguntó, manteniendo la voz baja, casi suplicante—. ¿Puedes detener esto? Por favor, Jacob. No quiero ir. El bebé...
La expresión de Jacob seguía siendo indescifrable, pero hubo un destello de algo en sus ojos: compasión, tal vez. Negó lentamente con la cabeza. —No puedo, Sarah. Robert ya ha tomado una decisión. Una vez que decide algo, no hay quien lo haga cambiar de opinión.
Una ola de desesperación invadió a Sarah. —Por favor, Jacob —rogó, con la voz quebrándose—. Tienes que intentarlo. Por el bien del bebé. No puedo... no puedo hacer esto.
Jacob apartó la mirada. Un músculo le palpitaba en la mandíbula. —Sabes cómo es —dijo en voz baja—. No se dejará persuadir. Ni por mí, ni por nadie.
A Sarah se le hizo un nudo en la garganta.
—Pero quizá no sea tan malo —dijo Jacob, y su expresión se suavizó—. Estaremos todos juntos.
Sarah no dijo nada. Aquellas palabras, que supuso pretendían consolarla, lograron exactamente lo contrario. No solo iba a estar atrapada en un viaje de dos mil millas con Robert, sino también con Jacob.
Justo entonces, la voz de Robert, áspera y autoritaria, resonó desde el pasillo, llamando a Jacob a gritos. Jacob se puso rígido y lanzó una mirada por encima del hombro. Le dirigió a Sarah una última mirada prolongada y luego desapareció.
Sarah se quedó allí, completamente derrotada. Su última esperanza se había desvanecido con Jacob. Cerró los ojos, conteniendo las lágrimas. Tenía que mantenerse fuerte por el bebé. Pero el futuro se le antojaba más oscuro e incierto que nunca.
Volvió a hacer el equipaje, con movimientos lentos y cargados de resignación.
Mientras doblaba otro vestido, sus pensamientos volaron hacia lo que les aguardaba.
El Camino estaba plagado de peligros: enfermedades, inclemencias del tiempo y la amenaza siempre presente de ataques.
Pero la idea de la ira de Robert si desobedecía era aún más aterradora.
Mañana dejarían Dusty Creek, y ante ellos se extendía un viaje de incertidumbre y dificultades. Sarah no era ajena a las dificultades, así que no temía por ella misma, sino por el destino de su bebé nonato.