La promesa del jefe de caravana a una nueva vida Prólogo
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La promesa del jefe de caravana a una nueva vida

La promesa del jefe de caravana a una nueva vida

Por Sally M. Ross

© inepub.com

Prólogo

Una mosca zumbaba ruidosamente contra el cristal de la ventana de la cocina mientras Sarah se pasaba la mano por la nuca, con gotas de sudor deslizándose por la espalda. Un repentino aleteo en la boca del estómago la hizo bajar la mano y presionarla contra su vientre ligeramente hinchado.

Sarah no le había dicho a su marido que estaba encinta de nuevo. Temía la reacción de Robert.

Sarah se apartó de la estufa y miró por la ventana.

El sol de media tarde caía implacable sobre la tierra reseca, proyectando largas sombras sobre el paisaje árido.

Era primavera, pero el aire estaba cargado de un calor opresivo, sofocante e implacable.

Ni un susurro de brisa agitaba el polvo que se arremolinaba en espirales perezosas y lo cubría todo con una fina capa de arenilla.

A través de la ventana, Sarah contempló los restos de lo que una vez fue una comunidad próspera, ahora reducida a una reliquia polvorienta de su antiguo esplendor.

El pueblo, antaño vibrante, se asentaba entre las llanuras abrasadas por el sol, con sus estructuras de madera desgastadas y deterioradas por años de calor implacable y vientos despiadados.

La Gran Sequía aún los azotaba, y el arroyo, que una vez fue el sustento de los habitantes del pueblo, permanecía inactivo y seco, un mero recuerdo de las aguas vivificantes que otrora fluyeron libremente.

A lo lejos, los restos esqueléticos de las cosechas del año anterior se erguían como centinelas silenciosos, con las hojas marchitas caídas en derrota bajo el embate despiadado del sol.

El paisaje se extendía ante ella, una vasta extensión de tierra agrietada y sueños desvanecidos, la dura realidad de la vida en el corazón de Dusty Creek.

Sarah suspiró mientras volvía a prestar atención a las ollas sobre la estufa. Hacía demasiado calor para cocinar, pero sabía que Robert se quejaría si servía una cena fría. Ella y Robert llevaban casados cuatro años, desde que Sarah tenía dieciocho.

A Sarah la habían obligado a casarse con Robert Turner, un hombre diez años mayor que ella.

Su padre, un granjero pobre, la había cambiado por un pedazo de la última tierra fértil del pueblo.

Sarah aún recordaba el día en que su padre llegó a casa con la noticia.

Al principio pensó que bromeaba, una broma cruel y enfermiza, pero enseguida se dio cuenta de que no era así.

Había trocado su vida como si ella no valiera más que una novilla o una yegua de cría.

Había pensado en huir, pero no tenía nada.

Su familia era tan pobre como el polvo que cubría sus botas.

La noche antes de su boda, Sarah había llorado amargamente en la almohada, pero cuando la luz del amanecer se coló por la rendija de las cortinas raídas, se lavó la cara y decidió que quizás no sería tan malo.

Tal vez Robert Turner sería amable con ella, le daría una vida mejor que la que tenía, atrapada en una casa en ruinas con su padre, que había dejado de vivir el día en que murió su madre.

Se había casado con Robert Turner hacía casi cuatro años, y no había pasado un solo día sin que deseara haber huido a pesar de no tener nada a su nombre.

Aquel pequeño destello de esperanza que había albergado la mañana de su boda se desvaneció, convertido en sombra, apenas unas horas después de pronunciar sus votos.

La noche de su boda, Robert se había emborrachado hasta perder el sentido y se había arrastrado hasta el lecho nupcial. Aquella noche marcó el comienzo del resto de la vida de Sarah.

Perdida en sus pensamientos, Sarah extendió la mano hacia el mango de la cuchara y jadeó.

Retiró la mano y se la llevó al pecho por un momento.

Luego la abrió e hizo una mueca al ver la piel quemada, roja e inflamada.

Caminó hacia el fregadero y metió la mano en la palangana de agua fresca con un leve gesto de dolor.

Miró por la ventana de nuevo y parpadeó para contener las lágrimas.

El bebé que crecía en su vientre debería llenarla de alegría y gratitud, pero en cambio solo le infundía un profundo miedo y arrepentimiento.

Durante los últimos cuatro años, había estado embarazada tres veces.

El primer bebé murió antes de cumplir tres meses; el segundo y el tercero nacieron muertos.

El dolor de perder a sus bebés pesaba enormemente sobre el pecho de Sarah.

A veces, su pena era tan grande que la aplastaba, le impedía pensar o respirar, como si la arrastrara bajo el agua, más y más profundo, hasta que la luz del día sobre ella se volvía cada vez más pálida y se desvanecía por completo en una oscuridad sofocante.

A la par de su dolor estaba la ira de Robert.

Con cada hijo que perdían, él se volvía más y más resentido, como si fuera culpa de Sarah, como si ella no se estuviera esforzando lo suficiente o estuviera haciendo algo mal.

¿Acaso él no entendía lo que se sentía como madre?

¿Llevar vida dentro de ti solo para verla arrebatada en un segundo?

Pero así era Robert; tenía una manera de elegir siempre sus palabras, una manera que sembraba dudas sobre las percepciones de Sarah y erosionaba su identidad.

Estaba atrapada en su matrimonio, y cada día que pasaba luchaba por discernir la verdad de la ficción y reclamar su propia autonomía en un mundo creado por él.

Otro aleteo en el estómago, y Sarah bajó la mirada hacia su vientre mientras la larga trenza rubia oscura le caía sobre el hombro derecho.

Siempre había anhelado una familia e hijos, pero ¿cómo podía traerlos a este mundo?

¿Un mundo lleno de crueldad y dolor? ¿Cómo podía proteger a su hijo nonato del padre cuando ni siquiera podía protegerse a sí misma?

Sarah se volvió al oír crujir el porche delantero bajo el peso de Robert. Los nudos en el estómago se le apretaron. Se alisó rápidamente el pliegue del delantal blanco y se forzó a esbozar una sonrisa en el pálido rostro mientras se volvía hacia la puerta.

Robert entró tambaleándose en la cocina momentos después.

Se agarró al marco de la puerta mientras recorría la cocina con la mirada.

Sarah contuvo la respiración al verlo. Robert era un hombre alto, con una mata de gruesos rizos negros y barba oscura.

Tenía los ojos azul oscuro y la nariz torcida, rota durante una pelea de juventud.

Cuando Sarah lo vio por primera vez, le pareció apuesto, pero ahora solo veía la podredumbre que llevaba dentro.

—¿Qué hay de cenar? —ladró mientras cruzaba la cocina, y casi perdió el equilibrio al sentarse a la pequeña mesa.

—Pollo asado con patatas —respondió Sarah automáticamente.

Robert entrecerró los ojos y la miró fijamente mientras Sarah se mordía nerviosa el interior de la mejilla. No era raro que Robert regresara borracho; sin embargo, hoy había algo en sus ojos, una oscuridad que asustaba a Sarah y la dejaba paralizada.

—Pues date prisa —espetó.

Sarah dio un respingo y se volvió rápidamente hacia la estufa. Recogió la fuente de asar e hizo todo lo posible por estabilizar las manos temblorosas. Llevó el pollo asado a la mesa, lo dejó y fue a buscar las patatas.

Sarah se sentó frente a Robert mientras él trinchaba el pollo, con las manos fuertemente entrelazadas en el regazo. Mantuvo la cabeza gacha, temerosa de mirarlo de una manera que lo irritara o enfureciera.

Comieron en silencio durante un largo rato. Sarah mantuvo los ojos clavados en el plato. El pollo le sabía a serrín en la boca mientras luchaba por tragar. El aire en la cocina estaba cargado de tensión.

—El pollo está seco —dijo Robert, y apartó el plato con disgusto.

Sarah no dijo nada, con la garganta seca.

—Mírame cuando te hablo —ordenó Robert.

Sarah lo miró desde debajo de las largas pestañas.

—Un hombre trabaja duro todo el día, ¿y esto es lo que se encuentra al volver a casa?

—dijo Robert, fulminándola con la mirada—.

Apuesto a que ni un perro tocaría esta bazofia.

¿Acaso sabes algo de cocina? Es un milagro que no me haya quedado en los huesos con la porquería que sirves en esta mesa.

Un hombre espera una comida decente después de un duro día de trabajo, no esta birria.

—L-l-lo siento —tartamudeó.

—De mucho va a servir eso ahora.

—Lo haré mejor mañana —le prometió Sarah.

Robert resopló mientras apartaba la silla.

—Me voy a la cama.

Sarah bajó la mirada mientras Robert salía de la cocina. En cuanto se fue, respiró hondo y los hombros se le relajaron. Se quedó sentada a la mesa un rato más antes de levantarse a recoger.

Para cuando terminó de fregar los platos, ya había oscurecido fuera y la luna asomaba sobre el horizonte.

Sarah salió de la cocina y se fue al dormitorio, donde Robert roncaba sonoramente. Se desvistió y se metió en la cama con cuidado de no hacer ruido y despertarlo.

Sarah permaneció en la cama mirando al techo durante mucho tiempo, anhelando el dulce alivio del sueño.

Pero su mente no paraba de dar vueltas. Quizás podría irse, hacer las maletas y marcharse.

Robert trabajaba en la tienda agrícola del pueblo todo el día, así que si se iba justo después de que él saliera a trabajar, le llevaría un día entero de ventaja para cuando se diera cuenta de que se había ido.

Marcharse era la única forma de tener a ese bebé.

No podía criarlo en aquella casa. La idea de dejar a Robert llenaba a Sarah tanto de miedo como de esperanza.

No era la primera vez que pensaba en dejarlo, pero siempre había confiado en que las cosas mejorarían.

Quizá Robert cambiaría si tenían un hijo, pero ahora sabía que había sido una ingenua al pensarlo.

Sarah se dio la vuelta en la cama, sin poder dejar de pensar. Había estado guardando algo de dinero extra cada semana, pero aún no era suficiente para irse. Quizás lo sería en una o dos semanas.

A la mañana siguiente, Sarah se esmeró en preparar el desayuno de Robert exactamente como a él le gustaba. Sin embargo, la mañana llegó y pasó, y Robert no salió del dormitorio. Sarah pensó en despertarlo; no quería que llegara tarde al trabajo, pero le daba miedo.

A media mañana, Robert entró en la cocina con la piel cenicienta y los ojos inyectados en sangre. El desayuno ya estaba frío, los huevos gomosos.

—Café —ordenó Robert.

Sarah fue a buscar la cafetera, le sirvió una taza y se la tendió con manos temblorosas. Él la cogió sin dar las gracias.

—Me preguntaba si debería haberte despertado... —dijo Sarah, y dejó la frase en el aire.

Robert dio un largo sorbo al café.

—Ya no trabajo en la tienda agrícola —dijo Robert, y dejó la taza sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

Sarah abrió los ojos de par en par.

—¿Ah, sí? —dijo con cautela.

—No pienso trabajar para un cerdo que trata a sus empleados como a perros —dijo Robert, alzando la voz. Cerró los puños con tanta fuerza que Sarah pudo ver el blanco de los nudillos.

Sarah no dijo nada. El señor Harriet, el dueño de la tienda agrícola, era un hombre amable y generoso.

Todo el mundo en Dusty Creek lo apreciaba, y le había dado a Robert numerosas advertencias por presentarse borracho al trabajo.

Unos meses atrás habían desaparecido algunos suministros.

Sarah había oído de varias fuentes en el pueblo que Robert y su hermano menor, Jacob, estaban implicados, pero el señor Harriet nunca había podido demostrarlo.

Sarah quería saber qué había pasado, pero no se atrevía a preguntar. Tenía el corazón en un puño.

Justo entonces, Jacob apareció en la puerta trasera y Sarah se volvió hacia él.

Él le sostuvo la mirada un momento antes de que ella apartara la vista.

Jacob se parecía mucho a su hermano mayor, con el mismo pelo oscuro y ojos azules.

Era unos años más joven, de una edad más próxima a la de Sarah.

A ella no le gustaba Jacob; tenía una forma de mirarla que le revolvía el estómago.

—Jacob —dijo Robert—. ¿Qué haces aquí?

—Quería ver si te apetece ir a la taberna —dijo Jacob.

—¿Por qué no? —dijo Robert—. No tengo nada mejor que hacer.

Robert se levantó y se dirigió a la puerta trasera sin dedicarle una sola mirada a Sarah. Jacob se llevó la mano al ala del sombrero a modo de saludo antes de seguir a su hermano mayor fuera, y dejaron a Sarah sola.

Los vio desaparecer por un lado de la casa y perderse de vista.

En cuanto se fueron, soltó el aire con un suspiro tembloroso.

¿Qué iba a hacer ahora? Si Robert había perdido el trabajo, significaba que no habría más dinero.

Con su reputación, nadie en el pueblo lo contrataría, e incluso sin su mala fama, el trabajo escaseaba en Dusty Creek.

La sequía de dos años había arrasado el pueblo.

Sarah se llevó las manos al vientre mientras parpadeaba para contener las lágrimas. Si no había más dinero, ¿cómo iba a poder irse? Y con Robert en casa todo el día, su única escapatoria parecía ahora imposible.