La promesa del alfa (Alfas dominantes nº 3) 14
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Cody deambulaba inquieto por su casa mientras Mark sacaba armas de las bolsas.

—Veinte miembros de mi manada estarán aquí en unas horas —dijo Mark—. Creo que será suficiente sin que arriesgues a ninguno de los tuyos. Quiero que todos se queden en forma humana y usen armas. No puedo volver a justificar gargantas desgarradas y zarpazos.

Asintió distraído, sin preguntar cuándo había sido la primera vez.

Mirara donde mirara, veía señales de la estancia de Melissa.

La goma del pelo que había usado estaba sobre la mesa de centro.

Había dejado el Chromebook que él le había comprado en la cocina; su ropa estaba cuidadosamente doblada sobre la secadora.

—Estaré en el garaje si me necesitas —murmuró. Necesitaba estar solo.

Maldición. Había actuado como un idiota.

¿De verdad la había acusado de ser una cazafortunas?

Ella no era así, y lo sabía. Era una mujer que se preocupaba profundamente por una adolescente sin un duro y con el pelo azul, y por una familia de cambiantes maltratada que acababa de conocer.

Una mujer que había dicho que nunca perdonaría a su padre por haberlo echado de casa.

Una mujer que se preocupaba por su inútil exnovio, el que había puesto en peligro su vida.

¿Por qué le había ocultado su identidad como CJ Steele?

Quizá la verdad fuera tan simple como que le encantaba oírla deshacerse en elogios sobre él. ¿Significaba eso que él como persona no le importaba? ¿Que solo le importaba el ideal que se había creado en su mente sobre quién era CJ Steele?

Tal vez.

Tal vez no. A ella le encantaba su trabajo.

Y él era el hombre que lo había creado. ¿Podría llegar a amarlo a él?

Su cuerpo sin duda respondía a sus caricias.

Y en las ocasiones en que ella había bajado la guardia —cosa que, todo hay que decirlo, él no le había puesto fácil— las cosas habían fluido entre ellos.

Tan fácilmente que podría haberlo asustado de muerte.

Nunca se había sentido tan cerca de una hembra, y menos de una que acababa de conocer.

Y menos aún de una humana. En parte humana.

En parte cambiante.

Pero cada vez que se acercaban, él tenía que apartarla. Había sido desdeñoso, hermético y un completo imbécil en varias ocasiones. Ahora que ella había recuperado a su hermana y a Stone, ya no lo necesitaría. No tendría excusa para estar cerca de ella, para mantenerla a su lado.

¡Debería haberla marcado!

Pero no, eso no habría cambiado nada para ella. Él seguiría en las mismas: necesitando a una hembra que quizá no quisiera volver a verlo jamás.

Ojalá hubiera mostrado aunque fuera una pizca de encanto. De caballerosidad. Ojalá se hubiera esforzado más por conocerla, o por dejarle ver más de sí mismo. En cambio, había sido irritable y estaba siempre a la defensiva.

Cada minuto que pasaba lo ponía más nervioso, a medida que su verdadera compañera se alejaba de él.

Sus dedos trabajaban mecánicamente, trasteando con la Ducati. Limpiaba y engrasaba las mismas piezas una y otra vez.

Los minutos se convirtieron en horas. Su mente se sumió en una bruma de autodesprecio que alternaba con la férrea determinación de ganarse el afecto de Melissa a cualquier precio en cuanto se hubiera encargado de Rabago.

La manada de Denver comenzó a llegar y él entró para escuchar cómo Mark asignaba roles y repartía armas.

Su teléfono sonó y miró la pantalla.

—Es Stone —le dijo a Mark, y deslizó el dedo para contestar—. ¿Qué pasa?

—Melissa se ha ido. —Las escuetas palabras de Ben le helaron la piel.

—¿Adónde? —graznó.

—No lo sé. Ashley cree que vuelve a Springs por algún motivo. Estate atento.

Iba a la cita. El pensamiento lo golpeó con la fuerza de una certeza.

—Espera un momento.

La bolsa de lona con la que se había marchado... ¿qué llevaba dentro? Había visto todas las cosas que le había comprado aún tiradas por la casa. Se dirigió a toda prisa al armario donde había guardado el dinero y lo abrió de golpe. La bolsa estaba vacía.

Mierda.

—Se ha llevado el dinero. Piensa ir ella misma a la entrega.

Ben soltó una maldición.

—Yo me encargo. —Colgó antes de que Ben pudiera responder.

No había nada más que decir. Melissa iba directa a una trampa mortal sin suficiente sangre cambiante para sobrevivir a un disparo.

Tenía que llegar antes que ella e interceptarla antes de que la mataran—.

Vámonos —ladró, aunque no tenía autoridad sobre la manada de Ben.

Se metió una pistola en la cintura de los vaqueros y salió corriendo hacia su camioneta, arrancando antes de que el resto de la manada hubiera terminado de salir. Enfiló hacia el lugar del encuentro, el único sitio donde se le ocurría que podía encontrarla.

El plan original de Mark había sido infiltrar a su manada sigilosamente, sin ser vistos.

Quizá aún pudiera seguir esa estrategia.

Lo único que Cody sabía era que tenía que llegar antes que Melissa.

Con el pie a fondo en el acelerador, derrapó hacia la carretera que llevaba al solar abandonado que Rabago había designado para el encuentro.

Escondió la camioneta detrás de un seto junto a la carretera para no llamar la atención.

Al oír el crujido de neumáticos, se pegó a las sombras. El Range Rover azul que había estado aparcado frente a la casa de Melissa aquella primera noche giró por el camino de entrada, y Cody se lanzó a una zanja cercana para esconderse. Otros dos coches siguieron al primero.

Luchó contra el impulso de cambiar de forma para protegerse a sí mismo y a su hembra, y avanzó agachado por la zanja que llevaba hacia el solar.

La camioneta Toyota blanca que también había estado frente a la casa de Melissa estaba aparcada allí, junto con el Range Rover azul y otros coches.

¿Era la camioneta de Melissa? No la había imaginado como una chica de las que conducen camioneta, pero claro, la había juzgado mal en al menos media docena de cosas, ¿no?

El solar parecía ser una obra que nunca se había terminado. Los cimientos de hormigón y el armazón se alzaban fantasmales contra el cielo del crepúsculo. Empuñó la pistola y se movió en silencio, rodeando el edificio por detrás.

Voces masculinas graves resonaban en las paredes, distorsionando el sonido y haciéndole difícil localizar su origen. Parecían estar separándose, rodeando el lugar.

—¿Hola?

Se le paró el corazón. Era la voz tensa de Melissa, gritando.

—Estamos aquí. Tenemos el dinero. Jeremy lo recuperó para ti.

Le tembló la voz al mentir.

—Sí, lo recuperé de los tipos que te robaron.

¿Quién coño era ese? ¿Jeremy?

Apretó los molares, con ganas de matar al hijo de puta. ¿La intención de Melissa había sido asegurarse de que Jeremy saliera limpio de aquel lío? ¿Por eso había arriesgado la vida presentándose allí? Ese bastardo no merecía su lealtad.

—De rodillas, manos detrás de la cabeza —gritó Rabago.

Cody aún no veía a nadie, pero no parecía que estuvieran en la misma zona. Se deslizó pegado a un muro de hormigón y se asomó tras un pilar. Melissa y Jeremy estaban de rodillas, con los dedos entrelazados detrás de la cabeza. La bolsa de lona con el dinero yacía frente a ellos.

Mierda.

La cosa pintaba mal. Rabago les dispararía a los dos en cuanto verificara que el dinero estaba allí, y Cody no podía hacer nada, no con Melissa tan expuesta.

Percibió el olor de cambiaformas por todas partes; debían de estar acercándose en silencio.

Rabago y cuatro hombres entraron en la zona desde todas direcciones, rodeando a Melissa y Jeremy, con las armas apuntando a sus cabezas.

—Compruébalo.

Rabago señaló el dinero con la cabeza.

Uno de sus hombres se lanzó hacia delante, corriendo agachado, con la cabeza gacha hasta alcanzar la bolsa. La agarró y la arrastró hacia atrás antes de mirar dentro.

—Sí, parece que está todo.

Joder.

A Melissa se le dilataron las fosas nasales y giró la cabeza hacia él, como si lo hubiera olido. Pero eso era imposible.

Rabago la vio girar la cabeza, apuntó hacia Cody y disparó.

—¡Melissa, agáchate! —gritó, y saltó disparando a Rabago, pero falló cuando el tipo se lanzó tras un pilar. El estruendo de los disparos desde todas direcciones resonó en las paredes, ensordecedor.

Melissa y Jeremy se tiraron al suelo. Al hombre del dinero le habían dado, y Jeremy reptaba boca abajo hacia la bolsa.

Cody corrió hacia Melissa y recibió dos balas en el pecho.

—¡No!

Ella se lanzó hacia él con el horror grabado en el rostro.

El grito de ella y las heridas de bala casi lo obligaron a transformarse, pero tenía que mantenerse en forma humana si quería ayudarla. La derribó de nuevo al suelo y se tumbó sobre ella, con la cabeza agachada.

—No —sollozó—. Oh, Dios, no. Cody...

—Shh, cariño. No te muevas.

Se atragantó con el sollozo, ahogándolo de la sorpresa. La muy boba debía de haber pensado que se estaba muriendo.

A Jeremy casi le dan en la cabeza; la bala impactó en el suelo junto a él.

Cody disparó al que había disparado a Jeremy: Rabago. Le dio justo en medio de la frente. Podía agradecérselo a su padre por los diez años de práctica de tiro y caza durante su infancia.

Las explosiones de disparos cesaron y los cambiaformas recorrieron la zona, moviéndose con la organización de una milicia entrenada.

Las sirenas sonaron a lo lejos y Mark sacó el teléfono.

—Desapareced, todos menos vosotros tres —ordenó, señalando a Jeremy, Cody y Melissa.

Cody se quitó de encima de su hembra y la ayudó a levantarse.

—¿Estás bien, cariño? ¿Estás herida?

Ella negó con la cabeza; sus labios formaban palabras, pero no emitía sonido.

—¿T-tú estás...? ¿Te han...? ¿Bien? ¿Verdad? Estás sangrando.

Pobrecita. La atrajo hacia sí, sujetándola con fuerza con un brazo mientras sostenía el arma sin apretar con la mano libre.

—Estoy bien. A menos que sea una bala en la cabeza, los cambiaformas nos recuperamos enseguida.

Le besó el pelo. La reacción de ella ante sus heridas había quedado grabada para siempre en su mente.

Ella lo amaba.

Jeremy intentó incorporarse, pero Mark le apuntó con el arma.

—Tú te quedas en el puto suelo. Boca abajo, manos detrás de la cabeza.

Jeremy obedeció. Las sirenas sonaban cada vez más cerca.

—Esto va a ser un desastre. Intentad dejarme hablar a mí, ¿vale? —murmuró Mark—. Suelta el arma, Steele.

Soltó el arma y rodeó a Melissa con ambos brazos. El cuerpo de ella temblaba contra el suyo.

—Shh. Tranquila. Ya pasó. Todo va a salir bien —le murmuró junto al pelo.

Ella se estremeció contra él y se apretó más.

—Te tengo, cariño. No te voy a soltar.

Ahora no. Nunca. Por nada.