15
Mark Ruhl consiguió, no se sabe cómo, que ella y Cody pudieran marcharse tras dar sus declaraciones sin tener que pasar por comisaría. Jeremy no tuvo tanta suerte. Pero bueno, estaba vivo. A partir de ahí, ya no era problema suyo.
Cody la mantuvo bien sujeta contra su costado todo el rato, y ahora la acompañó hasta la camioneta. Le abrió la puerta del copiloto y le tendió la mano, pidiéndole las llaves.
En otro momento habría discutido. Ahora mismo apenas podía formar frases, y ver la ropa de Cody empapada de sangre no dejaba de recordarle el horror del momento en que creyó que lo habían matado.
Debería haber sabido que estaba bien. Debería haber recordado la historia de Ashley sobre cuando le dispararon a Ben mientras la chantajeaban, pero en ese momento solo sintió un terror cegador.
Un miedo atroz que le paralizó el corazón ante la idea de que Cody hubiera sido asesinado.
Por su culpa. Y en medio del shock, lo que más lamentaba era que él moriría sin saber lo que significaba para ella.
Se subió a la camioneta y se quedó sentada, esperando aturdida mientras Cody arrancaba y conducía de vuelta al pueblo.
No se fijó en qué dirección iban, ni en nada de lo que la rodeaba.
Aún le pitaban los oídos por los disparos y las imágenes de muerte desfilaban ante sus ojos en una repetición espantosa.
—Cody...
Se le quebró la voz. Tenía que intentar decírselo, enmendar lo que había dicho.
—Nunca pensé que fueras... solo un obrero.
Sentía la lengua torpe, pastosa. La presión se acumulaba tras los ojos y la nariz.
—Lo siento...
—Chis, cariño. Lo sé.
—No, por favor... quiero que sepas algo.
Él se volvió a mirarla, el rostro agotado, los ojos atormentados.
—¿Qué, cariño?
—Estaba faroleando —susurró—. Cuando dije que era solo sexo. Cada vez que te alejé. Encajabas demasiado con mi tipo y tenía miedo de cometer otro error, pero nunca pensé que estuvieras por debajo de mí.
Cody aparcó la camioneta y se inclinó para apretarle los dedos.
Ella miró por la ventana sin reconocer el lugar.
Estaban en el barrio de Old North End, pero no en la calle de él.
Una enorme casa victoriana de ladrillo se alzaba en un terreno recién ajardinado.
La casa tenía un aspecto deteriorado. Parte de las molduras se había podrido en algunos puntos, y necesitaba con urgencia un tejado nuevo y varias manos de pintura.
—¿Dónde estamos?
Cody no respondió, pero rodeó el vehículo y le abrió la puerta, tendiéndole la mano para ayudarla a bajar. Volvió a pegarla contra su costado y la acompañó hasta la entrada. Sacó las llaves y metió una en la cerradura.
—¿Es esta una de tus casas?
—Sí.
La condujo al interior.
Sus instintos de agente inmobiliaria despertaron, una bendita distracción del shock de la escena que acababan de dejar atrás.
Tomó notas mentales de lo que habría que hacer para que el lugar fuera habitable y cuánto restaría del precio de venta.
Pero no, si Cody era el dueño, él mismo lo reformaría.
Lo que significaba que probablemente la pondría a la venta por al menos ochocientos mil dólares. Muy, muy fuera de su alcance.
—Aún no está terminada, obviamente. Apenas estoy empezando. Pero esta es la casa que pensé que podría gustarte. Por eso no acepté tu oferta por la otra.
Sentía como si el cerebro no le arrancara.
—No entiendo.
Cody la soltó y retrocedió, frotándose la frente.
—Es más grande, ¿ves? Algo donde podríamos ir creciendo juntos.
—¿Podríamos?
La desolación se dibujó en el rostro de Cody.
—O puedes quedarte con la otra, si te gusta más. O con mi casa.
Los hombros se le hundieron.
—Puedes tener la casa que quieras. Melissa...
Las lágrimas se le agolparon en los ojos. Respiró con un temblor, pero no habló, queriendo asegurarse de que entendía lo que Cody le estaba diciendo.
Él se abalanzó hacia delante y le cogió las manos.
—Por favor, no llores. Te necesito, cariño.
La hizo girar y la envolvió con ambos brazos desde atrás.
—Esta casa, princesa —susurró, su aliento rozándole la oreja—. La haré perfecta para ti. Para nosotros, si me aceptas. Aquí hay espacio de sobra para cachorros. Muchos, si quieres.
Algo le revoloteó en el pecho. La esperanza que había tenido miedo de dejarse sentir. Se rio entre las lágrimas que le surcaban el rostro.
—Sí quiero muchos. Al menos tres.
Cody se quedó inmóvil, luego la giró despacio entre sus brazos hasta tenerla de frente.
—¿Sí?
Ella asintió.
—¿Conmigo?
Ella ladeó la cabeza.
—Bueno, estaba pensando que podría vivir en tu casa pero invitar a Jeremy...
El gruñido inhumano que brotó de su garganta la hizo chillar cuando él la empotró contra la pared y le cubrió la boca con la suya, tragándose su risa. La lengua de él invadió su boca mientras le subía las rodillas hasta la cintura, presionando la polla abultada contra su sexo.
—Eso no tiene gracia —gruñó. Le metió dos dedos en la boca mientras las caderas de él se frotaban contra ella.
Ella se los chupó, el calor inundándole el vientre.
—No vuelvas a pronunciar ese nombre en mi presencia.
Tiró de la cinturilla de los vaqueros de ella.
—Espera —gritó, temiendo que se los arrancara del cuerpo—. Me los quito yo.
Los ojos de él se habían vuelto de un azul pálido.
—Voy a follarte hasta que ese nombre desaparezca de tu conciencia. ¿Entendido?
Casi tuvo un orgasmo allí mismo, solo con aquella amenaza posesiva. Los dedos le temblaron torpemente con el botón de los vaqueros y se los bajó por las caderas.
Él le sacó los dedos de la boca y la fulminó con la mirada.
—Ahora, Melissa.
¿Los caninos le habían crecido?
Debería tener miedo. Sin duda podría hacerle daño. Pero le daba igual. Quería que la reclamara, que la poseyera, que le exigiera hasta el último pedazo de su ser. Dando un par de saltos a la pata coja, logró desenredarse de los vaqueros y las bragas.
Antes siquiera de que pudiera levantarse, Cody ya la tenía inmovilizada contra la pared, con la camiseta subida hasta el cuello y el sujetador bajado. Le atrapó un pezón con los labios y succionó con fuerza, raspándole la carne sensible con los dientes.
Ella gritó.
—Eres mi compañera, Melissa. Necesito reclamarte. Lo siento, no sé por qué seguí resistiéndome.
—Yo también lo siento. Quería que me reclamaras, pero intentaba protegerme para que no me hicieran daño.
Se abrió los vaqueros de un tirón para liberar su polla.
—No puedo parar ahora —gruñó, y se hundió en ella sin previo aviso.
Ella se estremeció, apretándose a su alrededor. Él sacudió las caderas y embistió una y otra vez mientras ella seguía corriéndose.
—¿A quién perteneces? —Esta vez lo rugió—. Dilo.
—¡A ti! Cody Steele. Solo a ti.
Sus dientes habían crecido, sin duda. Ella debió de parecer asustada, porque él le cubrió los ojos con la mano.
—No mires —jadeó—. No te muevas. Oh, Dios, por favor, no te muevas.
Parecía estar sufriendo. La pelvis de ella golpeaba contra la pared con fuerza brutal mientras él la follaba duro y rápido.
—No puedo parar —gimió—. No quiero hacerte daño, cariño.
Sin poder ver, su necesidad se volvió aún más intensa. Le golpeó el hombro, duro como una roca, con el puño.
—Hazlo —gritó.
Él se hundió hasta el fondo. Un dolor agudo le atravesó el hombro, por delante y por detrás.
Ella gritó.
El cuerpo de él se estremeció y se sacudió, y luego se fue relajando poco a poco. Retiró los dientes y lamió la herida que le había infligido, aliviándole el dolor.
Los músculos internos de ella todavía palpitaban alrededor de su polla, pero también se había relajado, y una tremenda sensación de bienestar la invadió.
Recordó que Ashley había dicho que el suero que recubría sus dientes —el suero que acababa de marcarla para siempre como suya— producía un efecto similar al de una droga para aliviar el dolor.
Se dejó caer contra la pared con los músculos laxos.
—Cariño... —Cody le apartó la mano de los ojos—. Oh, Dios, estás llorando.
Ella negó con la cabeza.
—No, no estoy llorando.
Pero Cody le secó las lágrimas de la cara con el pulgar.
—Lo siento. ¿Estás herida? Quiero decir, por supuesto que estás herida. Joder.
Salió de ella y se agachó para cogerla por debajo de las rodillas.
—Está bien, cariño. Vas a estar bien.
La ansiedad en su rostro mientras la miraba le retorció el corazón.
Él maldijo.
—Cody —murmuró ella, queriendo calmarlo—. Estoy bien.
—¿Puedes ponerte de pie? Solo un segundo, para vestirte.
La vistió, luego volvió a cogerla en brazos y la llevó a su camioneta.
Aunque era una completa locura, y ella intentó decírselo, Cody insistió en conducir con ella acunada en su regazo, la espalda apoyada contra la puerta y los pies hacia el lado del pasajero.
Por suerte, había menos de un kilómetro y medio hasta su casa.
La llevó dentro de su casa y a su cama, donde se sentó con ella acurrucada en sus brazos, besándole la coronilla mientras se quedaba dormida, flotando en una euforia de amor y paz.
Cody sujetó el café caliente y la bolsa de sándwiches y magdalenas del desayuno con una mano para abrir la puerta. El sonido de la ducha le hizo sonreír. Su compañera estaba despierta.
Sí, compañera.
El concepto todavía lo dejaba atónito a cada momento. Había pasado toda la noche con Melissa en brazos, observando cómo sus heridas se cerraban y empezaban a sanar, dolorosamente despacio en comparación con un cambiante, pero aún mucho más rápido de lo que lo harían en un humano.
Ben y Ashley se habían presentado en su puerta poco después de que regresaran, pero él se había negado a dejarlos entrar. Estaba cubierto de su propia sangre y la de ella, y Ashley estaba aterrorizada, pero Stone adivinó lo que había pasado.
—La has marcado —había dicho, con las fosas nasales dilatadas.
Casi esperaba que Stone lo desafiara, y su lobo interior gruñó, dispuesto a luchar a muerte por ella. Pero en cuanto les aseguró que estaba bien, solo dormida por el efecto del suero y sanando, se fueron.
La ducha dejó de sonar. Dejó el café y las golosinas en la cómoda y esperó a que saliera.