13
Se despertó con el cuello rígido y un dolor en el corazón. La familia de Kentucky susurraba en el dormitorio, obviamente esperando a estar seguros de que ella se había levantado. De Cody, ni rastro.
Hizo mucho ruido al ir hacia la ducha, para que los otros invitados de Cody supieran que podían salir. Cuando salió, Colleen estaba en la cocina, con la mano en la puerta del frigorífico, con aire indeciso.
—No sé adónde se ha ido Cody, pero él querría que te sirvieras lo que quieras —dijo.
—Ah, vale. —Pareció aliviada—. Voy a hacer unos huevos, ¿quieres?
—Suena genial, gracias. —Dejó que Colleen hiciera lo suyo en la cocina.
Con la esperanza de animarse con buenas noticias, revisó el correo electrónico, pero el agente de CJ Steele no había respondido a su oferta. Lo que significaba que esta había vencido.
Menuda mierda: era una oferta por el precio pedido y la casa seguía en el mercado. Agarró el teléfono y llamó a Brad Johnson, el agente.
—Sí, soy Melissa Bell. Hice una oferta por la casa de CJ Steele en Old North End hace dos días, ¿recuerda?
El agente gruñó.
—¿Por qué no la aceptaron? ¿Tiene otra oferta?
—No, no tengo otra oferta. Lamento que la suya venciera antes de que el propietario tuviera ocasión de decidirse. Debería haber dado más plazo para que la considerara.
Soltó el aire. —¿Qué había que considerar si era por el precio pedido y no había otra oferta?
Brad resopló con impaciencia. —Para serle sincero, tuve la sensación de que tenía algo que ver con usted personalmente.
Un escalofrío la recorrió. ¿La había vetado para siempre por aquel primer trato estúpido? No sería justo. Lo único que había querido siempre era tener una buena relación con aquel hombre. Y vivir en una de sus casas.
—¿Perdone?
—No lo sé. Dijo que tenía que pensárselo, que no estaba seguro de si esta casa era la adecuada para usted, o algo así.
El frío se transformó en un calor punzante. —¿Hay alguna forma de ponerme en contacto con él? ¿De hablar con él directamente?
—Sabe que no voy a darle su información personal. —La condescendencia en su voz le dio ganas de darle una patada en la espinilla.
Colgó sin despedirse y tocó el panel táctil de su Chromebook. El número de teléfono del tipo tenía que aparecer en algún sitio. En los registros fiscales del condado, o en la licencia comercial, o algo. Buscó en Google CJ Steele Construction y, sin más, obtuvo un número.
Su pulgar voló sobre el teclado para marcarlo. Se levantó y caminó junto a los ventanales, consciente de que los niños probablemente estaban escuchando cada palabra.
La pantalla mostró el nombre «Cody» mientras el tono de llamada sonaba tanto en el teléfono como, amortiguado, en el garaje.
Se oyó la voz de Cody. —Estoy en el garaje.
El corazón se le subió a la garganta.
Pulsó el botón de colgar y se quedó mirando la pantalla en blanco en el mayor momento de «¿qué demonios?» de su vida.
¿Cody era CJ Steele?
No... tal vez ese era solo el número que Steele había registrado para su empresa. Pero incluso antes de acabar de pensarlo, lo descartó. Cody tenía que ser Steele. Era tan obvio ahora que la mataba. La C era de Cody.
¿Por qué demonios no se lo había dicho? La ira le hirvió por dentro, caliente y espesa.
Fue hecha una furia hacia el garaje y abrió la puerta de golpe.
Cody tenía la Ducati sobre soportes, ocupado en algún tipo de mantenimiento o reparación.
Cerró la puerta tras ella, sin querer darles un espectáculo a Colleen y sus hijos. —Apuesto a que te pareció graciosísimo tomarme el pelo. Haz una oferta baja por la casa, me aconsejaste.
Cody se levantó y se limpió la grasa de las manos con un trapo. Su expresión se volvió impenetrable.
—No podías esperar para ponerme en mi lugar, ¿verdad?
—Espera un momento... —empezó él.
—Lo has estado deseando desde que nos conocimos. —Extendió los brazos—. Crees que soy una princesita mimada incapaz de mancharse las manos. Supongo que te habrás partido de risa mientras me deshacía en elogios del gran y famoso CJ Steele.
Él entrecerró los ojos. —No entiendo por qué estás enfadada. ¿No debería estarlo yo?
Ella abrió y cerró la boca. —¿Por qué ibas a estar enfadado tú? Podrías comprar y vender media ciudad. Lo único que yo quería era una maldita casa, y estaba dispuesta a pagar el precio pedido.
Cody frunció el ceño.
—Pero no podías esperar para dejarme caer esto encima. ¿Te hace sentir bien? ¿Ahora puedes restregármelo por la cara, lo que más deseo? ¿Hacerme suplicar? ¿Es eso lo que quieres? —Se puso las manos en las caderas—. Porque lo haré. Sé que eso es lo que te gusta, ¿no?
Se le encendió el rostro y los ojos le brillaron de un azul claro, con la ira reflejada en la cara.
—No sé de dónde sacas eso. Tú eres la que se cree demasiado buena para mí, el humilde obrero.
Ni siquiera me considerarías como pareja.
¿Ahora sí soy digno? ¿Es diferente cuando sabes que tengo dinero?
La vergüenza y la humillación le ardieron por dentro. Tenía razón. Lo había juzgado mal. Tal vez por eso estaba tan enfadada: su propio prejuicio la avergonzaba.
—No —espetó—. El dinero no arregla a un imbécil. —Giró sobre sus talones, volvió volando a la casa y cerró de un portazo.
En el garaje resonó el golpe de una herramienta metálica contra la pared y luego contra el suelo de hormigón.
El teléfono sonó justo cuando llamaron a la puerta. Miró la pantalla.
Ashley le había escrito: «¡Estamos aquí!».
Justo a tiempo. Corrió hacia la puerta y la abrió de golpe. Ignorando a los dos hombres enormes —cambiaformas— que flanqueaban a su hermana, la estrechó con fuerza.
Cody maldijo y agarró otra llave inglesa para lanzarla, pero el olor de dos lobos machos lo hizo tensarse y, en lugar de eso, entró a toda prisa.
Melissa se abrazaba a una mujer idéntica a ella, salvo por el pelo, unos centímetros más corto. Junto a ellas estaban Mark Ruhl, cuyo olor habría reconocido de haber tenido la cabeza más despejada, y el lobo que debía de ser Ben Stone.
—Volvimos antes —dijo Ben, a modo de saludo—. Quería sacar a Melissa de Colorado Springs antes de la entrega.
—Pasad.
Ben entró y le tendió la mano. Cody se la estrechó primero, y luego la de Mark.
—Gracias por tu ayuda. Estoy en deuda contigo.
Intentó mantenerse concentrado en Ben, pero la mirada se le iba hacia Melissa una y otra vez, con un nudo en el estómago. Ahora ella se marcharía.
No tendría que volver a verla.
Cada célula de su cuerpo se rebeló ante la idea. Su lobo ansiaba agarrarla y estrecharla contra su pecho, negarse a dejarla salir de sus dominios. Jamás.
Pero no podía ser. Acababan de demostrar una y otra vez que eran completamente incompatibles. A ella él le daba igual; pensaba que no estaba a su altura. Y a él no debería importarle ella. No debería desear a una humana.
Captó la mirada penetrante de Stone y se obligó a reaccionar. Melissa había entrado y parecía estar recogiendo sus cosas a toda prisa.
—¿Qué te parece?
—Perdona, ¿qué?
«No la dejes marchar», gruñó su lobo.
Sus dos nuevos invitados también se habían distraído al captar el olor de Colleen. Mark la miraba boquiabierto; ella se había replegado en la cocina, como intentando esconderse.
Con esfuerzo, Cody apartó la atención de Melissa e hizo un gesto a Colleen para que se acercara.
—Colleen, ven aquí, por favor.
Sus ojos verdes mostraban cautela, pero obedeció. Avanzó despacio hacia la sala mientras se limpiaba las manos en los vaqueros. Sus hijos, que habían estado jugando con el ordenador en el dormitorio, también salieron y se quedaron en el umbral.
La expresión de Mark se había vuelto depredadora, y Colleen respondió a su interés: se soltó la coleta y dejó que el pelo rubio le cayera sobre los hombros.
—Esta es Colleen. Ella y sus hijos pueden necesitar más protección de la que mi manada puede ofrecer.
—Pueden quedarse conmigo.
Mark habló antes de que Cody terminara la frase, antes incluso de saber de qué necesitaba protección.
A él le parecía bien. No podía concentrarse, no podía pensar mientras su lobo arañaba y se revolvía justo bajo la superficie.
«No. La. Dejes. Marchar».
Estaba sudando, el dolor de la transición tan agudo como si la luna todavía estuviera llena.
Melissa no lo había mirado mientras iba de un lado a otro recogiendo sus cosas. Había llenado una bolsa de viaje. De dónde la había sacado, no tenía ni idea.
—Si quieres dejarlo, mi manada puede encargarse del encuentro —estaba diciendo Stone. Sus palabras le llegaban amortiguadas por el zumbido en los oídos.
Negó con la cabeza.
—Yo me encargaré del encuentro.
—¿Estás seguro?
—Estoy seguro.
—Ruhl irá contigo, con refuerzos de mi manada. De la tuya también, si quieres. Yo llevaré a las hembras y a las crías de vuelta a Denver hasta que termine.
«Mi hembra no».
Pero ella no era su hembra. No la había marcado.
¡Maldita sea! ¿Por qué no la había marcado?
En ese momento, le daba igual que fuera humana o que ella lo considerara poca cosa.
Le daría todo lo que quisiera. La casa de sus sueños.
Ropa, maquillaje. Flores. La trataría como a la maldita princesa que era.
¿Por qué se había burlado de ella con un nombre que le quedaba tan bien?
La habitación le daba vueltas, sofocante.
No, Melissa tenía que irse. Necesitaba alejarse del peligro; Stone tenía razón. Stone la protegería como a su propia compañera. Era de su familia.
Respiró hondo varias veces para despejarse. Stone lo observaba con mirada evaluadora. Ruhl estaba enfrascado en una conversación con Colleen, que parecía cinco años más joven mientras le sonreía con timidez.
Melissa pasó junto a él y puso la mano en el pomo de la puerta.
—Te devolveré el dinero de las cosas que me compraste en cuanto me paguen.
—No quiero tu dinero. Melissa...
Ella se detuvo. Su mirada azul lo golpeó con la fuerza de una bola de demolición.
Su mente se quedó en blanco. El animal pugnaba demasiado cerca de la superficie como para que pudiera articular un pensamiento coherente.
Los labios de ella se torcieron hacia abajo.
—Nos vemos por ahí.
El suave murmullo rezumaba tristeza, derrota.
Él le había hecho eso. La había destrozado, había actuado como un adolescente a la defensiva.
¿Seguía siendo ese chico orgulloso y estúpido al que su padre había echado a patadas hacía doce años?
¿Necesitaba demostrarle algo al mundo? ¿A Melissa?
¿O era a su padre? ¿Todavía intentaba ganarse su aprobación emparejándose con una hembra alfa en lugar de con la mujer que amaba? Sí, amaba.
Al diablo con eso.
Era el alfa. No necesitaba demostrarle nada a nadie. Si quería a una hermosa pelirroja con un cuarto de sangre de lobo, debería reclamarla.
Pero ella ya caminaba por la acera, alejándose de él. Y no había mirado atrás. Ni una sola vez.
El pecho le ardía como si se lo hubieran desgarrado, pero se quedó inmóvil y la dejó marcharse. Fuera de su casa y fuera de su vida.
Esto estaba mal. Muy mal.
Melissa solo logró mantenerse entera porque Colleen y sus hijos estaban con ellos. Se obligó a esbozar una sonrisa tensa y subió al asiento trasero del reluciente todoterreno negro de Ben. Aun así, tanto Ashley como Colleen le lanzaron miradas compasivas.
No había engañado a nadie.
—No te rindas con él —murmuró Colleen.
Arqueó las cejas con sorpresa.
La mujer se sonrojó.
—Ya lo sé, no os conozco de nada, pero no pude evitar oír vuestra discusión. Y sé que le importas.
Tragó saliva. ¿Le importaba? ¿O solo le gustaba follársela?
—¿Qué te hace pensar eso?
—Por cómo te sigue con la mirada, vayas donde vayas. Por cómo se relaja y a la vez se pone más nervioso cuando está cerca de ti. Por la expresión de su cara cuando te marchaste.
Se le entrecortó la respiración mientras la presión crecía detrás de los ojos.
Ashley se había girado en el asiento del copiloto para mirarla, e incluso Ben echó un vistazo por el retrovisor.
—¿Hay algo que deba saber?
Puso los ojos en blanco. Su cuñado era un desastre para las relaciones personales.
—No —dijo con rotundidad.
Tema cerrado.
Ella y Cody no estaban hechos el uno para el otro. Lo había sabido desde el momento en que lo conoció. Podían sentir una atracción brutal, pero lo único que sabían hacer era pelearse.
Cerró los ojos y se pasó una mano por la cara.
Solo tenía que verlo una vez más y después podría marcharse. Empezar su nueva vida. Sin él. Y sin su casa de CJ Steele.
El dolor le retorció el corazón, la hundió y la destrozó por dentro. Toda la ilusión por su nueva vida sin Jeremy se había esfumado. Solo quedaba vacío.
Aun así, tenía un plan a corto plazo. Cody no lo sabía, pero ella había cogido el dinero en efectivo que Ben le había transferido para la entrega a Rabago.
Lo llevaba en la bolsa de lona a sus pies.
No pensaba seguir involucrándolo. Su plan era encontrar a Jeremy y llevarlo al encuentro.
Si los dos se presentaban con el dinero, Rabago tendría que dejarlos marchar, libres de cualquier obligación.
Si no llevaba a Jeremy, lo más probable era que acabara muerto.
Se lo debía, después de que él le hubiera salvado la vida.
Jugueteó con el móvil en el regazo mientras programaba el Uber para que la llevara a casa del primo de Jeremy y luego de vuelta a Colorado Springs esa misma noche. Sí, le costaría una fortuna, pero merecía la pena para dejar todo aquello atrás de una vez por todas.
Ya se ocuparía del resto de su vida mañana.