12
Cody recogió el dinero de Stone en su banco. Se sintió como un atracador al meter todo ese efectivo en una bolsa de lona que guardó bajo el asiento de su camioneta.
Después, condujo hasta Starbucks. Apenas podía creer que lo estuviera haciendo, pero Melissa había preguntado por café la primera mañana y él había ignorado su petición todos los días desde entonces. Se lo merecía después de aguantar sus gilipolleces de mandón.
Después de cómo ella se había rendido.
Se había pasado la noche anterior despierto, con la vista clavada en el mensaje de su agente inmobiliario, Brad Johnson, sobre la oferta de ella por la casa.
Por un lado, quería que la tuviera. Le había encantado su perspectiva de que existía un comprador perfecto para cada casa.
Alguien que la amaría tanto como él la amaba.
Sí, quería que Melissa viviera en una de sus casas.
El problema era que no estaba seguro de quererla en esa casa.
Había empezado a imaginársela en una casa completamente diferente. Una que le encantaría reformar solo para ella. Y para él.
La idea de quedarse con Melissa, marcarla y hacerla suya hacía que su sangre de cambiaformas cantara.
El lobo la quería. Al lobo no parecía importarle que ella fuera solo una cuarta parte cambiaformas.
Que sus hijos probablemente nunca podrían transformarse.
Que él perdería su posición como alfa porque su compañera era débil.
Pero más allá de su intensa necesidad física de ella, había algo más.
Había empezado a comprenderla mejor. Su evaluación inicial de ella como una diva podría haber estado equivocada.
Trabajaba los fines de semana como camarera para salir adelante; el trabajo duro no le era ajeno.
Había aguantado a un novio perdedor por un feroz sentido de lealtad.
Él podía pensar que esa lealtad estaba totalmente fuera de lugar, pero admiraba muchísimo el sentimiento.
Ella se vinculaba como una cambiaformas.
Era dulce como la miel cuando él no se comportaba como un capullo y, a pesar de sus frecuentes muestras de desafío, tenía una respuesta innata a la dominación.
Cada vez que él había ganado su rendición había sido espectacular.
Tierna. Hermosa. Nunca se había sentido tan conectado con otro ser —cambiaformas o humano— en toda su vida.
Así que sí, se merecía un café esta mañana. Y si conseguía entender cómo hacer que lo del apareamiento con ella funcionara, una casa.
Salió del coche para hacer cola y se quedó mirando el tablero con la enorme variedad de opciones. Maldición. Debería haberle preguntado qué tipo de café le gustaba en lugar de intentar sorprenderla cuando despertara.
Por primera vez en su vida, de verdad le importaba hacer feliz a una hembra —a su hembra—.
Le sonó el teléfono y frunció el ceño al ver un número que no reconocía.
—Soy Steele.
—Necesito tu ayuda. —Reconoció de inmediato la voz tensa y desesperada. La nueva cambiaformas de la ciudad.
—¿Qué pasa? —preguntó con brusquedad.
—Jayden, mi hijo... lo ha atropellado un coche. Los humanos se lo han llevado a un hospital en ambulancia.
—Y ahora te encontrará quienquiera que sea de quien estés huyendo —terminó él.
A menos que el coche le hubiera aplastado el cráneo, el chico se recuperaría del accidente en poco tiempo.
Demasiado rápido para que los médicos lo entendieran.
Es más, su madre tendría que mostrar identificación y dar su nombre o arriesgarse a alertar a los Servicios de Protección de Menores.
—Sí.
—¿Dónde estás ahora?
—En el St. Francis.
—Voy para allá.
Abandonó la cafetería y subió a su camioneta. Por un momento, consideró recoger a Melissa, porque ella podría ser mejor a la hora de calmar a la madre angustiada, pero luego se dio cuenta de lo peligroso que sería para ella meterse en medio de una guerra de cambiaformas.
Le envió un mensaje mientras se alejaba para ponerla al tanto de la situación y decirle que no se moviera de allí y que lo llamara si tenía una emergencia.
Mientras conducía al hospital, recordó al chico.
Jayden había tenido el aspecto de un perro callejero apaleado.
Las señales de maltrato pasado estaban en sus ojos cautelosos y su rostro demacrado, pero la forma en que observaba a Cody, en que respondía a su oferta de dinero, mostraba que era inteligente y deseoso de agradar.
Tenía que ayudar a esos tres. Que lo partiera un rayo si dejaba que quienquiera que los tuviera asustados se los llevara de su territorio.
Marcó el número desde el que Colleen —o como quiera que se llamara en realidad— lo había llamado cuando llegó al St. Francis y encontró a la familia aterrorizada en una pequeña sala de exploración en el ala de pediatría.
No había médicos ni enfermeras cerca que pudieran verlos, así que no perdió tiempo ni hizo preguntas.
Simplemente cogió al chico en brazos, estiró el cuello para asegurarse de que el pasillo estuviera despejado y lo sacó de allí.
La madre y la hermana del chico lo siguieron de cerca, conformes con su huida silenciosa.
—¿Qué ha pasado, chaval? —preguntó mientras bajaba las escaleras a toda prisa, tras haber decidido que el ascensor era demasiado público para su huida.
Olió el miedo en el chico, que debía de tener unos diez u once años. —Me ha atropellado un coche —murmuró.
—¿Qué te duele?
—La cabeza. Y tenía la pierna rota. —Usó el tiempo pasado porque la pierna ya estaría casi curada, aunque la familia parecía desnutrida, lo que afectaría la capacidad del chico de regenerarse. Eso explicaba por qué los dientes que le faltaban a su madre solo habían vuelto a crecer parcialmente.
—Te sentirás mejor en unas horas. —Abrió la puerta del copiloto de su camioneta e inclinó el asiento hacia delante para que la madre y la niña subieran atrás—. ¿Cómo te llamas?
—Jayden.
—¿Y tú? —le preguntó a la niña.
—Angie.
Depositó al chico en el asiento delantero y cerró la puerta. No parecía que nadie hubiera notado su apresurada huida.
—¿De dónde vendrían? —le preguntó a Colleen mientras salía del aparcamiento del hospital.
—Kentucky. —Se le quebró la voz.
—¿Cuántos?
—La manada es enorme: ciento cincuenta miembros. Si solo vinieran los hombres, serían ochenta o noventa.
Apretó los dientes. Su manada no sería rival para ellos.
La de Ben sí podría con ellos. La cuestión era: ¿quería que este fuera el favor que le devolviera al tipo?
No le hacía gracia saldar esa deuda tan pronto y por algo que en realidad no era asunto suyo.
Pero tampoco iba a dejar a esta mujer desprotegida.
—Te llevaré a mi casa hasta que decidamos la mejor estrategia. Quizá te esconda en Denver, donde hay una manada más grande para protegerte si surge algún problema.
Ella negó con la cabeza.
—Una manada más grande implica más lobos que podrían conocerlo... a él. O que podrían hablar.
—Lo tendremos en cuenta.
La irritación general con la situación le hizo sonar más brusco de lo que pretendía.
En el espejo retrovisor, la vio encogerse y agachar la cabeza.
—Lo siento, Alfa.
Soltó el aire con exasperación. Estaba intentando ganarse su confianza, no amedrentarla para que se sometiera.
—Perdonada —murmuró.
Aparcó en su casa y llevó al chico dentro, con Colleen y Angie siguiéndole.
Melissa los recibió en la puerta con el ceño fruncido de preocupación.
Se apresuró a ofrecerles comida y bebida, y cuando rechazaron el ofrecimiento, preparó igualmente un plato de tortitas, manzanas en rodajas y una buena cantidad de fresas.
Lo dejó en la mesa de centro con sirope, platos y tenedores.
Los niños se lanzaron a por la comida y lo devoraron todo en cinco minutos. Melissa recogió el plato y preparó otro, que trajo con vasos de zumo de naranja.
Él dijo poco mientras buscaba un programa en la televisión para entretener a los niños y que los adultos pudieran hablar. Observaba a Melissa con gratitud. Su charla alegre llenaba el espacio, aliviaba la tensión y distraía a los niños.
Melissa notó que Cody tenía esa mirada vagamente preocupada que había mostrado durante la reunión de la manada, como si cargara con demasiado peso y quisiera hacerlo todo bien.
—Hablemos en el porche trasero; los niños están bien aquí —dijo él.
Ella se levantó, pero vaciló, sin saber si la incluía a ella o si quería privacidad para hablar con Colleen.
Él captó su indecisión y asintió.
—Tú también puedes venir.
A Colleen le dijo:
—Es amiga de la manada y está bajo nuestra protección. Es de fiar.
Colleen evitó mirarla a los ojos, pero murmuró:
—Es parte loba.
—¿Cómo lo has sabido? —preguntó sorprendida.
La mujer se encogió de hombros.
—Lo noto, sin más.
Cody esbozó una vaga sonrisa.
—Tus instintos de loba son mejores que los míos; yo no lo adiviné de inmediato.
—He tenido que usarlos para sobrevivir a diario.
Se sentaron en los escalones de atrás, ya que Cody no tenía muebles de exterior.
Apoyó los antebrazos en las rodillas, con las manos colgando sueltas entre ellas.
—Entonces, ¿cuál es tu historia?
La mujer no pareció desconcertada por su franqueza. Quizá fuera cosa de cambiantes. Su cuñado también era bastante directo. Recordó que Ashley la había llamado el día que lo conoció y lo había comparado con Batman por su autoridad taciturna y monosilábica.
Colleen se alisó el cabello rubio, jugueteando con las puntas.
Tenía ojos azul verdosos y un rostro bonito en forma de corazón.
Al principio, Melissa la había tomado por mayor debido a la tensión alrededor de la boca y los ojos, pero ahora que la observaba, la mujer parecía demasiado joven para tener hijos casi adolescentes. No podía ser mucho mayor que ella.
—Nuestro alfa nos quiere de vuelta. Es mi compañero. O al menos, él cree que lo es.
Algo en la forma pétrea en que pronunció la última frase dejó entrever el acero que se ocultaba bajo ese aire de perro apaleado.
Melissa casi sonrió.
—Lo dejaste.
Las palabras de Cody sonaron más como una afirmación que como una pregunta.
Colleen asintió.