11 #2
Al oír su desesperación, la dejó en el suelo y luego volvió a levantarla, esta vez en brazos. Ella abrió los ojos con sorpresa.
—¿Mejor?
Ella dudó un instante y luego apoyó la cabeza en su hombro, contra su cuello, un gesto que le derritió las entrañas.
—Sí.
Llegó a su casa en menos de un minuto y abrió la puerta sin dejar de cargarla. La llevó al dormitorio, donde la dejó de pie, la giró y le bajó la cremallera de la falda amarilla ajustada. La prenda cayó al suelo formando un charco de color pastel.
—Cody, no creo que sea buena idea. O sea, ¿crees que es seguro?
Decidió no quitarle la blusa ni el sujetador para mantener el control. Le puso la mano en la espalda y le dobló el torso sobre la cama.
—¡Cody, espera!
Le apretó las nalgas marcadas.
—A las chicas malas se las follan por el culo, nena.
—¡Cody!
El pánico en su voz lo hizo inclinarse y susurrarle:
—¿Qué pasa, nena? ¿Crees que no sé cómo hacer que te guste?
La tensión de su cuerpo se relajó.
—¿Hmm?
—No —admitió ella.
—¿Te he dejado insatisfecha alguna vez?
—No.
Fue al baño a buscar un bote de lubricante del botiquín y le aplicó una generosa cantidad en el ano, dilatándolo con el índice. Introdujo un segundo dedo y los movió hacia dentro y hacia fuera. Con la otra mano, le acarició el clítoris en círculos.
—¿Qué les pasa a las chicas malas, princesa?
Ella respondió con un gemido.
Retiró los dedos de su culo, pero siguió provocándole el clítoris, aprovechando su abundante lubricación natural. Con la mano derecha, le dio una palmada en el culo.
—Te he hecho una pregunta.
—¡Las azotan! —gritó ella.
Él se rio.
—Sí, eso es. Siempre. ¿Y dónde las follan?
Ella gimió de nuevo.
Él le dio otra nalgada.
—¡Por el culo! Las follan por el culo.
—Así es, nena. ¿Quieres que te folle por el culo?
Ella gimoteó.
—No.
Él detuvo los dedos en su clítoris.
—Sí. Sí quiero.
—Eso pensaba.
Presionó la punta de su polla contra el ano de ella.
—No-o —gimió ella, contrayendo el ano para resistir la intrusión.
—Tómala, nena —ordenó él, aunque no ejerció presión.
Ella se relajó de inmediato, aflojando el apretado anillo muscular y dejando que su polla entrara. Gimió cuando la parte más gruesa de la cabeza atravesó su ano, y entonces él estuvo dentro.
Se meció lentamente, entrando y saliendo de ella.
—Ung... uh... oh...
Sus pequeños gemidos lo volvían loco.
—Tómala —repitió, aumentando el ritmo. Le rodeó la cintura con la mano izquierda y le dio golpecitos en el clítoris.
—¡Oh!
En su grito se adivinaba el inicio del orgasmo.
Le estimuló el clítoris, luego bajó más y hundió los dedos en forma de cono en su coño.
Ella soltó un chillido entre alarmado y entusiasmado.
—¿Quién es tu dueño ahora mismo?
—Tú —jadeó ella—. Oh, por favor, ¡es demasiado!
Cerró los ojos y se dejó llevar por el placer. Su aroma, la estrechez de su culo, la humedad de su coño envolviendo sus dedos. Embistió a fondo y se corrió con un grito.
Las manos de Melissa bajaron disparadas entre sus piernas y empujó los dedos de él más adentro mientras sus paredes internas se contraían alrededor de ellos.
La prueba de su orgasmo desató otra oleada de placer que lo atravesó.
Cuando se hubo vaciado, se inclinó sobre ella y le mordisqueó la oreja.
Las suaves oleadas de dicha que siguieron al orgasmo derribaron todos los muros que había levantado en las últimas veinticuatro horas para mantenerla a distancia.
¿De verdad estaba dispuesto a renunciar a esto?
Nunca se había sentido tan conectado, tan en su lugar.
Incluso la incomodidad de contenerse para no marcarla valía la pena por el placer de moverse dentro de ella, de tenerla en sus brazos después.
Salió de ella y la tomó en brazos, llevándola a la ducha, donde abrió el grifo para que el agua cayera sobre ambos.
Melissa se tambaleó, así que él la sujetó rodeándole la cintura con un brazo, pegado a su espalda mientras ella permanecía de pie frente al chorro de agua.
Al cabo de un momento, la giró con suavidad para enjuagarle la espalda, deslizando las manos por ella y separándole las nalgas para limpiar su semen.
Ella le rodeó el cuello con los brazos y se aferró a él, como si fuera la boya que evitaba que la arrastrara el mar. Le besó la sien, la mandíbula, el cabello. Quiso susurrarle promesas, pero no se le ocurrió ninguna que pudiera cumplir.
Ella no le pertenecía, no era su pareja destinada. Ya había decidido que lo suyo no funcionaría. Entonces, ¿por qué su cuerpo parecía tan desesperado por retenerla?
Una hora después, Cody estaba a cargo de la parrilla. Parecía ser lo único que sabía cocinar, y a ella le parecía perfecto. Estaba buenísimo cuando lo hacía, con la camiseta ceñida a los músculos del pecho y ese culo tan sexy en los vaqueros desteñidos.
Él notó que lo observaba desde el porche y sonrió. La sonrisa juvenil carecía de toda la arrogancia que había mostrado cuando se conocieron; la franqueza de su rostro era una diferencia sorprendente.
¿Cómo había cambiado ella?
Acababa de perder su virginidad anal; no era poca cosa. Pero más que eso, era como si él hubiera derribado sus muros, como si la hubiera renovado igual que una de sus casas CJ Steele. Estructuralmente, seguía siendo la misma, pero todo el interior había cambiado.
Cody amontonó las salchichas en un plato y se reunió con ella en los escalones. Le puso la mano en el culo y apretó.
Ella contuvo el aliento con un siseo.
Él no la soltó; siguió acariciando y apretando.
—¿Te duele, nena?
Intentó sentir algo de indignación porque se lo estuviera echando en cara, pero en cambio solo sintió cómo su voluntad se derretía. Rendición.
Sin soltar el plato de comida, le hundió los dedos en el pelo, le alzó el rostro hacia el suyo y le reclamó la boca con un beso duro, castigador.
—Vamos —murmuró—. Te voy a dar de comer.
Te voy a dar de comer.
¿Desde cuándo los hombres le daban de comer?
¿Cuándo alguien la había cuidado siquiera la mitad de bien que él?
Sí, estaba el fiasco de la ropa de Walmart, pero en retrospectiva le veía la gracia.
Al principio la había protegido y cuidado a regañadientes, pero ahora estaba segura de que disfrutaba de su compañía. O quizá solo era la euforia poscoital.
Lo siguió adentro y lo observó poner tres salchichas en panecillos, colocarlas en un plato y entregárselo.
—Uf, son demasiadas —protestó ella.
Él sonrió con suficiencia y le quitó dos.
—¿Solo te va una salchicha, princesa?
Ella le dio una palmada en el pecho.
—¿Quieres parar con tus comentarios arrogantes...?
Él le cortó la diatriba con otro beso.
Ella se derritió al cabo de un momento, moviendo los labios contra los de él, dejándole paso a su lengua.
—Pararé —dijo con suavidad al apartarse—. ¿Por qué no llevas esto al sofá?
Le entregó dos platos de comida.
—¿Quieres una copa de vino?
Ella se detuvo de camino al sofá.
—¿Tienes?
Lo único que había visto en la nevera era Budweiser.
Él sonrió.
—Puede que tenga una botella escondida por aquí para cuando quiero conquistar a una mujer.
Ella se echó el pelo aún húmedo sobre el hombro.
—¿Es eso lo que estás haciendo ahora?
—Tal vez.
Entonces, ¿por qué no me marcas?
Maldita sea, ¿de verdad quería que la marcara? ¿Pasar el resto de su vida como su compañera? No, eso no podía ser. Lo que le molestaba era sentirse poca cosa porque él se negaba a marcarla.
Cody se acercó y le dio una copa de pinot noir y una bolsa de patatas fritas con sal y vinagre, tal como le gustaban.
La abrió de golpe y echó un puñado en cada plato mientras él volvía a la cocina a por su cerveza.
—Entonces, ¿te gustó la casa? ¿Lo que llegaste a ver?
Esbozó una sonrisa burlona, seguramente recordando cómo había acabado la visita.
—Sí. Voy a hacer una oferta por ella.
—¿Ah, sí? ¿De cuánto?
—Bueno, se sale un poco de mi presupuesto, pero voy a ofrecer el precio que piden y presentar la oferta esta noche. Si no, la perderé.
Él la miró con curiosidad y se limpió una mancha de mostaza del labio.
—Qué va. Deberías ofrecer menos. Ofrece lo que puedas pagar. Nunca se sabe, igual la acepta.
Negó con la cabeza.
—No quiero perder esta casa. No salen así al mercado muy a menudo, y necesito un sitio donde vivir ya. El momento es perfecto. Además, su agente es un imbécil, ¿recuerdas? Se reiría en mi cara si le presento una oferta baja.
Cody la miró con una expresión rara un momento y luego se puso a comer su salchicha.
—¿Estás segura de que es la casa que quieres? —preguntó al cabo de un rato—. Es bastante pequeña.
Resopló.
—Como si pudiera permitirme algo más grande. No, es perfecta. Justo lo que siempre había soñado.
Cody se quedó pensativo mientras devoraba la comida, pero no volvió a mencionarlo. Después de comer, ella fregó los platos y los dejó en el escurridor, se sirvió otra copa de vino y se sentó en el sofá con su Chromebook para enviarle a Brad Johnson la oferta de la casa mientras veía una película.
Cody se dejó caer a su lado y le pasó un brazo por los hombros.
—¿Qué te apetece ver? ¿Elijo yo?
Puso los ojos en blanco, pero le pasó el mando. No veía mucha televisión y se le daba fatal elegir qué ver.
—Comedia romántica —dijo, solo para ver cómo reaccionaba.
Arqueó las cejas.
—¿Lo dices en serio?
—En realidad no. Me da igual.
—¿Que te da igual? Vamos, dame algo más con qué trabajar.
—De verdad que me da igual.
Frunció el ceño.
—Pues comedia romántica —gimió.