9 #3
—Sí. Hace ocho años. Por entonces solo había cinco cambiantes aquí. La manada sigue siendo pequeña.
—¿Has vuelto a ver a tu padre desde entonces?
Se le cerró la garganta.
—Sí. Sabe que estoy aquí. Fui a casa un par de veces a ver a mis hermanos. Fue tenso, pero lo sobrevivimos. Quiere que lleve a mi manada a los juegos que organizan este año.
—¿Vas a ir?
Se encogió de hombros.
—No quiero, pero me lo estoy pensando. Podría ser bueno para la manada: conocer hembras con las que aparearse.
La expresión abierta de Melissa se cerró y él deseó no haber dicho eso.
—Para mí no —se corrigió rápidamente—. Ahora mismo no me interesa reproducirme.
Pero eso no era cierto. Le interesaba, y mucho, pero solo reproducirse con la pequeña humana que tenía a su lado.
Pensó en su padre y en su manada de casi mil lobos. Siempre había estado tenso y enfadado. Siempre lidiando con alguna crisis.
—La verdad es que lo odié durante mucho tiempo, pero supongo que puedo entender lo humillante que debió de ser que el hijo del alfa fuera el que andaba descontrolado. No me extraña que me echara.
—Pero no lo hiciste —estalló Melissa, incorporándose sobre el antebrazo—. ¿Por qué iba a creer la palabra de otra persona antes que la de su propio hijo? ¿Y a quién le importa si lo avergonzaste? Debería importarle más su hijo que quedar bien delante de su manada.
Algo se soltó en el pecho de Cody. Algo que había estado congelado e inamovible durante mucho tiempo se removió. No podía hablar con aquel nudo en la garganta. La apasionada defensa de Melissa le sentaba demasiado bien, joder. Y probablemente no la merecía.
—¿Llegó a creer alguna vez que no lo habías hecho?
—Sí. Creo que la chica dio la cara después de que me desterraran.
La culpa le pesaba, ¿sabes? O quizá dejó de importarle proteger al que la había dejado embarazada.
Mi hermana pequeña intentó encontrarme entonces, pero me quedé en el mundo humano, donde ellos no tenían contactos.
No supieron qué había sido de mí hasta que empezó a correr la voz sobre una pequeña manada en Colorado Springs.
—Deberías perdonarlo.
No debería haberlo dicho. No era asunto suyo.
Cody alzó la cabeza de golpe, sorprendido.
—Yo no pienso perdonarlo, pero tú deberías. Parece un imbécil, pero sigue siendo tu padre.
—Lo tendré en cuenta, Dr. Phil.
Cody le recorrió el rostro con la mirada y, por primera vez, ella vio auténtico cariño en sus ojos. Él sonrió.
Ella se rio.
—Bueno, si no lo haces, solo te pesa a ti, no a él. Se convierte en tu lastre.
Sí, estaba haciendo de Dr. Phil, pero daba la casualidad de que sabía mucho sobre superar traumas y seguir adelante con la vida.
—¿Tú qué sabes de eso?
Ella se encogió de hombros. No le apetecía nada meterse en el tema del estrés postraumático ahora.
No cuando se sentía tan a gusto tumbada en los brazos de Cody.
Tenía las extremidades flojas y lánguidas tras los dos orgasmos, y flotaba en una nube de endorfinas.
El trasero aún le palpitaba por los azotes —esa parte había sido horrible—, pero ahora no le importaban las secuelas.
El calor y el escozor se entremezclaban de algún modo con los ecos de sus recientes clímax, haciendo que el dolor resultara casi placentero.
Él le dio un tironcito a un mechón de pelo.
—Tengo formas de hacerte hablar.
—¿Ah, sí?
Le salió una voz entrecortada, seductora. Nada que ver con lo que pretendía.
—¿Y qué tortura sería?
—Orgasmos forzados. Toda la noche. Mi lengua en tu clítoris, mi pulgar en tu trasero, haciéndote mía hasta que me supliques que pare.
De su boca salió un sonido ahogado, un intento fallido de risa, pero el cuerpo se le calentó, los pezones se le endurecieron y el coño se le humedeció. Como sinceramente no creía que pudiera aguantar más orgasmos, optó por la verdad.
—Tuve un trauma el año pasado. Unos enemigos de Ben me secuestraron para chantajear a mi hermana y obligarla a arruinarlo. Jeremy estuvo metido en todo aquello... Le debo la vida.
Cody se había tensado al oír mencionar a Jeremy, pero no dijo nada.
Se quedó callada.
—Tuve pesadillas durante un tiempo. Cuando fui a una terapeuta, trabajamos el tema del perdón. Los tipos que me secuestraron están muertos, así que no era cuestión de hacer justicia. La terapeuta pensó que si conseguía perdonar a todos los implicados, podría liberarme de…
Cody se giró y se apoyó en un codo.
—¿De qué?
Le ardió la nariz. No quería llorar, no esa noche. No en ese momento.
—De sentirme víctima. De sentirme impotente.
Cody se quedó muy quieto, con el ceño fruncido.
—¿Te ayudó?
Ella asintió.
—Sí. Creo que sí.
—Espero… Joder.
Cody se frotó la cara.
—Por favor, dime que no te hice sentir así.
La expresión angustiada de su rostro le derritió las entrañas.
Ella le acarició la cara.
—Ni una sola vez. Me sentí fuerte y respondona discutiendo contigo. Y excitada. Sobre todo, excitada.
Bajó la mirada, súbitamente tímida.
Una sonrisa iluminó el rostro de Cody. Le agarró la mandíbula con gesto dominante y le acercó la cara a la suya.
—Creo que sabes que es mutuo, nena —gruñó antes de devorarle la boca.