La promesa del alfa (Alfas dominantes nº 3) 10
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Cody no creía que fuera a dormir junto a Melissa, sabiendo que no llevaba bragas bajo su camiseta raída, pero se despertó al sentirla salir de la cama.

Extendió la mano hacia ella automáticamente. Su cuerpo no quería separarse del de ella.

—Vuelvo enseguida.

Su sonrisa era dulce y tierna. Le encantaba ese lado de ella, casi tanto como la chica descarada y contestona que había conocido al principio.

Fue descalza hasta el baño y regresó con la cuerda en las manos.

—¿Quieres que te ate otra vez? —bromeó él, entrelazando los dedos detrás de la cabeza, tumbado boca arriba.

Tenía una expresión juguetona que no le había visto antes y que le gustaba mucho. Gateó sobre él.

—Voy a atarte yo a ti.

Él negó con la cabeza.

—Lo siento, nena. Eso no va a pasar.

Parecía preparada para esa respuesta, apenas prestándole atención mientras le desabrochaba los vaqueros y bajaba la cremallera. Su polla, perpetuamente dura cuando estaba cerca de ella, asomó de golpe.

—Qué lástima —ronroneó ella mientras le tomaba la polla con su delicada mano y cerraba los dedos alrededor de la base—. Porque iba a chupártela. Pero no si corres peligro de perder el control…

Le dedicó un pestañeo coqueto.

Los muslos se le tensaron por el placer de su contacto y gimió. Sí, quería la mamada. Y sí, corría peligro de perder el control. Pero dudaba que un poco de cuerda pudiera retenerlo si llegaba a ese punto. Cerró los ojos, obligó al lobo a retroceder y respiró hondo varias veces para calmarse.

—De acuerdo. Hazlo —dijo con voz ronca y le ofreció las muñecas—. Espero que sepas hacer un buen nudo, nena, o te van a follar hasta la próxima galaxia.

A ella se le entrecortó la respiración y le temblaron las manos mientras enrollaba la cuerda alrededor de sus muñecas. Hizo un nudo simple, se detuvo y lo deshizo.

—En realidad, no sé nada de nudos. Sería una pésima boy scout.

Era tan jodidamente adorable. Sonrió, se sacudió los lazos de cuerda y formó rápidamente unas esposas improvisadas.

—Sujeta esto.

Cuando lo hizo, él introdujo sus manazas por los lazos.

—Ahora tira del extremo suelto hasta que queden apretadas. Eso es. Ahora ata el extremo al cabecero.

—Debería haber sabido que serías mandón incluso cuando te están atando.

Esbozó una sonrisa maliciosa.

—Créetelo, nena. Siempre estoy al mando, tenga las muñecas atadas o no.

Ella sonrió dulcemente.

—Ya veremos.

Entonces sospechó que estaba perdido. Se convenció de ello cuando ella se quitó la camiseta y le ofreció la deliciosa visión de sus pechos firmes con los pezones endurecidos, del color del melocotón.

—Apriétate los pezones —dijo con voz ronca, la polla tensa, la mirada clavada en aquellos picos endurecidos.

Ella vaciló, como si estuviera debatiéndose entre obedecer sus órdenes o mantener la iniciativa que claramente había intentado tomar, pero parecía que lo que él sospechaba sobre ella era cierto: le gustaba servir.

La sumisión y la entrega le resultaban naturales, aunque creyera que debía luchar contra ellas.

Se deslizó las manos por los costados hasta apretarse los pechos.

—Pellízcalos.

Sonaba desesperado.

Ella se humedeció los labios mientras obedecía y él gimió y movió las caderas. La cuerda en realidad ayudaba, porque cuando tiró de las manos, la presión en la piel le recordó por qué estaba atado.

—Lame uno. ¿Puedes? ¿Puedes chupártelo?

Ver a una mujer chupar cualquier cosa lo excitaba, y había algo tan obsceno en verla chupárselo a sí misma.

Melissa se ahuecó el pecho y lo levantó hacia su boca. Sacó su gloriosa lengua rosada, rodeó el pezón con ella y se lo metió en la boca.

—¡Joder, Dios!

Se puso a horcajadas sobre sus piernas y bajó la boca hacia su polla, con la mirada fija en su rostro. Había algo tan erótico en aquel movimiento: que lo observara tan de cerca, pendiente de su reacción, lo hacía muchísimo más íntimo. Tan sexy.

Embistió con las caderas en el momento en que los labios de ella se posaron en la cabeza de su polla, y cuando le lamió el borde, tiró de las cuerdas tan fuerte que el marco de la cama crujió. Esperaba que se rompiera la cuerda antes que la cama, porque la había tallado él mismo.

Ella se lo metió hasta el fondo de la garganta.

Qué más daba: no le importaba cuál se rompiera primero, siempre que fuera ya. Sus ojos habían cambiado de color, el deseo le ardía en el vientre. La habitación giró y se difuminó; solo era consciente de su erección tensa y de aquella boca caliente y húmeda.

La cuerda se rompió.

Apenas percibió la cara de sorpresa de Melissa; el aroma de su excitación le llenó las fosas nasales y la embriaguez fue total.

Se abalanzó sobre ella, la levantó por la cintura, la puso a cuatro patas y le empujó el pecho contra la cama para que el trasero quedara en alto.

Con la cuerda todavía enrollada en las muñecas y los extremos rotos colgando, le agarró las caderas y se hundió hasta las bolas en su delicioso calor.

—¡Cody!

Sonaba alarmada, pero eso solo lo excitó más.

—¡Condón! ¡Se te olvidó el condón! —jadeó.

Soltó una maldición que sonó más a rugido de rabia, pero se obligó a salir de ella, arrancó el cajón entero de la mesita de noche y agarró un envoltorio. Lo rasgó con los dientes y se enfundó la polla.

Melissa, su hermosa compañera, permaneció en la posición en que la había puesto, esperando. Ella quería esto. Saberlo avivó aún más su deseo. Con algo de cordura recuperada, le rodeó las caderas con la mano y le acarició el sexo.

—Estás tan jodidamente mojada para mí —gruñó con aprobación—. Siempre estás mojada para mí, ¿verdad?

Le dio una palmada en el clítoris.

—Sí —jadeó ella.

—¿Estabas así de mojada para él?

No debería haberlo preguntado, no pretendía meter a su maldito ex en medio, pero ahora que lo había dicho, necesitaba saberlo.

—No, nunca.

Su voz ronca respondió de inmediato, sin vacilar, y su lobo interior se puso a hacer el moonwalk por el dormitorio.

Le dio otra palmada en el clítoris.

—¿Vas a dejar que te folle?

Era un poco tarde para pedir permiso, pero ahora que había recuperado la cordura, necesitaba asegurarse de que ella no le tenía miedo.

—Cody, ahora. Te necesito ahora.

Se hundió en ella y sus sentidos estallaron.

El tiempo desapareció. La embistió con fuerza y rapidez, sujetándole las caderas para aguantar sus acometidas.

Quería que durara para siempre y necesitaba que terminara cuanto antes.

La habitación se volvió blanca cuando eyaculó.

Se enterró hasta el fondo y se corrió con un estremecimiento.

Los músculos internos de Melissa se contrajeron en oleadas alrededor de Cody, y luces estallaron frente a sus ojos como una lluvia de meteoritos. Cody salió de ella y la giró boca arriba, como si no pesara nada.

Su apariencia inhumana la hizo gritar. Sus ojos eran de un azul pálido y sus colmillos se habían alargado en puntas afiladas. Se abalanzó sobre ella.

Para marcarla.

Empezó a retroceder, a huir, pero recordó su advertencia de la primera noche juntos.

Nunca huyas de un lobo excitado. Especialmente si es un alfa.

En su lugar, lo bloqueó, plantando el pie en su vientre y apoyando la pierna.

—Cody —suplicó, esperando que recuperara el control.

La mano de él encontró el pie de ella y lo agarró. Bajó la mirada con el ceño fruncido. Sus ojos se clavaron en los de ella y se quedaron allí. Respiró hondo dos veces y sus iris volvieron a ser grises; los colmillos desaparecieron.

—Lo siento. Lo siento, princesa.

Se dejó caer a su lado en la cama, la tomó en sus brazos y le besó la sien y el cabello.

El alivio se mezcló con algo más complejo —lo mucho que le encantaba ser objeto del afecto de Cody— y se le llenaron los ojos de lágrimas.

Cody se puso rígido a su lado, aunque no había forma de que las hubiera visto —tenía el rostro enterrado en su cabello. Levantó la cabeza bruscamente y la miró mientras ella parpadeaba para contener las lágrimas.

—¿Te hice daño? —susurró con voz ronca, frunciendo el ceño.

Ella negó con la cabeza y lo atrajo hacia sí para besarlo.

Él le devolvió el beso, moviendo los labios suavemente sobre los de ella, mordiéndole el labio inferior mientras se apartaba.

—Olí tus lágrimas.

No iba a dejarlo pasar.

—Lo siento.

Apoyó una mano en su cintura y se incorporó sobre un codo, mirándola desde arriba.

—Te asusté, ¿verdad?

—No, estoy bien. Me asustaste un poco. Dolió, pero de la manera buena.

Dios, ¿se estaba sonrojando? Era cierto, sentía el sexo completamente machacado, las paredes internas maltratadas, pero le encantaba esa sensación de haber sido bien usada. El éxtasis del orgasmo aún fluía por sus extremidades.

Él desenrolló los extremos rotos de la cuerda que aún colgaban de sus muñecas, como si acabara de ser lo suficientemente consciente de sus extremidades para notarlos.

—¿Tienes hambre, nena? Conozco una tiendita increíble con los mejores rollos de canela que hayas probado en tu vida.

Ella le sonrió radiante. Este Cody —el gentil, el considerado— la dejaba alucinada.

¿Era realmente el mismo tipo grosero y malhablado?

Observó cómo sus músculos tatuados se flexionaban mientras bajaba de la cama y se ponía la ropa.

Sí, era el mismo tipo. Y si era honesta, admitiría que le encantaba el lenguaje sucio.

Especialmente porque lo respaldaba con el sexo más caliente que había tenido en su vida. Azotes incluidos.

Saltó de la cama.

—Voy a darme una ducha rápida.

Él miró por encima del hombro y se quedó quieto, con los párpados entornados y la expresión volviéndose hambrienta otra vez.

—No salgas sin ropa —advirtió.

La risa de ella se convirtió en un chillido cuando él fingió abalanzarse sobre ella.

—Lo digo en serio. Te mantendré atada a esa cama todo el día, nena —le gritó mientras se alejaba.