9 #2
No necesitaba que se lo dijeran dos veces. Con una embestida, se echó hacia atrás y volvió a entrar. Aquel culo increíble estaba caliente y suave debajo de él, su interior tan deliciosamente apretado, húmedo y cálido.
Ella soltaba los gruniditos más adorables cada vez que se hundía en ella, pero lo estaban llevando al límite.
Alargó el brazo y le tapó la boca con la palma.
—Silencio, nena. Deja de hacer esos dulces soniditos o me voy a descontrolar.
Ella le lamió la palma.
Los dientes se le alargaron.
No.
Echó la cabeza hacia atrás y giró el cuello para apartarse de ella, con los ojos fuertemente cerrados.
—No te muevas —jadeó—. No hagas ni un puto sonido... Solo necesito... terminar.
Pero deslizarse dentro y fuera de ella era demasiado.
El aroma de ella lo rodeaba, lo envolvía.
Rugió, apoyado sobre los nudillos junto a la cabeza de ella, embistiendo con las caderas contra su trasero, duro y rápido.
Los testículos se le contrajeron. Estrellas bailaron ante sus ojos.
El deseo de hundir los dientes en ella lo atravesó mientras el semen le subía por el miembro.
Abrió las mandíbulas de par en par, con suero goteando de los dientes.
De alguna manera, encontró el control para echarse hacia atrás, salir de ella y ponerse de rodillas detrás.
Ella gimoteó al sentir el vacío.
—Ni un sonido —susurró con voz ronca mientras se agarraba la polla palpitante. Se la bombeó dos veces antes de quitarse el preservativo y derramarse por todo aquel hermoso trasero enrojecido.
Jadearon juntos mientras la visión de él volvía a la normalidad. La lujuria no había disminuido, pero la urgencia de marcarla se había aliviado. Alargó la mano y le untó el semen por el trasero, le separó las nalgas y se lo fue metiendo hacia el ano con el pulgar.
El grito gutural de ella lo puso duro de nuevo en cuestión de segundos. Quería tomarla por el culo, pero sabía que no debía. No tenía control; seguro que la lastimaría. Así que se conformó con trabajarle el agujero trasero, masajeándole el anillo de músculo hasta que se relajó para dejarlo entrar.
Ella jadeó, tensándose, pero él llevó los dedos índice y corazón a su sexo empapado y los deslizó dentro. En cuanto comenzó a penetrarla con los dedos en ambos orificios, ella empezó a gemir. Se arqueó, frotando el rostro contra la cama, retorciendo las manos atadas entre sí.
Él bombeó más rápido, mareado por la satisfacción de darle placer. Cuando deslizó la mano libre bajo las caderas de ella y le frotó el clítoris, ella estalló. El grito atravesó el aire, resonando en las paredes, y casi lo hizo transformarse para unirse a su aullido.
Las paredes internas de ella le apretaron los dedos, ordeñándolos una y otra vez. Cuando por fin quedó laxa, él los sacó con cuidado y se puso a desatar el nudo de las cuerdas.
—Preciosa —dijo con voz ronca, liberándole las manos y moviéndose hacia los pies. Se inclinó y le besó la pantorrilla mientras le soltaba un tobillo, luego el otro.
Ella no se movió.
Se puso los vaqueros para que su polla no se le ocurriera ninguna idea brillante mientras dormían y se deslizó junto a ella, sacando las almohadas de debajo de sus caderas.
—Ven aquí, cariño.
La atrajo contra su pecho.
Ella se giró hacia él y apoyó la cabeza en su hombro con un dulce suspiro.
Le acarició la larga y hermosa melena y le besó la frente.
Esos gestos eran extraños para él —nunca se había acurrucado con una mujer en su vida— pero parecían tan naturales y correctos.
La conciencia de la suave exuberancia de su cuerpo desnudo pegado al suyo se coló como pinchazos de fuego, perturbando el tierno momento.
Su palma buscó el pecho de ella y los pinchazos estallaron en llamas.
—Necesito ponerte algo de ropa —dijo con voz ronca, logrando de algún modo apartarse de ella—. O te tendré con las piernas abiertas toda la noche.
Recogió la camiseta de donde la había tirado al suelo y se la pasó por la cabeza.
La expresión de ella le detuvo el corazón.
Había una franqueza, un asombro confiado en la forma en que sus grandes ojos azules lo miraban.
Se había entregado a su cuidado. El impacto de aquello casi lo hizo caer de rodillas.
Le temblaron las manos mientras subía las mantas y se metía en la cama junto a ella.
Le tomó el rostro y le pasó el pulgar por la mejilla, maravillado de lo suave que era su piel, lo perfecta y tersa.
—Debe de ser difícil liderar una manada.
Sus palabras lo sobresaltaron.
Se tumbó boca arriba y la atrajo contra su costado, con la cabeza de ella apoyada en su hombro.
—Sí —admitió—. La mitad del tiempo me pregunto qué demonios estoy haciendo. Empecé siendo el anti-líder. Era alfa por mi tamaño y fuerza, pero no tenía ningún interés en liderar. No quería ser como mi padre.
No pudo evitar el dejo de amargura que se coló en su voz al mencionar a su padre.
—¿Cómo era? —preguntó ella en voz baja.
Se puso rígido; el instinto automático de cortar ese tipo de preguntas le resultaba tan familiar. Pero la conversación parecía importante. El momento tenía peso. Y estaba tan jodidamente cansado del tira y afloja entre él y Melissa que no quería volver a eso.
—Es un tipo duro. Me echó de la manada a los dieciséis por algo que ni siquiera hice.
Melissa contuvo el aliento. Le pasó una mano suavemente por el pecho, arañándole el vello con las uñas y provocándole escalofríos en los brazos.
—¿Qué creyó que habías hecho?
—Una chica se quedó embarazada. Tuvo un aborto espontáneo y sus padres se enteraron. Les dijo que yo era el padre.
La mano de Melissa se quedó quieta.
—¿Y no lo eras?
Se frotó la cara y suspiró.
—No. Pero me había acostado con su hermana mayor, lo que probablemente le dio la idea de echarme la culpa a mí.
Admito que era un rebelde. Las hormonas de los cambiantes son peores que las de un humano, y las mías estaban desbocadas.
No podía mantenerme alejado de los problemas.
Mi padre y yo siempre estábamos enfrentados, así que supongo que fue la gota que colmó el vaso.
—¿Qué hiciste?
—No tenía más de diez dólares en la cartera y la ropa que llevaba puesta. Bajé a zonas de menor altitud. Crecí en Estes Park. Toda la población del pueblo son cambiantes; seguro que no lo sabías.
Sonrió y se giró para mirarla.
La sonrisa que ella le devolvió le detuvo el corazón.
—No tenía ni idea.
—Viví como lobo en plena naturaleza durante unas semanas, cazando para comer.
Pero es peligroso permanecer en forma de lobo demasiado tiempo.
Pierdes la cabeza, te vuelves salvaje. Al final hice autostop hasta Greeley y conseguí un trabajo con alojamiento en un rancho.
Después acabé en un equipo de construcción.
—¿Y luego te mudaste aquí?