8 #2
El aroma de su excitación hizo que le metiera la rodilla entre las piernas antes siquiera de pensarlo. —Princesa, la luna está llena. Dejarte aquí y salir a correr no es un placer, es una necesidad. ¿Quieres saber por qué?
Sus labios carnosos se entreabrieron. —Sí.
—Porque, nena —le rozó la oreja con los dientes—, si paso un segundo más aquí contigo, voy a arrancarte la ropa y follarte tan fuerte y tanto rato que mañana no podrás ni subirte a esa moto.
Ella se lamió los labios y él siguió el movimiento con la mirada hambrienta.
—No me tientes así, princesa. Sabes que me encantaría meterte la polla en esa boquita caliente.
Por fin se había pasado de la raya. Melissa lo empujó hacia atrás. —Joder, Cody.
Él se quitó la camiseta y a ella se le abrieron los ojos de par en par; la mirada le bajó al pecho, a los abdominales, y siguió el vello que descendía hasta perderse en los vaqueros.
Él soltó una risa oscura mientras caminaba hacia el dormitorio, desabrochándose los vaqueros.
Se los quitó de una patada, se transformó y salió disparado hacia la puerta para perros de la parte trasera; sus patas tocaron el suelo de madera ya en plena carrera.
El corazón de Melissa siguió latiendo con fuerza durante un buen rato después de que Cody desapareciera.
Tenía las bragas empapadas, como siempre que estaba cerca de ese lobo dominante y malhablado.
Solo una vez, le gustaría ponerlo en su sitio, o descolocarlo como él siempre conseguía descolocarla a ella.
Miró a su alrededor, debatiéndose entre la autocompasión por que Cody la hubiera dejado allí sin apenas explicarle qué pasaba con la manada y su carrera, y el placer que le producía aquel entorno increíble.
La cabaña —si es que podía llamarse así— le volaba la cabeza.
Era extraño que Cody no se diera cuenta de lo impresionante que era, aunque claro, trabajaba en proyectos de CJ Steele constantemente.
Aun así, era el dueño de esta propiedad, o lo era su manada.
Y ella calcularía su valor en cerca de medio millón si incluía tanta tierra como sospechaba.
Esta propiedad, combinada con la que poseía en el barrio de Old North End, le daba un patrimonio neto mucho más alto de lo que había estimado en un principio.
Cody no era un simple obrero de la construcción que viviera al día.
O si lo era, había invertido con cabeza. Sin duda lo había juzgado mal.
Ahuyentó la punzada de culpa. Puede que tuviera recursos económicos, pero eso no lo hacía más fiable. Ni más agradable.
Pero lo de ser agradable nunca le había importado tanto como debería a la hora de elegir hombres. Nunca.
El tipo de «no agradable» que era Cody resultaba sexy a más no poder. Y aunque le faltaran modales y tratara a las mujeres de forma degradante, no estaba haciendo nada ilegal, como Jeremy. Se ganaba la vida honradamente. En el fondo, tenía su honor.
Volvió a inspeccionar la propiedad a fondo, admirando la hermosa artesanía. No había una sola cosa que cambiaría si comprara el lugar. Ni una sola petición que habría hecho de otro modo si la casa hubiera sido construida para ella.
Suspiró. Con un poco de suerte, pronto saldría a la venta una casa de CJ Steele y Ben la ayudaría a comprarla.
Pasó una hora y Cody no había regresado.
Salió por unas puertas francesas al porche.
La parte trasera de la cabaña daba a una extensión de bosque.
A la derecha, la montaña se alzaba, con rocas cubiertas de líquenes salpicando la ladera boscosa.
Un sendero rodeaba la base de la pendiente, como invitándola a seguirlo.
Desde la cabaña no se veía ningún otro edificio ni propiedad en ninguna dirección.
Respiró hondo el aire fresco de la montaña, cargado del aroma a pino.
El bosque parecía tan acogedor. Si Rabago y sus secuaces no la habían encontrado en casa de Cody en Colorado Springs, desde luego no la encontrarían aquí.
Se puso la chaqueta y bajó los escalones del porche a la carrera. Quería saber adónde llevaba el sendero.
Lo siguió durante media milla hasta que terminó en lo que parecía un manantial natural que brotaba de la tierra.
Alguien había construido una pequeña poza con fondo de guijarros y colocado una tubería de cobre en la boca.
Cerca había una taza de hojalata. La recogió, la llenó de agua y bebió.
Fría como el hielo e increíblemente refrescante.
Cerró los ojos, saboreando aquel placer.
Un gruñido grave la sobresaltó. Dos enormes lobas de pelaje canela se le acercaron con los colmillos al descubierto. La taza cayó sobre las rocas y ella ahogó un grito.
—Eh... tranquilas...
Retrocedió un paso y las dos lobas avanzaron, con los dientes reluciendo a la luz de la tarde.
¿Eran cambiaformas? Debían serlo; eran gigantescas. Hembras cambiaformas.
—¿Estoy con Cody?
Le salió más como una pregunta. No estaba segura de cuánto entendían los cambiaformas en forma de lobo.
—Tranquilas, chicas. Y-yo no estoy invadiendo vuestro territorio ni nada.
Demasiado tarde, se acordó de bajar la mirada y no desafiarlas.
Un movimiento a su izquierda le llamó la atención y vio a otros tres lobos gigantes, dos negros y uno canela, que la observaban. Eran machos. ¿Era aquello algún tipo de ritual de apareamiento?
Levantó las manos con las palmas abiertas.
—No soy una amenaza, chicos.
Una de las lobas gruñó y saltó hacia delante; sus mandíbulas chasquearon a un centímetro de donde había estado su mano antes de que la retirara de golpe. Tropezó y cayó en el manantial, con la espalda contra la roca. Las zapatillas se le empaparon con el agua helada.
Otro gruñido llegó desde detrás de ella y una mancha de pelaje plateado pasó volando sobre su cabeza.
Gritó cuando un lobo saltó desde la roca que tenía encima y derribó a la loba que había intentado morderla.
El lobo plateado tumbó a la canela y rodó con ella, sujetándole la garganta entre las mandíbulas.
¿Cody? Sí, su enorme y magnífica forma lobuna era inconfundible.
Un aullido horrible y lastimero resonó en las rocas y la hembra se puso panza arriba, mostrando el vientre.
Durante un momento horrible, Melissa pensó que el lobo plateado había matado a la canela, pero cuando se apartó, no había sangre en la garganta de la loba.
Le mordisqueó los cuartos traseros y ella se quedó quieta, gimoteando.
La otra loba canela se había dejado caer sobre el vientre y ahora se arrastraba hacia delante, también gimoteando.
Él gruñó y la mordisqueó a ella también, luego se dio la vuelta y trotó en dirección a la cabaña.
Todos los lobos se pusieron en fila detrás de él y lo siguieron con el rabo entre las patas.
Melissa se quedó paralizada durante varios largos momentos, tratando de que el corazón le volviera a latir con normalidad.
La incomodidad del agua helada que le empapaba los zapatos finalmente la sacó del estupor.
Caminó con las piernas temblorosas de vuelta a la cabaña.
Cuando abrió la puerta principal, se encontró con que un grupo de jóvenes había llenado el gran salón, y más salían de los dormitorios a medio vestir.
Dos mujeres jóvenes charlaban mientras una se ponía los calcetines y los zapatos. La otra, una mujer delgada con un piercing en el labio, se recogía el pelo rubio arenoso en una coleta. Cuando vio a Melissa, se le cortó la conversación en seco.
Cody salió del dormitorio principal vestido solo con sus vaqueros desteñidos. Iba descalzo y con el torso desnudo, y a ella se le secó la boca al ver sus abdominales marcados y su pecho musculoso. Sin embargo, él no le estaba prestando ninguna atención. El lobo cabreado se acercó a la rubia.
—No vuelvas a atacar a una hembra bajo mi protección, sea loba o humana —gruñó Cody.
A Melissa se le volvió a disparar el corazón. Por supuesto, aquella había sido la hembra que la había atacado.
—No sabíamos que estaba contigo —dijo la mujer con falsa inocencia.
—Y una mierda. Lleva mi olor por todas partes y lo sabes.
Plantó su ancho pecho delante de la chica y la fulminó con la mirada, con un músculo de la mandíbula palpitándole.
—Lo siento, Alfa.
La loba bajó los ojos, pero su tono no sonaba sincero.
El resto de los jóvenes se había congregado y observaba la escena. Cody se volvió hacia ellos.
—¿Y el resto de vosotros, ahí plantados mirando? ¿Qué coño os pasa?
Los jóvenes bajaron los ojos y murmuraron cosas como:
—Lo siento, tío.
O:
—Lo siento, Alfa.
—Bueno, ¿por qué trajiste a una humana aquí? —desafió la rubia—. ¿Es tu... novia o algo así?
Dijo novia como si la idea le diera asco.
Por fin, Cody miró a Melissa.
—Esta es Melissa. Es la cuñada de Ben Stone. Ben pidió protección de la manada para ella y yo se la concedí.
Por supuesto, no había esperado que la reclamara como su novia, pero sus palabras la hirieron de todos modos. Claro, ella era una obligación que tenía con Ben. El brillo de satisfacción que había sentido por cómo la había defendido se apagó de golpe.
—¿Así que se le permite simplemente salir corriendo por nuestra montaña durante la luna llena?
El gruñido grave de Cody fue puro animal.
La chica levantó las manos, apartó la mirada y ofreció su garganta.
—Solo estoy preguntando.
—Está bajo nuestra protección —repitió con firmeza, pero luego le lanzó a Melissa una mirada condenatoria.
Maldita sea. No se había dado cuenta de que iba a causar semejante problema con la manada.
Cody recorrió el semicírculo con la mirada, pero nadie se la sostuvo.
—Si alguien se mete con ella otra vez, lo pondré en su sitio, y no os va a gustar. ¿Me oís?
—Me gustó la última vez.
La rubia le lanzó a Melissa una pequeña sonrisa burlona.
A Melissa se le fue la sangre de la cara y se le revolvió el estómago. Había estado tan desconcertada por la dinámica de los lobos que se le había pasado lo obvio: aquella chica era la amante de Cody. O su examante.