8
Elegir la Ducati no tenía nada que ver con el placer de sentir los muslos de cierta hermosa pelirroja rodeándole las caderas, los brazos en torno a su cintura. Ni con restregarle en la cara una vez más sus maneras de rebelde. Ya.
Puede que tuviera algo que ver con saberse incapaz de compartir la cabina de la camioneta con ella durante el trayecto, respirando su aroma y aguantando conversaciones banales.
No habría durado ni diez minutos sin ceder a la necesidad de echar el asiento hacia atrás y decirle dónde quería que pusiera la boca.
Sobre todo con la luna llena y su bestia tan cerca de la superficie.
Melissa soltó las manos de su cintura. Al instante, Cody echó de menos el cuerpo de ella encajado contra su espalda.
Esperaba verla molesta por el pelo revuelto o asustada por el viaje —lo había agarrado con fuerza mortal todo el rato—, pero lucía una sonrisa al quitarse el casco.
Cuando sacudió sus ondas cobrizas y estas cayeron en cascada sobre sus esbeltos hombros, él oyó claramente el chicka-bow-wow resonar en el fondo de su mente.
Pero ella no lo miraba a él. Caminó hacia la cabaña con el entusiasmo pintado en la cara.
—Vaya. Cuando dijiste cabaña, no me imaginaba todo un refugio de montaña.
Se le curvó una comisura de los labios ante aquel entusiasmo casi infantil. No se esperaba esa reacción. Ella subió los escalones dando saltitos mientras él descargaba la comida de las alforjas.
—¿Cuándo se construyó esto?
—Lo terminé el año pasado.
Ella se volvió de golpe, boquiabierta, los labios carnosos formando una pequeña O.
—¿Lo construiste tú? ¿Tú solo?
Intentó ignorar la oleada de orgullo que le provocó su asombro.
—Sí.
Pasó junto a ella y tecleó el código en el panel de seguridad para abrir la puerta, logrando no empujarla contra ella y restregar su polla, siempre impaciente, contra aquel exuberante trasero enfundado en vaqueros.
—Dios mío —suspiró, y entró a toda prisa en cuanto él abrió la puerta—. Qué preciosidad.
Su mirada recorrió el amplio salón mientras avanzaba y asomaba la cabeza en todas las habitaciones.
—Me encantan los techos abovedados y la mezcla de rústico con alta tecnología. Es igualito a una casa de CJ Steele. Increíble. ¿Cuántos metros cuadrados tiene, doscientos ochenta?
—Doscientos noventa y siete.
Sin pretenderlo, dejó caer las alforjas con la ropa y la comida y siguió a Melissa, que recorría la cabaña a toda velocidad.
—¿Cuatro dormitorios, dos baños?
—Eso es.
—¿Y esto? ¿Dónde encontraste estos soportes tallados?
—Los tallé yo.
Se le hizo un nudo en la garganta. No sabía por qué le importaba tanto lo que ella pensara del lugar.
—¿Quién hizo este lavabo? Es una pasada.
El lavabo era una preciosidad de cerámica torneada a mano y cocida al horno, en tonos ocre y óxido.
—Los hace un amigo mío.
—¿El señor Steele usa estos en alguna de sus casas?
Una punzada de irritación lo atravesó. La devoción que sentía por el «señor Steele» contrastaba tanto con la condescendencia que mostraba hacia él... Algo obstinado en su interior necesitaba que ella lo respetara a él, al tío que tenía delante, no al magnate inmobiliario al que idolatraba.
—Sí, estos lavabos están en algunas de sus propiedades.
—Cody.
Ella se volvió.
Le encantaba oír su nombre en aquellos labios, aunque le gustaba más cuando lo gritaba en pleno orgasmo. Controló su expresión, intentando ocultar los pensamientos sucios que le daban vueltas en la cabeza sin parar.
—¿Sí?
—¿Eres el dueño de este lugar?
—Pertenece a la manada.
No era del todo mentira. Había construido la cabaña para la manada: un lugar de reunión y un refugio para quien lo necesitara.
Le había llevado cuatro años, trabajando los fines de semana, pero había disfrutado cada minuto.
Casi todos los miembros de la manada habían aportado también su trabajo, lo que la convertía en la base perfecta para todos.
—Esta propiedad vale mucho.
El asombro en su voz no debería complacerlo tanto. Al fin y al cabo, no quería impresionarla con dinero.
—¿Por cuánto la pondrías a la venta?
Sentía curiosidad por sus habilidades como agente. Ella había dicho que perdió un trato con él. ¿Habría mejorado desde entonces?
—Cuatrocientos noventa y ocho mil para una venta rápida. Quinientos treinta si quisieras el comprador perfecto.
—¿El comprador perfecto? ¿Y quién es ese, exactamente?
—Es la persona que amará tu propiedad tanto como tú. La que cuidará de ella, o la mejorará. La que le dará una nueva historia.
La miró fijamente, fascinado. Su agente, desde luego, nunca hablaba de que la gente amara sus propiedades.
En sus transacciones no entraban las emociones.
Pero al ver cómo se le iluminaba el rostro mientras describía ese amor por una propiedad, supo exactamente a qué se refería.
Él amaba cada propiedad en la que trabajaba.
Y a veces le costaba darles la espalda cuando las vendía.
Nunca se le había ocurrido que encontrar al comprador «correcto» pudiera aliviar ese dolor.
—¿Cómo me mostrarías esta propiedad si yo fuera un cliente?
Se le curvó una comisura de los labios y entornó ligeramente los párpados, como si hablar de inmuebles fuera una forma de juego previo para ella.
Volvió a la puerta principal y le hizo señas para que se acercara.
Él se la imaginó con la falda ceñida y los tacones que llevaba el día que la conoció, las largas ondas cobrizas recogidas en un moño francés.
No, borra eso: el pelo suelto para esta fantasía, siempre el pelo suelto, invitando a sus dedos a enroscarlo en el puño y tirar. Se acercó a ella con paso tranquilo.
—Creo que va a quedar impresionado con este lugar, señor... eh...
Se detuvo, con los ojos clavados en su rostro, buscando ayuda para seguir con el juego.
No quería decirle que su apellido era Steele. No ahora, quizá nunca.
—Cody.
Ella puso los ojos en blanco, pero continuó.
—Señor Cody, esto es más una obra de arte que un simple edificio.
Uno de los miembros del equipo de CJ Steele Construction lo construyó, y tiene todos los mismos detalles, lo que eleva considerablemente su valor.
Con el tiempo, creo que las propiedades de CJ Steele llegarán a ser tan codiciadas como, digamos, los edificios de Frank Lloyd Wright en otras ciudades.
Cody la miró boquiabierto. ¿De verdad lo estaba comparando con un arquitecto?
¿Con un artista? Una emoción desconocida amenazaba con hincharle el pecho hasta el punto de la incomodidad.
Le invadió un hormigueo, como si necesitara transformarse y salir corriendo.
Pero no estaba seguro de qué huía. Quizás de los sentimientos que le atenazaban la garganta.
Se dirigió al centro de la habitación y señaló hacia el suelo.
—El suelo de madera parece pino, pero en realidad es ciprés australiano —le lanzó una mirada interrogante y él asintió—, que es una madera más dura y mucho más resistente.
Fíjate en que el constructor eligió dejar las paredes interiores con el mismo tronco rugoso que el exterior.
Es una técnica clásica de CJ Steele: exponer los materiales en bruto.
No oculta nada; al contrario, los convierte en protagonistas.
En sus remodelaciones industriales, deja el ladrillo a la vista y usa las canalizaciones de acero para el cableado eléctrico como punto focal.
Aquí, en esta cabaña, trae el exterior al interior, pero sin renunciar a ninguna de las comodidades que buscarías en una escapada.
—Dejó el monólogo a medias y lo miró con timidez—.
Sé que no es realmente una casa de CJ Steele, pero la vendería como si lo fuera.
Quizás estaría engañando al comprador, no lo sé. —Se encogió de hombros.
Intentó hablar a pesar del nudo en la garganta. Al no salirle las palabras, la atrajo hacia sí y le aplastó los labios con un beso.
Ella jadeó y se sacudió sorprendida, pero enseguida se abandonó al beso. Él deslizó la lengua entre sus labios mientras le sujetaba la nuca para mantenerla cautiva. Después, porque el poco control que le quedaba se le escapaba, se apartó.
—¿Así que su alteza real puede aguantar este cuchitril mientras salgo a correr?
No sabía por qué tenía que pincharla otra vez con eso, cuando le gustaba tal como estaba ahora, dulce y agradecida. Probablemente necesitaba poner distancia entre ellos, porque por mucho que su lobo interior aullara que era suya, él no la quería. No a una humana. No iba a darle la razón a su padre.
Ella se encogió, y cuando se volvió, la inclinación altiva de su barbilla le confirmó que su púa había dado en el blanco.
—¿Esto es solo una nueva jaula para encerrarme mientras tú te vas a hacer lo tuyo?
—Se puso las manos en las caderas; sus pechos firmes parecían burlarse de él a través de la ajustada camiseta de algodón—. ¿Se me permite salir por la puerta?
Odiándose por haber cambiado las cosas entre ellos, recogió las alforjas y metió las provisiones en la nevera. —Aquí estás bastante segura. Puedes sentarte fuera en la terraza, pero no te alejes más.
Ella resopló. —Debería haber subido el Chromebook.
—No hay wifi ni cobertura de móvil. Estamos fuera de alcance.
—Entonces, ¿qué se supone que voy a hacer mientras estás corriendo?
—Podrías hacer algo útil y preparar la cena para la manada.
No lo decía en serio, pero sabía que la irritaría.
Ella entornó los ojos. —Genial, así que los lobos se van a correr y la humilde humana se queda en casa a cocinarles la comida. Esto de la dominación patriarcal lobuna empieza a cansarme.
—Te encanta que te domine.
Se acercó a ella hasta acorralarla contra la pared.
A ella se le entrecortó la respiración y se le dilataron los ojos.
Le hundió los dedos en el pelo y le masajeó el cuero cabelludo antes de tirarle de la cabeza hacia atrás.
—Ay. ¿Qué haces?