7 #4
Sonaba más amarga que sumisa, pero no le sostuvo la mirada a Cody con ningún tipo de desafío.
Cody asintió una vez y se metió las manos en los bolsillos.
Melissa se asombró de lo mucho menos intimidante que parecía así.
En lugar de soltar toda esa mierda de dominación alfa que había usado con ella, lo había suavizado mucho con esta mujer, lo que hizo que Melissa sintiera aún más simpatía por él.
A juzgar por su expresión tensa y nerviosa, la mujer ya estaba bastante asustada.
Parecía un animal acorralado. Lo que la hacía potencialmente peligrosa, teniendo en cuenta que tenía cachorros que proteger.
—No me quedaré mucho tiempo —soltó con brusquedad—. Por eso no fui a verte.
Tenía la piel de un tono grisáceo, enfermizo, y le faltaban dos dientes arriba.
Cody asintió, un gesto que podía significar cualquier cosa.
—¿De dónde eres?
Se le subieron los hombros hacia las orejas.
—De aquí y de allá.
—¿Nombre?
La mujer titubeó.
—Colleen.
Cody sacó la mano del bolsillo y mostró su fajo de billetes. Sin desenrollarlos, se los tendió.
—Parece que te vendría bien algo de ayuda para salir adelante, Colleen.
Ella no hizo ademán de coger el dinero.
—No voy a unirme a tu manada.
Aunque las palabras sonaban atrevidas, mantuvo la mirada baja.
Sin apartar la mirada de ella, giró la mano para ofrecerles el dinero a los niños. El niño, que aparentaba unos diez años, se adelantó corriendo sin dudarlo y lo cogió.
Niño listo.
Cody sacó una tarjeta de visita. Que llevara tarjetas cuando ni siquiera usaba cartera la sorprendió, pero quizá era para asuntos de la manada. Se la entregó a Colleen.
—Nuestra carrera de luna llena es mañana en la zona de Woodland Park, por la autopista 24.
Los niños se animaron, como si les hubiera dicho que podían ir a un parque de atracciones.
Cody sonrió. —Los cachorros son bienvenidos, por supuesto. Hay una cabaña allí que podéis usar cuando queráis. Llamadme o escribidme si necesitáis que os explique cómo llegar.
La mujer cogió la tarjeta con gesto de incertidumbre. Los niños se habían levantado de la cama y la rodeaban, mirándola suplicantes.
—¿Podemos, mamá? —preguntó la niña.
Colleen apretó los labios.
—Ya sabes cómo localizarme. —Sus palabras reconocían que ella no se había puesto en contacto con él, pero al mismo tiempo la eximían de culpa. Señaló la tarjeta—. Úsala si la necesitas.
Su rostro se volvió impenetrable, pero guardó la tarjeta en el bolsillo trasero de sus vaqueros holgados. —Te agradezco que hayas venido. —Miraba al suelo mientras pronunciaba esta fórmula de cortesía, que sonaba a pura mentira.
Cody se encaminó hacia la puerta sin prisa, luego se volvió hacia los niños, que lo habían estado observando con atención y que ahora bajaron la mirada, imitando a su madre. —Espero veros el domingo. La montaña es preciosa.
Nadie respondió, pero Cody ya había abierto la puerta, como si no esperara respuesta. Dejó que Melissa saliera primero, con la mano apoyada suavemente en la parte baja de su espalda. Así que el tipo sí sabía comportarse como un caballero, a pesar de sus modales de cavernícola.
Cuando subieron a la camioneta, ella dijo: —Ha sido un detalle por tu parte.
Cody miraba fijamente el volante, con expresión grave. —Nunca me había tocado lidiar con algo así.
—¿Con qué? —Habló en voz baja, sin querer romper ese momento de sinceridad tan poco habitual en él.
—Violencia doméstica. Supongo que se esconde de quien le partió esos dientes.
Melissa se estremeció al oírlo expresado en voz alta, pero supo de inmediato que Cody debía de tener razón.
Estudió su rostro, viéndolo con otros ojos.
Cody como alfa: no solo el tipo que imponía su dominio en lo sexual, sino el que estaba al mando de su manada.
Parecía tremendamente capaz. Peligroso, pero no al estilo malote, sino más bien de forma protectora.
—Puedes... la protegerás, ¿verdad?
Sus hermosos ojos grises la miraron fijamente, con expresión inescrutable.
Mierda. Quizás no debería haber preguntado sobre asuntos de la manada.
Pero joder. Esperaba que ayudara a esa mujer.
Cody se frotó la cara. —Si me pide protección, es suya.
Te habrás dado cuenta de que no la ha pedido.
Puede que tenga miedo de no poder confiar en mí, de que vaya a delatarla ante su pareja, quienquiera que sea ese cabrón maltratador, o puede que no crea que tengo suficiente poder detrás para protegerla.
Arrancó la camioneta y se alejó del bordillo. —No deberías mirarme así.
—¿Cómo?
—Como si fuera un puto héroe. Porque no lo soy. Y me gusta demasiado cómo me miras así.
Se le cortó la respiración. Cody no la estaba mirando, pero la energía entre ellos crepitaba.
Pero sí lo era. Se había ofrecido a anteponer la vida de ella a la suya propia, sin siquiera haberla visto. Y ahora estaba dispuesto a proteger a aquella otra mujer, a la que ni siquiera conocía.
Sin saber qué decir, mantuvo la boca cerrada, ignorando el cosquilleo que le recorría el cuerpo solo por tener a Cody tan cerca.