La promesa del alfa (Alfas dominantes nº 3) 8 #3
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Melissa no tenía ningún derecho a los celos que le ardían en el estómago, pero le entraron unas ganas tremendas de pegarle a aquella mujer. Por supuesto, perdería cualquier pelea contra una cambiaformas, lo que solo la enfurecía más.

—Fuera.

La rubia levantó las palmas.

—Lo siento. Solo estaba bromeando. Madre mía.

Él la fulminó con la mirada hasta que todo rastro de la sonrisa burlona desapareció de su rostro y el rubor empezó a trepar por su cuello.

—Lo siento, Alfa.

Con el ceño fruncido afeando su apuesto rostro, Cody examinó a los demás en la habitación.

—¿Alguien más tiene algún problema que resolver?

Un rápido coro de «No, Alfa» resonó en la sala.

—Bien. A comer.

Cody giró sobre sus talones y se dirigió a la cocina.

Maldición. No debería excitarle tanto ver a Cody ejercer su dominio de lobo sobre la manada, pero así era.

Aun así, era evidente que no pertenecía allí. Tanto Cody como la manada la habían marginado claramente, y él estaba visiblemente irritado con ella por haber salido de la cabaña. Y odiaba a esa loba que acababa de hacerla sentir tan estúpida.

Incapaz de recomponer la expresión, se escabulló al dormitorio principal y cerró la puerta.

Cody salió a encender la parrilla, lanzándole una mirada ceñuda a Lorna. Como si no bastara con mantener a la bestia bajo control cerca de Melissa durante la luna llena, ahora tenía un drama de manada desatándose. Su manada nunca tenía dramas.

El grupo se había formado sin esfuerzo. Todos rondaban la veintena y él había sido el líder natural.

Nunca había tenido que imponerse con ellos salvo en broma.

La mayoría trabajaba para él en CJ Steele Construction, y mantenían una relación distendida: sus empleados se esforzaban por complacerlo, pero sabían que no sería un tirano si necesitaban manga ancha.

La reacción de Lorna hacia Melissa lo había pillado desprevenido. No se había acostado con la loba en más de un año y nunca habían sido pareja; había sido follar sin compromiso, generalmente en luna llena, algo común entre los lobos hasta que encuentran a su verdadera pareja.

Debería haber avisado a la manada de que Melissa estaría allí.

Le había contado a Greg, su beta, lo de la promesa alfa, y había planeado contárselo al resto de la manada esa noche, ya que los afectaba a todos.

Pero no estaba pensando con claridad, no lo hacía desde la noche que trajo a Melissa a casa. Ella le provocaba eso.

Las voces se animaron en la cocina a medida que la tensión se disipaba y el grupo se ponía a preparar la comida juntos. Greg, el beta de la manada, abrió un par de bolsas de patatas fritas y sacó un pack de doce cervezas del frigorífico. Mary desenvolvió una ensalada que había traído.

Entró a por la carne, pero algo lo hizo detenerse en seco. De algún modo, el olor de las lágrimas de Melissa había alcanzado sus sentidos. ¿Dónde estaba?

Maldita sea. La necesidad de consolarla anuló cualquier responsabilidad con la manada. Sin decir palabra, se dirigió al dormitorio principal y abrió la puerta de un empujón.

Melissa estaba junto a la ventana, mirando hacia fuera. Captó su reflejo en el cristal, y aquella expresión perdida casi lo mató. Al verlo entrar, ella se giró y huyó hacia el baño.

Él se abalanzó hacia delante, metiendo el hombro entre la puerta y el marco antes de que ella pudiera cerrarla de un portazo.

—¿No puedo tener un poco de intimidad aquí?

Ella forcejeó con él, tratando de empujarlo. Él le atrapó las muñecas y la hizo girar, cruzándole los brazos sobre el pecho en una sujeción indolora, atrayéndola contra su torso y sosteniéndola con fuerza.

—Eh —dijo con suavidad, tratando de calmarla.

—Déjame en paz.

La empujó contra la pared, aprisionándola entre esta y su propio cuerpo, con los brazos protegiéndola para que no quedara aplastada. Ella apoyó la frente contra la pared, jadeando. Él apoyó la mejilla contra su nuca, aspirando su aroma.

No sabía exactamente por qué lloraba. Y no se le daba bien lidiar con mujeres angustiadas; no había tenido práctica alguna. Pero sus instintos le exigían que la consolara.

—¿Vienes a gritarme?

La amargura teñía su voz.

—No, cariño.

Los latidos del corazón de ella le llegaban a través de la espalda hasta su propio pecho. Su cercanía calmaba e incitaba a su bestia a partes iguales.

—¿Por qué lloras? ¿Estás celosa por lo que dijo Lorna?

El pequeño cuerpo de ella se tensó contra él, los músculos agarrotándose en reacción a sus palabras.

Él le mordisqueó la oreja y luego la lamió para calmar el escozor.

—Lo estás, ¿verdad?

Una oleada de placer lo recorrió. Bien. Se alegraba de que estuviera celosa. Si ella supiera el deseo que le despertaba, sabría que le arrancaría la cabeza a cualquier hombre que la mirara dos veces.

—Vete al infierno.

—Cariño, esa loba no significa nada para mí. Me la he tirado unas cuantas veces en luna llena durante los últimos años, y ya está. No significó nada y nunca hemos sido pareja.

No sabía muy bien por qué necesitaba explicárselo; ellos tampoco tenían una relación, ni querían tenerla, pero parecía importante que ella supiera cómo estaban las cosas.

La giró entre sus brazos para que lo mirara de frente.

—Siento que haya sido tan zorra contigo. No pretendía que pasara eso.

El labio inferior le tembló, y a él le destrozó verla sufrir.

—¿Cuántas veces?

—¿Qué?

—¿Cuántas son unas cuantas?

Luego negó con la cabeza.

—Da igual. No es asunto mío.

Intentó empujarlo de nuevo.

—¿Puedes irte de una vez?

Pero sí era asunto suyo. Sus celos significaban que tenía sentimientos por él, y a pesar de su deseo de mantenerse emocionalmente distante, él también se preocupaba por ella. Quería aliviar su dolor. Le sujetó la barbilla y se la levantó, con el ceño fruncido mientras estudiaba su hermoso rostro.

—Ella nunca despertó ni una décima parte del hambre que siento por ti. Nunca me tuvo tan tenso, a segundos de perder el control cada vez que me acercaba a ella.

Apretó su erección contra el vientre de ella.

—Siente lo que me provocas. ¿Crees que tienes que estar celosa de ella?

Negó con la cabeza.

—No hay comparación.

Las lágrimas anegaban los ojos de Melissa, pero no llegaron a caer.

Lo tierno y romántico no era lo suyo, pero hizo lo que pudo, inclinando la cabeza para rozar suavemente sus labios con los de ella.

—Lo siento. Ha sido una presentación horrible a la manada. ¿Saldrás a conocerlos, por favor? Los demás son majos, y echaré a patadas a Lorna sin pensármelo dos veces si vuelve a faltarte al respeto.

Se apretó los labios y asintió. —De acuerdo.

Se le aflojó parte de la tensión. Entrelazó los dedos con los de ella y la llevó a la cocina, donde ya se habían reunido al menos diez miembros de su manada. —Saludad a Melissa, todos. Tiene un cuarto de loba.

Aquello despertó su interés, y Mary, la única otra hembra de su pequeña manada, se acercó a Melissa. Melissa elogió su ensalada y enseguida la tuvo charlando sin parar sobre los ingredientes que había comprado en el mercadillo.

Al atardecer habían llegado los veinticinco miembros de su manada, y el ruido en la cabaña se había convertido en un murmullo ensordecedor mientras todos charlaban y comían en plan informal, cada uno con lo que había traído.

Pensó en pedirle a Melissa que se quedara en el dormitorio durante la reunión, pero decidió no hacerlo.

Ya la habían marginado bastante, y no le preocupaba que revelara sus secretos.

Si lo hacía, ya lo hablaría con Ben Stone.