4 #2
Eso no era cierto. Había sido espectacular. Cody había hecho más con sus dedos que cualquier otro tío con la boca, los dedos o la polla. El orgasmo había sido explosivo.
—¿Solo bien? ¿Qué no me estás contando? ¿Odiaste la dominación? ¿Por eso estás molesta? —preguntó Ashley.
—No estoy molesta. ¿Qué te hace pensar que estoy molesta?
—Quizá esa no sea la palabra correcta, pero tu voz suena tensa, como si hubiera algo que no me estás contando.
—Tengo tipos intentando matarme, un lobo que da nalgadas me tiene medio prisionera, y no puedo reunirme con clientes ni enseñar casas, así que puede que pierda algunos negocios importantes. ¿Es suficiente para que mi voz suene tensa?
—Tiene que ver con Cody. Lo sé.
Maldita sea. A las hermanas no había quien las engañara.
—Es atractivo. Y gruñón. Me desconcierta.
No logro descifrarlo del todo. Un segundo decido que es un obrero paleto y engreído, y al siguiente me está consolando o haciendo algo considerado, y todo el rato me está poniendo cachonda con insinuaciones sexuales descaradas que deberían cabrearme, pero en cambio me ponen las bragas empapadas.
Es demasiado. No sé qué hacer con todo esto.
—Vaya. Ojalá lo hubiera conocido. No sé si aconsejarte que te mantengas alejada de él o no.
—Creo que debería mantener las bragas puestas y las piernas cruzadas. Tiene el mismo tipo de atractivo que Jeremy, y ya sabes lo mal que acabó aquello.
—Puaj. Sí, lo sé. Entonces probablemente tengas razón. Mantente alejada. No provoques su dominancia, porque el sexo solo complicará las cosas.
—He llegado a la misma conclusión.
—Ben está trabajando desde aquí para arreglar lo del imbécil que va detrás de Jeremy. Le pagará o su amigo lo arrestará. De cualquier forma, se están encargando de ello, ¿vale?
Exhaló, soltando parte del estrés que llevaba encima. —Gracias, me siento un poco mejor. Siento si esto os está arruinando la luna de miel.
—No, tranquila. Estoy en la playa tomando el sol y bebiendo un daiquiri de plátano, pero si quieres que volvamos, cogemos el próximo avión a casa.
—No. Por favor, quedaos. Oye, Ash...
—¿Sí?
—No quiero que maten a Jeremy. ¿Podrías decírselo a Ben y a sus amigos? Sé que les importa una mierda y que esto es culpa suya y todo eso, pero...
—¿Qué, todavía sientes que le debes algo por haberte salvado la vida?
—Sí.
Sabía que Ashley lo entendería.
—Vale, se lo diré. Cuídate.
—Tú también. Pásatelo bien con ese lobo tuyo.
—Lo haré. Hasta luego, hermana.
Melissa se rio del horrible acento. El español de su hermana era pésimo. —Hablamos luego. Te quiero.
Colgó sonriendo y abrió el Chromebook que Cody le había comprado. Fue sorprendentemente fácil de configurar y enseguida accedió a su correo electrónico y a sus listados. Quizás trabajar desde casa de Cody no sería tan malo, siempre que pudiera hacer todo por teléfono en lugar de en persona.
Y trabajar en pijama tampoco estaba nada mal, aunque ya le apetecía ducharse. Se levantó, se estiró, cogió las bolsas de ropa que Cody había comprado y se dirigió al cuarto de baño del dormitorio.
Como el resto de la casa de Cody, el baño necesitaba una buena limpieza. Arrugó la nariz al ver el moho en las esquinas de los azulejos y el cerco de la bañera.
Asqueroso. No pensaba meterse ahí hasta haberla desinfectado al menos tres veces.
Miró debajo del lavabo y encontró productos de limpieza. Se puso unos guantes de goma hasta los codos, sacó el Ajax y se arrodilló con un cepillo de fregar.
Una hora después dio el baño por pasable y se duchó. Por supuesto, el champú era una porquería y no había acondicionador. Además, odiaba —odiaba— los jabones desodorantes. Puaj. Ahora olería a jabón barato todo el día.
Salió de la ducha, se envolvió en una toalla y vació las bolsas de ropa sobre la cama de Cody.
Resopló al coger un pack de cuatro de las bragas de abuela en tonos pastel más feas que había visto en su vida.
Tenía que estar de broma. Quizás esperaba que eso matara la atracción entre los dos.
Oh, vaya, leggings morados. Se rio en voz alta al ver la camiseta de tirantes con Princesa escrito en fucsia a la altura del pecho. —Muy gracioso, hombre lobo —murmuró.
También había cosas normales en el montón.
Había comprado vaqueros en talla cinco y siete —supuso que no sabía cuál le quedaría bien.
Varias camisetas de colores lisos y bragas de algodón monas que podrían quedarle bien.
Nada que ella se compraría, pero era mejor que ir con la camiseta y los bóxers de él.
Levantó unos calcetines larguísimos de rayas blancas y negras, tipo bruja, que probablemente le llegarían hasta el muslo. Tenía que haber comprado todo esto a propósito para provocarla.
Perfecto. Si eso era lo que quería que se pusiera, le iba a dar un espectáculo.
Cody abrió la puerta principal. Y se quedó paralizado. Melissa estaba fregando el suelo de la cocina a cuatro patas, vestida con... joder.
Tragó saliva; la temperatura le subió cinco grados solo de mirarla. Melissa llevaba unas bragas negras y rosas que, trágicamente, le cubrían casi todo el trasero, pero la parte de atrás de los muslos quedaba al aire por encima de los largos calcetines blancos y negros que él le había comprado.
Se giró y se incorporó de rodillas, mirándolo por encima del hombro como una estrella de pin-up.
Arriba llevaba la camiseta de tirantes de Princesa sin sujetador, los pezones marcándose a través de la fina tela.
Se había hecho coletas —coletas, joder— y clavaba el rollo Harley Quinn de Escuadrón Suicida.
Gimió y se recolocó la polla en los vaqueros para aliviar la presión.
Ella se enrolló una coleta en el dedo y puso voz de inocente. —¿Era esta la ropa que querías que me pusiera, Cody?
Se le secó la boca. Se apoyó contra la puerta, sin atreverse a acercarse. —Te advertí de lo que pasaría si jugabas a este juego, ¿no? —La voz le salió ronca y grave, los puños apretados a los costados, las uñas clavadas en las palmas.
—Está claro que es tu juego. Tú me vestiste.
—Vas a conseguir que te follen tan fuerte que olvidarás hasta tu nombre.
Se puso de pie y sacó pecho, los pezones apuntándole directamente. —Tú compraste la ropa.
Bueno, en eso tenía razón. Solo que las había comprado de broma. Jamás habría imaginado que las convertiría en un conjunto de gatita sexy que lo tendría empalmado todo el rato.
No te muevas de esta puerta. Obligó a su cuerpo a quedarse quieto.
—Tienes tres segundos para correr al dormitorio y cerrar con llave. No salgas hasta que te hayas cambiado y lleves... —se aclaró la garganta— algo que pueda aguantar verte puesto.
Ella no se movió, con los ojos azules muy abiertos.
—Quédate aquí y en menos de cinco minutos te tendré doblada sobre el brazo de ese sofá con mi polla enterrada entre esos muslos tan jodidamente buenos. Vete.
Ella se desplazó de costado, sin quitarle los ojos de encima. Cuando llegó al dormitorio, se metió dentro de un salto y cerró de un portazo. Solo cuando el traqueteo del pomo le indicó que había echado el pestillo, él pudo respirar.
Se pasó los dedos por el pelo. Joder.
—No salgas —le gritó a la puerta. Al menos en una semana. No sabía cómo iba a librarse de aquella erección rabiosa. Se frotó los ojos con la mano, intentando borrar la imagen de ella fregando el suelo con ese conjunto, que se le había quedado grabada a fuego en las retinas. La deseaba muchísimo.
Se quedó mirando el cubo y el cepillo de fregar en el suelo durante un buen rato antes de darse cuenta de que ella había estado limpiando de verdad.
No había sido solo para provocarle. Un vistazo rápido a su casa le mostró alfombras aspiradas, superficies sin polvo, papeles ordenados en pilas prolijas.
Hasta los muebles habían sido aspirados.
Joder, no me lo puedo creer.
No sabía cómo encajar a la limpiadora trabajadora con la esnob engreída que despreciaba la ropa de Walmart.
Se había dejado el culo limpiando su casa, y eso lo apreciaba.
Tenía que admitir que él no hacía un buen trabajo en su propia casa.
Si viviera con otras personas, arrrimaría el hombro, pero como estaba solo, apenas importaba.
Se pasaba todo el día arreglando casas ajenas, dejándolas perfectas.
No sentía la misma motivación para hacerlo en la suya.
Pero ahora, viendo su casa a través de los ojos de ella, se encogió de vergüenza.
Había estado bastante mal. Desde luego no era el sitio al que llevarías a una chica para impresionarla.
Pero no había hecho absolutamente nada para impresionar a esta chica, ¿verdad?
Salió por la puerta de atrás para encender la parrilla. Había comprado un par de filetes y, de repente, la idea de cocinar para ella después de que hubiera limpiado su casa le pareció importante.
—Ya puedes salir —gritó cuando volvió, sacando los filetes de la nevera y poniéndolos en un plato para aliñarlos con especias y salsa Worcestershire—. Si te has puesto otra cosa —añadió a toda prisa.
Ella salió, vestida con unos vaqueros y una camiseta de un rosa chillón. Él hizo una mueca.
—Ya veo.
Ella se cruzó de brazos. Esta vez llevaba sujetador, lo que le ahorró el suplicio de quedarse mirándole los pezones.
—¿Qué ves?
—Debería haberte dejado elegir tu propia ropa.
Seguía estando buenísima —porque la ropa no iba a cambiar nada en una mujer como ella—, pero el conjunto no le quedaba bien; los vaqueros le iban grandes y la camiseta pequeña.
Ella se rio bajito, y una sonrisa preciosa le iluminó el rostro.
—Ven aquí, Melissa.
Le hizo señas con el dedo, esperando a medias que le mandara a la mierda.
Pero no lo hizo, y el contoneo de sus caderas mientras se acercaba pavoneándose echó por tierra todo el esfuerzo que había puesto en calmar su libido desatada.
Le agarró una muñeca y la giró hacia la encimera de la cocina, colocándole ambas manos en el borde.
—Separa las piernas, nena —le murmuró al oído.
Para su sorpresa, ella obedeció.
Le dio un azote con fuerza en una nalga, por encima del vaquero.
Ella jadeó, pero no se movió de su sitio.