La promesa del alfa (Alfas dominantes nº 3) 4 #3
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Le dio otra palmada en el otro lado, igual de fuerte.

—Ya sabes por qué es esto, princesa —gruñó.

Con mucha menos fuerza, le dio una palmada en el sexo.

—¡Oh!

Empujó las caderas contra las de ella, la rodeó con el brazo y le frotó la costura de los vaqueros contra el clítoris.

—Gracias por limpiar mi casa —le murmuró al oído, y luego se lo mordisqueó—. Ha sido muy amable por tu parte. Siento que estuviera hecha un desastre.

No solía disculparse, y no le resultaba fácil, especialmente con ella. Por suerte, ella no se puso altiva. Claro que puede que ni siquiera lo hubiera oído, porque su dedo seguía trabajando la costura de los vaqueros justo contra su clítoris y ella se retorcía contra él, jadeando entrecortadamente.

—He descubierto por qué hueles tan bien para ser humana.

Le lamió el borde de la oreja.

—Tienes algo de sangre de lobo.

—¿Eso te pone?

El ronroneo ronco de su voz casi hizo que su polla se volviera biónica intentando atravesar los vaqueros de un puñetazo para clavarse en ese culito tan dulce que ella seguía restregando contra él.

Se le nubló la vista, pero respiró hondo para mantener a la bestia a raya.

—¿Cuánto crees que tardaría en hacerte correr aquí mismo, con esos vaqueros todavía puestos en tu cuerpecito caliente?

Ella tembló debajo de él, restregando el sexo contra sus dedos. Cuando no respondió, le dio otra palmada en el monte de Venus.

—¿Hmm?

—No lo sé —gimió.

Sonaba cerca. Muy cerca.

Él deslizó la mano bajo la camiseta y le amasó un pecho.

—¿Treinta segundos? ¿Más?

Ella echó la mano hacia atrás y le agarró del cuello, clavándole las uñas en la piel. Aquel gesto tan de loba le hizo rugir mientras la bestia volvía a surgir a la superficie, deseando marcarla.

Le frotó el clítoris con el nudillo y le dio palmadas rápidas y fuertes en el sexo.

Ella chilló, tirándole del cuello y quedándose colgada de él cuando las piernas le fallaron.

Con otro firme roce de los vaqueros contra el clítoris, gruñó:

—Córrete para mí, nena.

Ella estalló. Las caderas se le sacudieron salvajemente y él tuvo que agarrarse fuerte para mantener la presión donde hacía falta. Con la cabeza echada hacia atrás sobre su hombro, ella le arañó la nuca y gritó una y otra vez mientras todo el cuerpo se le estremecía de placer.

Su propio cuerpo temblaba; el esfuerzo de contener su deseo era inmenso. La hizo girar y la inmovilizó contra los armarios. Sus ojos habían cambiado de color; lo supo por cómo ella lo miraba, con el miedo y la fascinación batallando en su expresión.

—No... deberías hacer eso —dijo ella sin aliento.

Aunque tenía razón, le ofendió. Quería que suspirara su nombre, que se dejara caer contra él rebosante de gratitud.

Pero, por supuesto, eso no sucedería. No con Melissa y sus elevados estándares que él jamás alcanzaría. Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, se separó de ella.

Agarró el plato de filetes y salió con paso airado al patio trasero para ponerlos en la parrilla.

Como la última vez que Cody la había hecho llegar al clímax para luego abandonarla de golpe, se sintió a la deriva. Su cuerpo anhelaba su calor, su aroma masculino, su voz ronca y ardiente en su oído. Su clítoris palpitaba, en carne viva después de aquella tortura.

Él había parecido ofendido mientras se marchaba con paso airado.

¿Qué intentaba demostrar? ¿Que podía controlarla con el sexo tan fácilmente como con la amenaza del castigo? ¿O simplemente no podía evitarlo?

En secreto, esperaba que fuera lo segundo.

Había visto el hambre descarada en su rostro cuando él entró y vio cómo iba vestida. Sus manos se habían cerrado en puños y se había quedado pegado a la puerta, como si temiera acercarse demasiado a ella.

Abrió el frigorífico y sacó los ingredientes para la ensalada. Se puso a trabajar automáticamente mientras su mente le daba vueltas a aquel metro noventa de problemas en estado puro.

Quizás así era el cortejo entre lobos: encuentros sexuales intensos salpicados de amenazas de cosas mucho peores.

Y ella lo había rechazado con su advertencia después de correrse.

Por eso probablemente se había marchado con ese tic en la mandíbula que delataba que había logrado irritarlo una vez más.

Sus intercambios casi se habían convertido en un juego para ella. Solo que no estaba segura de querer ganarlo. No si eso significaba que Cody la viera como una perra sin corazón que solo se preocupaba por sí misma, que era exactamente la imagen que daba.

Pero tampoco necesitaba mostrarle su verdadero yo. Esto no era una relación; ya había decidido que no podía llevar a ninguna parte.

Para cuando terminó de servir las dos ensaladas en los platos, Cody regresó con los filetes, todavía con cara de enfado.

—Mmm, huele de maravilla —dijo ella intentando ignorar la tensión entre ellos.

—¿Así que sí comes carne? —preguntó él con brusquedad.

Ella no estaba segura de si era otra insinuación. ¿Se estaba quejando de que no le había correspondido con una mamada todavía?

Le lanzó una mirada de reojo y optó por un ambiguo:

—Sí.

Él miró los platos que ella había preparado.

—Gracias por hacer la ensalada.