La promesa del alfa (Alfas dominantes nº 3) 4
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Cody abrió la puerta principal en silencio y entró con las bolsas del Walmart. La casa parecía tranquila, y con sus oídos sensibles detectó la respiración pausada de Melissa en el dormitorio. Seguía dormida. Se alegró; lo necesitaba.

Había dormido menos de una hora en toda la noche.

Cuando olió sus lágrimas desde el dormitorio la noche anterior, se horrorizó.

Si hubieran llegado durante los azotes, ya habría sido bastante malo, pero que llorara después de que él creyera haber aliviado la tensión entre ellos —o al menos la tensión sexual de ella— le daba ganas de golpearse la cabeza contra una viga de metal.

No tenía ni idea de cómo consolar a una mujer; nunca lo había intentado en su vida, pero el impulso había sido abrumador. Cuando ella lo rechazó, confirmando sus temores de que nunca lo perdonaría, simplemente no pudo levantarse y marcharse.

Su compañera lo necesitaba. Tenía que proveer.

Así era como se sentía, al menos. Pero no pensaba en Melissa como su compañera. Ni de lejos. Era humana, y no era su tipo. Ni siquiera se llevaban bien.

Pero la química entre ellos, o al menos la de él hacia ella, estaba por las nubes.

Una vez que la consoló, no había podido dormir ni siquiera descansar.

Algo en su cercanía hacía que le hirviera la sangre.

Su cerebro había dado vueltas sin parar: sobre su inexplicable atracción hacia ella, sobre los problemas en los que estaba metida, sobre cómo podría ganarse su confianza para que siguiera sus órdenes y pudiera mantenerla a salvo.

Se preguntó cómo sería su exnovio y le entraron ganas de matarlo por haberla puesto en esa situación.

Guardó la leche y otros productos básicos en la nevera. Como no tenía ni idea de qué le gustaba comer a Melissa, se había quedado plantado en el supermercado y al final acabó comprando de todo.

A su espalda, oyó ruido de movimiento en el dormitorio y luego la cisterna del váter. La puerta se abrió y el suave roce de pies descalzos sonó tras él.

Siguió metiendo comida en la nevera para ganar tiempo mientras intentaba averiguar qué decir.

Cuando ella tampoco habló, se giró y cogió una de las bolsas del Walmart.

—Aquí tienes algo de ropa. Seguro que la odias.

Ella cogió la bolsa. De alguna manera se las arreglaba para estar aún más guapa con el pelo revuelto y las mejillas todavía marcadas por el sueño. La mirada de él bajó hasta sus labios, que parecían hinchados, como picados por una abeja, y tremendamente besables.

Le lanzó una segunda bolsa.

—Ahí dentro hay un móvil desechable. Y un Chromebook, para que puedas trabajar.

Se quedó boquiabierta.

—¿Me has comprado un móvil y un ordenador?

—Solo un Chromebook.

—Pero no puedo permitírmelo —dijo de inmediato, y luego se sonrojó como si no quisiera que él lo supiera.

Sus palabras lo sorprendieron, aunque debería haberlo deducido por la ubicación de su casa.

Había actuado tan engreída que había dado por hecho que tenía dinero.

Pero no, era una chica que aspiraba a ser rica, del tipo que se gastaba todo para aparentar y se endeudaba con tarjetas de crédito para mantener las apariencias.

—Tu cuñado sí puede —dijo con brusquedad.

No sabía muy bien por qué no quería decirle que no le suponía ningún esfuerzo, que tenía dinero de sobra y no le importaba comprarle cosas.

Posiblemente era porque se había mostrado tan engreída con lo del Walmart y su casa. Como si fuera demasiado buena para él.

No quería impresionarla con dinero, porque era una chica superficial a la que le importaban esas cosas.

Había un fallo en su lógica, pero no le apetecía desentrañarlo en ese momento.

Ella puso los ojos en blanco, agarró las bolsas y las abrió. Volvió a mirarlo.

—Gracias —dijo a regañadientes.

—¿Qué falta? —Podía notar que quería decir algo pero se había mordido la lengua.

—Maquillaje —murmuró.

Frunció el ceño.

—No lo necesitas.

Ella frunció el ceño.

—Da igual. Tú eres el que tiene que mirarme.

Se rio.

—Lo que veo me gusta, nena. Y mucho.

Un rubor rosado le tiñó las mejillas y el azul de sus ojos resaltó aún más. Sí, esa chica no necesitaba ni una gota de maquillaje.

—He comprado un montón de comida. No sabía qué te gusta comer, pero seguro que encuentras algo. Tengo que irme a trabajar.

Ella arqueó una ceja con curiosidad.

—¿Qué tipo de trabajo?

Vaciló.

—Construcción.

—Mmm —parecía tan poco impresionada como él esperaba—. ¿Hay café?

Mierda, no había pensado en el café.

—No hay café —gruñó.

Ella lo miró sorprendida, como si le hubiera negado un derecho básico, como el uso del váter o algo así.

—Tendrás que aguantarte, princesa —metió su número en el móvil de ella—. Mi número está ahí. Llámame si hay algún problema. ¿Tengo que poner un guardia en la casa o vas a quedarte aquí?

Ella entrecerró los ojos.

—Me quedaré aquí.

La miró fijamente durante un momento, al estilo alfa, pero como era humana, no lo pilló del todo. Ella no bajó la mirada en ningún momento, aunque un adorable rubor empezó a subirle por las mejillas.

Aunque sabía que no era prudente acercarse demasiado a ella, no pudo evitarlo. Rodeó la mesa, apoyó una mano sobre ella delante de Melissa y acercó su cara hasta quedar nariz con nariz.

—Si pones un pie fuera de esta casa, te vuelvo a azotar el culo —advirtió en voz baja, arqueando las cejas.

Las pupilas de ella se dilataron como si le encantara la idea. Bueno, eso era algo que tenían en común. Inhaló su aroma antes de alejarse y sonrió al detectar el delicioso almizcle de la excitación.

Salió y llamó a Ben mientras caminaba las pocas manzanas hasta la casa en la que estaba trabajando. Solo le quedaba pintar unas cuantas habitaciones más y luego colocar los rodapiés.

—Stone al habla.

—Cody Steele. Llamo para ver si has averiguado algo por tu parte.

—Mi compañero de manada Mark Ruhl trabaja para la DEA en Denver.

Conoce al tal Rabago que viste. Según se rumorea en la calle, alguien le hizo una jugada a Rabago con un gran cargamento destinado a Colorado Springs.

Va a venir a interrogar a Melissa, pero ya ha emitido una orden de búsqueda y captura contra Jeremy, el imbécil de su exnovio.

Lo más probable es que Jeremy o uno de sus amigos estuviera detrás del negocio de drogas que salió mal y creen que él tiene el dinero.

Estoy dispuesto a pagarlo para que retiren el contrato sobre Melissa, pero necesitamos un plan para contactar con Rabago y hacerle la oferta. ¿Tienes algún contacto con este tipo?

—Ninguno.

Sus compañeros de manada no eran precisamente ángeles, pero él había ayudado a la mayoría a convertirse en ciudadanos más o menos decentes. Lo sabría si alguno de ellos estuviera metido en algo tan gordo.

—De acuerdo, seguiré trabajando por mi lado. Tú solo mantén a Melissa a salvo e intenta echarle el guante a su imbécil del ex.

El alfa que había en él se erizó ante las órdenes de Stone, pero luego sintió una punzada de duda por haberla dejado sola en casa. Quizá debería haberle puesto un guardia.

—¿Qué haces con una esposa humana, Stone? —soltó de repente.

—Que te jodan.

—No, en serio. Quiero entenderlo.

Sonaba grosero, pero no podía explicarle a Ben Stone que encontraba a su cuñada absolutamente embriagadora. Necesitaba saber si Ben había sentido lo mismo por la hermana de Melissa. ¿Había querido aparearse con ella desde el principio?

—Es parte loba —gruñó Ben.

Cody se detuvo a mitad del camino hacia la casa en la que estaba trabajando.

—¿Lo es? ¿Melissa también?

—Son gemelas —dijo Ben con sequedad, y a Cody le molestó no haberlo sabido. En realidad, no sabía nada sobre ella, y eso también le fastidiaba. Pero no pensaba tener esa conversación con Ben. Se lo preguntaría a Melissa, joder.

Abrió la puerta de la casa y entró para prepararla para pintar.

Saber que era parte loba lo cambiaba todo.

Lo explicaba todo. No había nada malo en él: ella tenía sangre de loba que cantaba su canción.

Aun así, eso no la convertía en una compañera digna.

Necesitaba una loba que pudiera darle cachorros, no bebés humanos.

Pero al menos ahora entendía la atracción.

Extendió la lona protectora y agitó una lata de pintura, preguntándose si habría comprado algo que le gustara para el desayuno. Qué estupidez. Sacudió la cabeza para quitársela de la cabeza. ¿Qué le importaba si le gustaba lo que había comprado? No era que la estuviera cortejando.

Melissa preparó una tortilla para desayunar.

La acompañó con un batido de frutas, ya que Cody había comprado arándanos, frambuesas y fresas frescas.

Qué curioso, no habría pensado que un tipo como él compraría fruta fresca.

Parecía más del tipo de cereales de caja y comidas enlatadas. ¿Las habría comprado para ella?

No quería cancelar ninguna de sus citas de esa semana, ni sus compromisos de voluntariado con Big Brothers Big Sisters, pero no veía forma de evitarlo.

Llamó a la oficina con el teléfono desechable y les dijo que iba a trabajar desde casa porque tenía dolor de garganta.

El teléfono volvió a sonar justo cuando terminaba de comer.

No estaba segura de si debía contestar, pero entonces reconoció el número de su hermana.

—Hola, ¿cómo va todo? Cody le envió un mensaje a Ben con tu nuevo número.

Qué detalle por su parte.

—¿Sobreviviste a la dominación lobuna?

Resopló.

—Vale, en primer lugar, no estabas bromeando. ¡Me dio nalgadas!

Ashley se rio.

—¿Estás bien? ¿Tú...?

—¿Qué?

—¿Te acostaste con él?

Se atragantó con el batido y lo roció por toda la mesa de la cocina. Agarró una servilleta y limpió las gotas.

—No exactamente.

Le salió la voz estrangulada.

—¿Qué pasó?

Solo una gemela tendría la desfachatez de exigir cada detalle escabroso.

—Él, eh, me hizo llegar al orgasmo.

Se rio.

—Bien. ¿Estuvo bien?

¿Por qué se estaba sonrojando si su hermana ni siquiera podía verle la cara?

—Estuvo bien.