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Parpadeó en la oscuridad mientras todas las emociones del día la alcanzaban: desde el terror de esconderse en el armario, hasta el estrés postraumático que le había provocado su secuestro de hacía un año, pasando por los azotes y luego el sexo.
Si es que se podía llamar sexo a eso. Su orgasmo.
Él no había obtenido placer, lo que la sorprendió.
No lo había considerado el tipo de hombre que se preocupara por el placer de su pareja. En absoluto.
Quería llamar a Ashley, solo para escuchar a su gemela, para hablar de Cody y de todo lo demás. Maldición, ¡si tan solo tuviera su teléfono!
De la nada, un sollozo la ahogó. Ni siquiera sabía por qué. No estaba molesta ni enfadada. Pero toda la emoción del día afloró de golpe. Respiró hondo, tratando de sofocarlo, pero cuanto más lo intentaba, peor se ponía. Las lágrimas brotaron de sus ojos.
Oh, maldición.
Bueno, al menos no se había derrumbado delante de Cody.
No necesitaba darle a ese idiota más munición. Pero idiota no encajaba. Ningún idiota se ocuparía de sus necesidades sin satisfacer las propias. Ningún idiota la llevaría a la cama y la arroparía bajo las mantas como si mereciera que la cuidaran.
Jesús, estaba tan confundida.
La puerta se abrió de golpe y Cody entró a grandes zancadas, con aspecto peligroso.
Ella parpadeó y se limpió las mejillas rápidamente.
—Joder, Melissa. Lo siento. ¿Te hice llorar?
Se sentó a su lado y alargó los brazos hacia ella.
Ella no quería que la viera llorar. Pero cuando intentó apartarlo, él le atrapó las muñecas con una mano grande y la sentó sobre su regazo.
Qué curioso que eso la calmara al instante.
Él le presionó las muñecas atrapadas contra el pecho y con el pulgar le limpió las lágrimas de una mejilla.
Ella contuvo la respiración.
—Soy un imbécil. Lo siento.
Le acarició la coronilla, luego bajó por el cuello, por el hombro. No de manera sexual como antes. No, le estaba ofreciendo consuelo. Su forma de consolar, al parecer.
Un abrazo. El chico malo tatuado y malhablado que acababa de azotarle el trasero y meterla en la cama la estaba acurrucando.
—No, no fuiste tú. Fue todo en general. Esto es muy vergonzoso.
—Las lágrimas son el arma de una loba —murmuró—. El olor de las lágrimas de una hembra hace que su compañero enloquezca para protegerla, o se vuelva totalmente sumiso para consolarla.
Ella le dio vueltas a aquello, preguntándose qué efecto tendrían las lágrimas de una hembra humana en un lobo.
Pero sus pensamientos no podían con el agotamiento del día.
Se dejó caer en el abrazo de Cody, recostándose con la cabeza apoyada en su hombro.
Los ojos se le cerraron mientras vagos pensamientos sobre cómo debería estar furiosa con aquel cambiaformas dominante le cruzaban la mente sin llegar a cuajar.
No cuando se sentía tan cálida y segura por primera vez desde su secuestro del año anterior. Posiblemente por primera vez en años.
Se despertó en la misma posición, todavía acunada medio incorporada contra el pecho de Cody.
En cuanto se movió, él le llevó la mano a la cabeza y volvió a acariciarle el pelo.
O tal vez nunca había dejado de hacerlo.
Miró parpadeando el reloj iluminado de la mesita de noche.
Eran las dos de la madrugada. Habían pasado horas desde que se quedó dormida.
¿Habría dormido él algo? ¿O simplemente la había estado sosteniendo así todo ese tiempo?
Como quería tumbarse del todo, se deslizó fuera de sus brazos y se acurrucó en la cama con la cabeza en una almohada.
Cody le dio un beso en la cabeza, se levantó y salió de la habitación.
Esta vez sintió su ausencia con más intensidad aún. Su calor, su olor, aunque nunca antes había reparado en el olor de un hombre. El de él era especialmente agradable: a cuero, a pino y a hombre fuerte y trabajador.
Casi lo llamó para decirle que podía compartir la cama con ella, pero recuperó la cordura. Sería una mala idea. Ya había hecho el ridículo, abriéndole las piernas y suplicándole un orgasmo. Y él se lo había dado.
Di mi nombre. ¿Quién te hace correrte?
Incluso a solas en la oscuridad, se sonrojó al recordarlo. ¿Cómo la había reducido a aquella mujer lasciva y suplicante? La había despojado de su orgullo y llevado justo al borde del éxtasis con apenas unos movimientos de los dedos.
Un hombre... lobo... como él probablemente se había acostado con cientos de hembras para dominar esa habilidad.
Se alegraba de haber escapado de acostarse con él.
Nunca más. No, gracias. Un tipo así... bueno, ya estaba medio colada por él.
La intensidad de lo que sentía por él la aterrorizaba.
Necesitaba dar tres pasos atrás y apretar bien las rodillas.
Nada de sexo, nada de coqueteos. Y definitivamente, nada más de abrazos a medianoche.
Cody era el epítome del tipo de chico malo que siempre la atraía, y esta vez iba a resistirse.
En algún lugar ahí fuera, un buen contable o ingeniero probablemente estaría encantado de tener una novia agente inmobiliaria en ascenso.
En algún lugar, un tipo majo, sencillo y aburrido querría sentarse en el sofá, cogerle la mano y ver Mad Men por las noches con ella.
¿Por qué aquello le sonaba tan espantosamente horrible?