La promesa del alfa (Alfas dominantes nº 3) 3 #2
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Le bajó los bóxers, deslizándolos por su trasero en forma de corazón.

Le quedaban enormes y ella había enrollado la cinturilla varias veces, consiguiendo que de algún modo parecieran sexis y adorables a la vez.

El hecho de que hubiera salido con ese atuendo, sola con un conductor de Uber, le hizo apretar los dientes; le entraron ganas de matar al conductor por haberla visto así.

Le agarró las muñecas y se las retorció a la espalda, inmovilizándolas con una mano mientras le quitaba los bóxers del todo con la otra.

La polla se le tensó ante la visión de su trasero desnudo, despertando a la vida, ansiosa por hundirse entre esos hermosos muslos y no parar nunca. Alzó la mano y la dejó caer. Aterrizó con un chasquido en la nalga derecha.

Ella dio un respingo, pero no emitió ningún sonido.

Lo repitió en la izquierda.

—Cuando te digo que te quedes quieta, te quedas quieta —gruñó, aumentando la intensidad de las palmadas.

—Chica. Mala.

Le dio una palmada un poco más fuerte.

Ella gimió, como si oírse llamar chica mala la excitara. Bueno, joder, sí. Podía ser su chica mala cuando quisiera.

Se embriagó con el dulce aroma de su excitación.

El corazón le dio un vuelco al darse cuenta de que su predicción se había cumplido.

Su coño estaba empapado de verdad, empapado por él.

—Lo siento. No lo volveré a hacer.

Detuvo el asalto y le frotó las nalgas, maravillándose de lo suave que era su piel. De cuánto le encantaba ver las marcas de sus manos en su bonito trasero.

—¿No volverás a hacer qué?

—No me iré. Seré buena.

Le gustaba aún más la idea de que fuera su chica buena.

Joder. Tenía que dejar de obsesionarse con esta deliciosa humana.

Pero no podía dejar de amasarle el trasero, apretando su carne perfecta, sin liberarla de la postura en que la tenía inmovilizada. Respiró hondo, esforzándose por contener a la bestia que le gritaba que la tirara al suelo y la montara de la forma más degradante posible.

—Separa los muslos si quieres que me ocupe de ese ardor que tienes entre las piernas.

Su voz sonó ronca.

Se quedó inmóvil; solo la espalda le subía y bajaba al ritmo de su respiración, con el bonito rostro oculto, vuelto hacia los cojines.

Mierda.

Claro que no iba a ofrecerse a él. ¿En qué estaba pensando? Acababa de humillarla. Probablemente no volvería a dirigirle la palabra.

Para su sorpresa, los pies de ella se fueron separando poco a poco.

No se movió, sin acabar de creer lo que veía.

Los muslos se le abrieron más, ofreciendo una vista clara del corazón rosado de su sexo, húmedo y carnoso.

Un escalofrío de lujuria lo atravesó.

—Preciosa —murmuró, sintiéndose tan reverente como sonaba. Sin soltarle las muñecas, llevó los dedos a su sexo maduro, deslizándolos suavemente a lo largo de su hendidura.

Verla restregarse contra el brazo del sofá casi le hizo perder el control. Sofocó una maldición y buscó su clítoris. Ya estaba hinchado, caliente bajo la yema de su dedo. Trazó círculos una, dos veces, luego lo rozó y dio golpecitos.

El gemido lascivo de ella hizo que sus caderas se sacudieran al ritmo de las de ella. Volvió a trazar círculos. Rozó. Golpeó.

—Cody...

Le encantaba demasiado el sonido de su nombre en los labios de ella. Le encantaba aún más el aroma de su excitación. Estaba deseando probarla. Deseando escuchar cómo sonaban sus gritos cuando se corriera.

Deslizó los dedos hacia abajo, buscando su entrada acogedora. Se hundieron en su calor apretado. Los giró, inclinó el codo para alcanzar la pared anterior y buscar su punto G.

Ella chilló y se arqueó hacia arriba; las muñecas tiraban de su mano, las piernas se estiraron, el trasero castigado se apretó con fuerza.

—¿Vas a correrte para mí, nena?

Su voz no sonaba como la suya; había bajado dos octavas.

—Sí —gimió ella.

—¿Para quién vas a correrte?

Sacó los dedos de ella y volvió a su clítoris; trazó círculos, la rozó.

Los muslos de ella temblaban mientras se restregaba sin descanso.

—Para ti —jadeó.

Le dio una palmada en el clítoris.

—Di por favor.

—¡Por favor! Oh, Dios, por favor, Cody.

—Eso es, nena, di mi nombre. ¿Quién te hace correrte?

—¡Cody! Cody me hace correrme.

Hundió los dedos dentro de ella de nuevo y estimuló su punto G.

Ella gritó. Una vez más se arqueó, todo su cuerpo se tensó junto con sus paredes internas, que le apretaron los dedos.

—¡Oh, Dios mío! ¿Qué me hiciste? —gimió mientras su cuerpo seguía estremeciéndose y contrayéndose, el orgasmo extendiéndose sin fin.

Su orgasmo fue aún más espectacular de lo que había anticipado. Si no hubiera sido consciente del jodido privilegio que era presenciarlo, podría haber perdido el control. Apenas podía contenerse de hacerla suya. Y sin embargo temía que si lo hacía, la marcaría. Ella tenía un efecto innegable en él.

Con un gemido, Melissa finalmente terminó. Él la tomó en brazos de inmediato y se puso de pie.

—Tengo que ponerte fuera de mi alcance, princesa —murmuró—. Antes de que haga algo que no debería.

La llevó a su dormitorio, apartó las mantas y la acomodó en el colchón. Estaba adorable con su camiseta enorme y tuvo que esforzarse para ignorar la punzante certeza de que no llevaba bragas. De un tirón, la tapó con las mantas, cubriendo esa parte tentadora de su anatomía.

Pensó que debería decir algo. La palabra gracias no era exactamente apropiada, ya que no había sido él quien había obtenido placer, como su polla dolorida seguía atestiguando.

Probablemente buenas noches habría bastado, pero su lengua no funcionaba —estaba pegada al paladar— así que simplemente apagó la luz al salir.

Dormiría en el sofá. Tan jodidamente lejos de esa humana tentadora como le fuera posible.

Melissa yacía en la cama, laxa como un muñeco de trapo. El trasero le hormigueaba. El placer todavía recorría su cuerpo en oleadas, pero sentía la ausencia de Cody de manera punzante.

Probablemente había sido lo más excitante que había experimentado en su vida. Él la había hecho vulnerable y luego la había recompensado por ello.

La cruda intimidad de todo aquello la dejaba expuesta. Y luego, la forma en que se había entregado a él sin pudor —no solo eso, sino que le había suplicado que la hiciera correrse— le daban ganas de que se la tragara la tierra.