La promesa del alfa (Alfas dominantes nº 3) 3
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—Voy a darme una ducha —gruñó Cody, alejándose de la tentadora humana. Una ducha fría. Joder, ¿qué tenía esa mujer?

Cerró la puerta del baño con un chasquido rotundo y se quitó la ropa de trabajo.

Ben Stone le había jodido la vida con este favorcito de alfa a alfa.

Esperaba que valiera la pena. Con el agua fría a tope, se metió en la ducha, dejando que le golpeara el cuerpo hasta que el calor interno empezó a disiparse.

Cerró los ojos y se pasó la mano mojada por la cara, intentando borrar la imagen de ella con aquel tomate chorreándole por la barbilla.

Aquello no debería haberle resultado tan erótico.

Pero había algo único en esa hembra que la hacía diferente de otras humanas.

Quizás por eso Ben Stone se había enamorado de su hermana.

El hecho de que el poderoso líder de la manada de Denver —el multimillonario director ejecutivo de una empresa de videojuegos, que sin duda podía elegir a cualquier loba del mundo— hubiera escogido a una humana decía mucho.

Se miró la polla, que seguía a media asta. Más le valía ocuparse de ella antes de acercarse de nuevo a esa humana, o habría problemas.

La agarró con el puño, apoyó la otra mano contra los azulejos y cerró los ojos, dejando que Melissa ocupara el primer plano de su mente.

Las imágenes desfilaron ante él: el destello de muslo blanco cuando la falda se le había subido en la moto; cómo sus brazos encajaban a la perfección alrededor de su cintura; su aroma, embriagador pese a su humanidad.

Bombeó su polla palpitante y dejó que la siguiente tanda de imágenes le inundara la mente.

La humedad de sus bragas de encaje rosa cuando le había frotado el clítoris, el destello de su coño después de arrancárselas.

Estaba completamente depilado... ¿para quién?

¿Para ese imbécil del exnovio? El pensamiento le hizo rechinar los molares; los dedos que tenía sobre los azulejos se cerraron en un puño.

Rebobinó hasta el momento en que la había lanzado sobre la cama, a cuatro patas, e imaginó qué habría pasado si ella lo hubiera aceptado: la mirada que podría haberle echado por encima del hombro. Una loba habría enseñado los dientes, habría bajado los cuartos delanteros para ofrecerle el trasero.

Sí... joder, sí. Eyaculó chorros calientes de semen contra los azulejos mientras los ojos se le ponían en blanco de placer. Se volvió hacia el chorro de agua y se enjuagó, notando que la polla seguía esperanzada pese al desahogo.

No va a pasar, amigo. Contrólate.

Melissa respiró hondo varias veces para recuperarse de la intensa presencia de Cody.

El teléfono de él vibró sobre la mesa y ella le echó un vistazo.

¿Sería Jeremy devolviendo la llamada? No debería importarle su bienestar, pero no podía evitarlo.

Lo cogió, pero en la pantalla ponía «Ed Smith». Debía de ser algún conocido de Cody.

Le habría encantado llamar a Ashley y seguir hablando de todo ese asunto de los lobos, pero su teléfono estaba en su apartamento. Y también su portátil.

Si Cody iba en serio con lo de que no saliera de su casa, los iba a necesitar, o su negocio se iría a pique, algo que no podía permitirse.

La mirada se le fue de nuevo hacia el teléfono de él.

¿Cuánto tardaría en ducharse? Podría pedir un Uber para que la llevara a su casa.

Si parecía que los tipos seguían allí, le diría al conductor que la trajera de vuelta.

Pero si parecía vacío, podría entrar corriendo y al menos preparar una bolsa con lo básico.

Por mucho que le encantara llevar la camiseta de Cody, necesitaba ropa de verdad.

Y su cepillo de dientes, y maquillaje, y —sí— su teléfono y portátil, ¡joder!

Descargó la aplicación de Uber en el teléfono de Cody e inició sesión en su cuenta, donde ya tenía guardados los datos de facturación.

Introdujo rápidamente la dirección, que averiguó asomando la cabeza por la puerta y mirando el letrero de la calle y el número de la casa.

Era un barrio decente, se dio cuenta. La propiedad de Cody podría valer el doble de lo que había calculado en un principio.

Lo cual era raro. ¿Quién compraba una casa en el Old North End y la convertía en un taller?

¡Sí! El Uber llegaría en solo cinco minutos. Esto podría funcionar. Podría escaparse antes de que Cody saliera del baño. Por supuesto, se la iba a cargar cuando volviera, pero estaba medio emocionada con la idea, por loco que pareciera.

¿Un castigo de un lobo sexy y peligroso? Desde luego, algo que le gustaría experimentar al menos una vez en la vida. Siempre había sido la gemela imprudente, como a Ashley le gustaba señalar.

Al oír que el coche paraba fuera, salió sigilosamente. Su atuendo era ridículo, pero le daba igual lo que pensara el conductor: aquello era una emergencia.

Se subió al coche y el tipo arrancó hacia su casa, que estaba a unos quince minutos.

Pero no hubo manera. Las luces estaban encendidas, y podía ver el parpadeo del televisor y las siluetas de dos hombres sentados en el sofá.

Mierda.

—No voy a parar aquí —dijo rápidamente al conductor mientras empezaba a aparcar—. Lléveme de vuelta a la dirección donde me recogió.

Él frunció el ceño en el espejo retrovisor.

—Eso no era lo que había pedido.

—Lo sé. Añadiré el viaje adicional ahora mismo —dijo, tecleando en el teléfono con los dedos volando sobre la pantalla mientras cumplía su promesa.

El conductor refunfuñó, pero la llevó de vuelta.

Se le encogió el estómago antes incluso de que el coche se detuviera. Un lobo gigante —en serio, enorme— de pelaje plateado olfateaba la hierba junto a los escalones de entrada. Alzó la cabeza de golpe y unos ojos azul hielo la miraron fijamente.

—Dios mío, ¿eso es un lobo? —preguntó el conductor—. ¡Cierre la puerta!

—No, es mi perro. Está bien. Solo es un husky grande. No sé cómo se ha escapado. Gracias, añadiré la propina a la tarjeta. ¡Se lo agradezco! —Cerró la puerta de golpe antes de que él pudiera volver a mencionar al lobo.

Luego tragó saliva y se obligó a caminar hacia la puerta principal... y hacia el enorme lobo.

Un gruñido grave brotó de la garganta del lobo y ella se quedó paralizada. ¿Era Cody? ¿Y si era otro lobo, un enemigo?

El lobo entrecerró los ojos y se sentó, como si la estuviera esperando. Vale, lobo cabreado. Sin duda, Cody.

—Hola, Lobo. Plateado. Chico grande. —La voz solo le tembló un poco. Giró el pomo de la puerta principal. En cuanto se abrió de par en par, él se coló dentro, adelantándola.

No era precisamente un caballero, ¿verdad? Probablemente era un tema de dominancia. El alfa entra primero o algo así. Le parecía recordar eso del programa de adiestramiento canino de César Millán. No es que estuviera comparando a los cambiantes con perros.

Lo siguió adentro y cerró la puerta tras ella. Él se transformó ante sus ojos, irguiéndose hasta adoptar forma humana, su magnífico cuerpo masculino completamente desnudo, con la polla erecta en un ángulo perfecto de noventa grados.

Se le cortó la respiración. Madre mía.

Joder.

Como había sospechado, todo su cuerpo era puro músculo. Al menos una docena de tatuajes le cubrían la piel. Se quedó boquiabierta.

Pero tenía entre manos a un lobo furioso. La irritación emanaba de Cody en oleadas. Sus ojos aún no habían vuelto al gris; la fría mirada azul era gélida. Estaba claro que el sexo no era lo que tenía en mente en ese momento.

—¿Dónde demonios te metiste?

Ella hizo una mueca.

—Cogí un Uber hasta mi apartamento para ver si se habían ido. Necesitaba mi teléfono y mi portátil. Los tipos seguían allí, así que no paré.

Las palabras le salieron atropelladamente, con la esperanza de responder todas sus preguntas de una vez.

Él la fulminó con la mirada y se alejó hacia el dormitorio, presumiblemente a ponerse algo de ropa.

Un momento después, regresó con unos vaqueros, el torso aún gloriosamente desnudo, salvo por los tatuajes.

Admiró la tinta en sus bíceps abultados: diseños y patrones preciosos, como círculos en los cultivos o símbolos antiguos. Se preguntó qué significarían.

—¿Qué te dije que pasaría si te ibas?

Se sonrojó al recordar sus palabras explícitas. Te daré azotes hasta que este culo perfecto esté rojo y tu dulce coñito esté empapado.

No sabía si quería que cumpliera su amenaza o no. Se mordió el labio.

—Lo siento, pero no puedo quedarme encerrada aquí durante días sin mi teléfono y mi ordenador. Tengo clientes y un jefe con los que necesito comunicarme. Puedo hacer mucho online; puede que ni siquiera pierda clientes.

Se le dilataron las fosas nasales y respiró hondo como para calmarse.

—Tu carrera no significará nada si estás muerta. E hice una promesa como alfa de mantenerte a salvo, lo que significa que si te hubieran pillado, tu decisión también me habría jodido la vida a mí.

La miró fijamente durante un largo momento, con expresión inescrutable. Se dio cuenta de que sus ojos habían vuelto a la normalidad sin que ella notara cuándo habían cambiado. Entonces le tendió la mano, como invitándola a tomarla.

—Ven aquí, princesa. Es hora de tu castigo.

Llevó a Melissa hasta el lateral del sofá, le inclinó el torso sobre el reposabrazos y le dio una palmada en el trasero. Ella contuvo la respiración, pero mantuvo la posición, como si le interesara ver adónde llevaba aquello.

Le dio otra palmada en el trasero. No quería hacerle daño, no de una forma que no fuera placentera o sexual.

Por un momento, se permitió fantasear con que Melissa fuera su compañera.

Compraría una de esas paletas acolchadas y peludas y le daría azotes que nunca dolieran, solo simbólicos de su dominio sobre ella.

Trazó un círculo con la mano sobre su adorable trasero y luego le dio un par de palmadas más. ¿Hasta dónde le dejaría llegar?