La promesa del alfa (Alfas dominantes nº 3) 2 #2
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—No. —Melissa se alejó al otro extremo de la habitación, dándole la espalda a Cody, como si eso fuera a impedir que oyera la conversación.

—Oye, los lobos van mucho con lo del orden de la manada, ¿sabes? Así que va a ser dominante y autoritario. Él es el jefe, ya me entiendes. Intenta que no te afecte.

Resopló, mirando a Cody, que se había cruzado de brazos sobre su enorme pecho y la observaba con esos ojos grises escrutadores.

Sí. Dominante y autoritario.

El coño se le contrajo de nuevo. Pero eso no estaba bien. A quien le iban los tipos autoritarios era a Ashley, no a ella. Ella solo iba detrás de los chicos malos. O solía hacerlo. Ahora le iban los trajes y las corbatas. Empresarios o contables. O quizá un buen abogado. Incluso un dentista.

No pudo evitar volver a mirar a Cody. Notaba el coño caliente y húmedo bajo la falda. Una imagen de aquel hombre fornido y tatuado doblándola sobre el asiento de la moto y azotándole el culo le cruzó la mente, y se sonrojó y apartó la mirada.

Las fosas nasales de él se dilataron y le lanzó una mirada sorprendida. Las comisuras de los labios se le curvaron.

Santo cielo. ¿Leía la mente?

Ben volvió al teléfono. —¿Melissa? Devuélvele el teléfono a Cody. —Era un hombre de pocas palabras, su cuñado. Ni un por favor ni un cuídate.

Pero sí cuidaba de ella, tenía que admitirlo.

Su oferta de comprarle una casa la había emocionado.

No iba a dejar que le comprara la casa entera.

Solo que la ayudara con la entrada. Conseguiría una casa que pudiera pagar en cuanto él le diera el empujón inicial.

Sabía exactamente lo que quería: una casa de CJ Steele.

Una de las casas restauradas con mimo en los barrios más antiguos de Colorado Springs.

Adoraba el trabajo de la empresa CJ Steele y admiraba muchísimo a Steele, el magnate inmobiliario emergente que había amasado una pequeña fortuna comprando, reformando y vendiendo casas durante los últimos ocho años.

Su sueño era ser su agente inmobiliaria.

Le devolvió el teléfono a Cody y escuchó otro intercambio tenso antes de que colgara.

Él le lanzó una mirada especulativa. —Te quedarás aquí hasta que todo se calme.

Solo porque ya la tenía descolocada y no quería darle ventaja, torció el labio y miró alrededor como si el lugar no cumpliera sus expectativas.

Como si no hubiera estado viviendo con Jeremy, el guarro del año.

El lugar no estaba mal, pero le hacía falta una buena limpieza.

Y era un típico piso de soltero. Pequeño, básico, todo en colores oscuros como verde cazador y azul marino.

Frunció el ceño y pasó junto a ella. —Lamento que no sea de tu agrado, princesa. La próxima vez me aseguraré de alquilar una mansión para tu fiesta de pijamas.

La palabra quedarse a dormir le provocó un revoloteo nervioso en el estómago al caer en la cuenta de que iba a dormir allí con aquel cabezota.

Echó un vistazo al dormitorio. Solo había uno, que ella pudiera ver.

Él había aprovechado todo el espacio para el taller y el garaje: al menos ciento cuarenta metros cuadrados.

El interior consistía únicamente en una cocina-salón y un pequeño dormitorio con baño, por lo que alcanzaba a ver.

Unos setenta y cinco metros cuadrados más.

Y sí, la agente inmobiliaria que llevaba dentro había tasado la propiedad y calculado su valor aproximado de mercado —unos ciento cincuenta mil dólares— en cuanto cruzó la puerta.

—¿Puedo usar tu teléfono? Tengo que avisar a Jeremy.

Él entornó los ojos.

—¿Tu novio?

—Ex.

—¿No crees que ya lo sabe? Supongo que no fuiste tú quien se metió en líos con Junior Rabago.

Ella frunció los labios y extendió la mano.

—¿Por favor? No quiero que llegue a casa y le peguen un tiro, ¿vale?

Los dedos de Cody se cerraron en un puño antes de relajarse y sacar el teléfono del bolsillo.

—Y tú, ¿qué pintas con un tipo así?

Ella frunció el ceño. ¿Quién era él para juzgar sus gustos? Sobre todo cuando tampoco parecía de los que presentas a tu madre. Que tuviera razón la irritaba aún más.

—¿El teléfono?

Él frunció el ceño y se lo dejó caer en la palma.

Marcó el número de Jeremy, pero no contestó. Claro, seguramente tenía miedo de responder a un número desconocido. Colgó y le envió un mensaje.

No vayas a casa. Tipos con pinta de mafiosos en nuestra casa. ~Melissa

No respondió. ¿Estaría ya muerto? ¿Qué dinero era ese que querían cobrar para el viernes?

A regañadientes, le devolvió el teléfono y volvió a mirar el pequeño espacio. ¿Cuánto tiempo tendría que quedarse allí?

—En algún momento voy a necesitar recoger mi bolso y algo de ropa. ¿Crees que esos tipos ya se habrán ido de mi casa?

Cody frunció el ceño.

—Ni de coña te acercas a tu casa hasta que sepa que no hay peligro. Puedo comprarte lo que necesites en Walmart o donde sea.

—¿Walmart?

En realidad no tenía nada en contra de Walmart, pero él la había encasillado como una princesita, así que le seguía el juego.

Un tic en la mandíbula delató su irritación.

Dio un paso hacia ella, y ella retrocedió, mitad excitada, mitad preocupada por haberse metido en camisa de once varas.

Él la agarró de los brazos. Había dominación y autoridad en cómo la sujetaba, pero no era brusco.

De hecho, el calor de aquellas manos grandes y curtidas sobre su piel le encendió llamaradas de deseo por todo el cuerpo.

—Nena, te pondrás lo que te consiga, o puedes ir en bragas, a mí me da igual.

Se acercó más a su oído.

—De hecho, preferiría lo segundo.

A ella le costó tragar saliva mientras el calor le inundaba el vientre. No sabía si era por cómo la tocaba o por la idea de pasearse medio desnuda delante de él.

Cody inspiró y captó el rastro de la excitación de Melissa. Al instante, la visión se le estrechó y la bestia que llevaba dentro rugió pugnando por salir a la superficie.

¿Qué cojones?

Parpadeó y la soltó, retrocediendo, alejándose de aquel cuerpecito tan sexy.

Sí, estaba buena: puras curvas suaves y piel tersa, con una cara preciosa a juego.

Pero su personalidad dejaba mucho que desear.

Era evidente que se las daba de fina. Y era humana.

Eso debería bastar para quitarle las ganas, aunque tampoco le hacía ascos al sexo con una hembra humana de vez en cuando.

Lo que pasaba era que sus gustos —tanto en lobas como en humanas— se inclinaban hacia mujeres más duras.

Del tipo al que le gustaba fuerte y que entendía las reglas: que él no se comprometía ni hacía promesas.

El sexo era puro placer mutuo, sin ataduras.

—No puedo ponerme ropa barata que me quede mal para enseñar casas.

Agente inmobiliaria. Cómo no. Debería haberla calado desde el principio. Tenía experiencia de sobra con agentes. Tiburones sedientos de sangre, todos.

—No vas a enseñar ninguna casa. Cuando dije que te quedas aquí, quise decir dentro de esta casa en todo momento. Si crees que Junior Rabago no te estará esperando en el trabajo, cielo, no eres tan lista como aparentas.

La consternación le arrugó el hermoso rostro.

—Cody, tengo casas que enseñar. No iré a la oficina, pero...

—No.

Empleó el tono más duro e implacable que pudo, aunque la chica no parecía responder a su dominación alfa en absoluto. Lo cual era otra fuente de irritación. Por cuadragésima vez, se maldijo por haberle hecho aquella promesa a Ben Stone.

Pero no. Incluso mientras se imaginaba dándole la espalda a todo aquel drama, sabía que, con promesa o sin ella, protegería a esa mujer con su vida, por mucho que lo sacara de quicio.

No se merecía el marrón que le estaba cayendo.

Además, había algo magnético entre ellos, una química muy poco habitual entre un cambiante y una humana. Se moría por explorarla.

Ella alzó la barbilla, desafiándolo con aquellos grandes ojos azules.

—¿Cómo vas a impedírmelo?

Le faltaba un poco el aliento, lo que le provocó una punzada de lujuria directa a la entrepierna.

Volvió a captar el rastro de su excitación y de pronto tuvo la certeza de que ella intuía cómo iba a detenerla, y quería probarlo.

Quizá sí había una forma en que respondía a la dominación alfa. La mejor, en su opinión.

—Estoy pensando que quizá algo así.

Le llevó las manos a la cintura y la hizo girarse, luego le cogió las manos pequeñas y suaves y se las colocó en la pared, una a una.

Como antes, el simple contacto con su piel desnuda despertó a su lobo interior.

Deslizó las palmas por sus brazos hasta los hombros, saboreando aquella piel suave.

Las bajó por sus costados hasta alcanzarle las caderas, y entonces levantó una mano y se la dejó caer con fuerza en el trasero.

La brusca inspiración de ella hizo que la polla le palpitara.

—Creo que tu hermana te advirtió sobre mí —le susurró al oído con voz ronca, más grave de lo habitual.

La chica tonta no sabía que los lobos tienen un oído excelente. Irse al otro lado de la habitación no le impedía escuchar cada palabra de su conversación.

Ella no respondió, pero parecía haberse quedado paralizada, escuchando atentamente, a la espera.

No captó ninguna señal de que la hubiera intimidado.

No, todo lo que percibió fue interés. Eso era lo que había olido cuando estaba al teléfono.

Bien, así era como lo quería. Se sentiría como un imbécil si de verdad la hubiera asustado.

—Si intentas irte de aquí, te azotaré hasta que este culo perfecto esté rosado y tu dulce coñito esté chorreando.

El rubor le tiñó las mejillas. Exhaló con un temblor en la voz. No lo miró, pero se quedó donde él la había colocado, mirando la pared. El aroma embriagador de su excitación le indicó que ya había logrado el segundo objetivo. Y maldición, nunca había deseado tanto a una humana.

—Avísame si quieres que me encargue de ese ardor entre tus piernas —murmuró, y retrocedió. Su voz sonaba ronca y profunda—. Estaré encantado de follarte hasta quitarte lo de princesa.