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No debería haberlo dicho. No cuando acababa de conseguir que entrara en calor con él.
Ella se irguió, apartó las manos de la pared y se giró hacia él con las mejillas enrojecidas.
—Qué bien. Muy bien.
Levantó la barbilla y se dirigió directamente hacia la puerta principal.
—No lo hagas —le advirtió.
Ella le lanzó una última mirada por encima del hombro, abrió la puerta de par en par y echó a correr en cuanto pisó el exterior.
Su lobo interior tomó el control. Antes de poder contenerse, se lanzó tras ella con la visión en túnel, poseído por la emoción de la caza. No, la emoción del apareamiento. En un instante la alcanzó, el animal en su interior rugiendo para...
¿Podría ser?
Marcarla.
Su lobo interior quería aparearse con ella. Para siempre.
La atrapó y la llevó de vuelta a la casa.
El aroma de ella le llenó las fosas nasales y le hizo imposible recuperar el control.
Su cuerpo no obedecía la orden del cerebro de soltarla.
Era su loba y necesitaba reclamarla, hacerla suya, impregnar su olor en ella para siempre.
Con un brazo rodeándole la cintura, la mano libre se deslizó bajo la falda de ella directamente hacia su centro.
Los labios de él fueron al cuello de ella.
Sin ningún permiso de su cerebro, los dedos le frotaron el clítoris sobre las bragas de encaje.
—¡Cody! —el nombre se le atragantó en la garganta, y la conmoción en su voz le devolvió los sentidos.
—Joder.
La soltó como si quemara y retrocedió.
—Mierda, lo siento.
Ella se giró y abrió los ojos de par en par ante lo que vio. Sus iris debían de estar azul hielo, revelando al lobo. Joder, ¿también le habían salido los colmillos?
Eso no tenía sentido. ¿Por qué iba a querer marcar a una humana?
Sacudió la cabeza, intentando recuperar su yo humano, su mente racional.
Levantó las palmas en señal de rendición.
—No quise perder el control. Fue... inesperado.
Cuando su visión volvió a la normalidad, se pasó una mano por la cara y tomó varias respiraciones profundas para serenarse. Las mejillas de Melissa estaban sonrojadas, y los pezones erectos se le marcaban bajo el sujetador y la blusa.
No se le ocurría qué decir, salvo lo primero que le vino a la cabeza.
—Por poco te follo hasta matarte.
Ella soltó un suspiro tembloroso.
Se tocó los dientes con la punta de la lengua. Se sentían normales ahora, pero sabía que había estado a punto de marcarla. La dulce secreción que habría inyectado en su piel se le acumulaba en la boca.
La fulminó con la mirada, como si todo fuera culpa de ella.
—Nunca huyas de un lobo excitado. Y menos de un alfa. Despierta el instinto de reclamar.
Ella parpadeó.
«Qué manera de culpar a la víctima, imbécil».
Maldita sea. La había cagado pero bien.
«Eres un lobo patético. Nunca llegarás a nada. La única hembra que se rebajaría a aparearse contigo es una humana». La predicción burlona de su padre la noche que lo echó de casa a los dieciséis años le resonó en los oídos.
Se pasó los dedos por el pelo. Ni siquiera una mujer humana querría a un imbécil como él. A pesar de todos estos años intentando demostrar que podía salir adelante solo, seguía siendo tan malo como aquel lobo adolescente salvaje al que su padre no consideró digno de quedarse en la manada.
—Lo siento, Melissa. No pretendía obligarte a nada. ¿Estás bien?
La cabeza le osciló sobre el cuello y abrió los labios, pero no salió ningún sonido.
Odiaba verla así; quería que la pequeña agente inmobiliaria engreída volviera y lo insultara.
Pero probablemente era mejor que guardara silencio.
Si volvían a sus pullas verbales, no estaba seguro de poder contenerse: ella ya lo tenía al límite.
Incluso con el cerebro funcionando de nuevo, la polla se le tensaba dolorosamente contra los vaqueros.
Se acercó a la cómoda, sacó una camiseta y unos bóxers, y los tiró sobre la cama cerca de ella.
—Puedes ponerte esto de momento. Mañana te conseguiré ropa.
Ella no respondió ni se movió. El pecho le subía y bajaba rápidamente, los labios sonrosados entreabiertos.
—¿Tienes hambre?
Medio esperaba que no respondiera; se merecía que le diera la ley del hielo después de lo que casi había hecho, pero ella asintió de inmediato. Intentó pensar qué tenía en casa. No mucho. Tendría que ir a comprar también para ella.
Cuidar de alguien aparte de sí mismo era algo completamente ajeno a él. Como alfa, daría la vida por cualquiera de los miembros de su manada, pero eso no significaba que tuviera que preocuparse por sus necesidades básicas. Todos eran jóvenes y duros como él.
Pero ¿esta pequeña humana? Ella requería más. Mucho más. Aunque una parte de él se rebelaba ante la obligación, otra parte necesitaba ser él quien cuidara de ella. Como si nadie más en el mundo fuera a hacerlo bien.
Pero eso no tenía ningún sentido, porque no tenía ni idea de lo que implicaba proteger y cuidar a una hembra humana.
Genial, como si no estuviera ya bastante al límite.
Melissa se arrancó la blusa y se puso la ropa de Cody con dedos temblorosos.
¿Qué acababa de pasar?
Casi la había poseído. Aunque sabía que Cody no había querido hacerle daño.
Se había transformado a medias: dientes alargados, iris azul cielo.
Recordaba que eso le había pasado a Ben antes de marcar a Ashley, y él había quedado destrozado por lo que había hecho.
Quizás por eso los humanos y los cambiantes no se mezclaban.
¿Qué habría pasado si ella hubiera sido una loba?
O una loba de pura sangre, porque tanto ella como Ashley tenían un cuarto de sangre de lobo.
No lo habían sabido, pero su abuelo había sido un cambiante.
Después de que Ben marcara a Ashley y esta se recuperara más rápido de lo esperado, habían hecho un viaje a Wyoming para visitar a la abuela Jane y descubrir el secreto familiar.
La abuela no había dicho mucho —el recuerdo parecía dolerle—, pero había confirmado que el hombre al que conocían como su abuelo no había engendrado a su padre.
Este había sido concebido por un cambiante, cuya manada lo había obligado a abandonarla porque era humana.
La había dejado antes de saber que estaba embarazada, y ella nunca intentó decírselo.
Le contaron a la abuela Jane lo de Ben, pero los tres acordaron no decirles nada a los padres de Ashley y Melissa a menos que fuera estrictamente necesario.
¿Una loba de pura sangre habría recibido con agrado el «ataque» de Cody? No, la situación nunca habría ocurrido, porque habría sabido que no debía echar a correr.
Se pasó los dedos por el pelo enredado. La verdad era que, hasta que vio los dientes alargados, lo había deseado.
Habría separado las piernas y dejado que le hundiera su enorme polla —solo lo suponía, pero a juzgar por el tamaño del bulto en sus vaqueros, tenía que serlo— directamente en su interior.
Entonces, ¿qué significaban los dientes? Seguramente no iba a marcarla. Eso significaría que estaban apareados de por vida, y a Cody ni siquiera parecía caerle bien ella, más allá de la atracción sexual entre ambos.
Independientemente de lo que todo aquello significara, una cosa había quedado confirmada: su instinto de que aquel chico malo era tan problemático como su último novio había dado en el clavo.
Necesitaba mantener la cabeza fría, cruzar las piernas y aguantar el tirón.
Pronto, Ben y Ashley volverían y ella podría dejar la protección del lobo plateado y encontrar a alguien totalmente normal. Y humano.
Solo que esos pensamientos le sonaban vacíos, tan finos como un crepe. Nunca sería feliz con lo normal, ¿verdad?
Con un suspiro, abrió la puerta del dormitorio. El rugido de su estómago vacío se había vuelto más insistente que su deseo de evitar a Cody.
Él estaba junto a los fogones, consiguiendo de algún modo parecer varonil e increíblemente sexy a la vez mientras daba la vuelta a algo en una sartén con una espátula.
Sus anchos hombros se marcaban musculosos, y su torso se estrechaba hasta una cintura fina seguida del mejor trasero que había visto en un hombre.
Había algo en esos vaqueros rasgados y desgastados.
Para comérselo. Simplemente para comérselo.
Se aclaró la garganta.
—¿Qué estás preparando?
Por cómo hizo una pausa antes de hablar, supo que él había sabido todo el tiempo que ella estaba allí observándolo.
Bueno, claro que lo había sabido. Probablemente tenía instintos extrasensoriales de lobo.
Se preguntó qué otros dones poseían los lobos, aparte de poder saltar desde ventanas de un segundo piso, atrapar a una mujer de cincuenta y siete kilos en plena caída y conducir una moto como el temerario de los setenta Evel Knievel.
—Sándwich de queso a la plancha.
Ella resopló.
—Debería habérmelo imaginado, chico del Walmart.
Fue un golpe bajo. En realidad, le encantaban los sándwiches de queso a la plancha, pero Cody había decidido que era una especie de diva, así que pensó en seguirle el juego solo para provocarlo. Funcionó.
Él se giró con el ceño fruncido.
—No prometí darte de comer —advirtió, agitando la espátula hacia ella.
Ella sonrió con suficiencia y se acercó pavoneándose, fingiendo que él no daba un miedo que te cagas. Por paradójico que fuera, después de lo que acababa de pasar entre ellos, había perdido gran parte del miedo que le tenía. Había visto sus límites.
—Mantenerme viva probablemente implica alimentarme, ¿no crees?
Sus labios se apretaron en una línea fina.
—No tientes a la suerte.
Se volvió hacia los fogones y pasó un sándwich de queso a la plancha a un plato junto a un tomate entero. Le tendió el plato sin volverse a mirarla.