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Melissa gritó y se aferró a la cintura de su tatuado salvador mientras la moto casi hacía un caballito al salir disparada por el callejón. Él le agarró el brazo, como para asegurarse de que no lo soltara.
—Yo me agarro, tú pon las dos manos en el manillar —gritó, entrecerrando los ojos mientras los árboles y las casas pasaban borrosos a toda velocidad.
Los abdominales de él eran duros como piedras bajo sus puños.
De hecho, estaba bastante segura de que todo su cuerpo era puro músculo.
Parecía alguien que trabajaba duro con las manos.
Los vaqueros de faena gastados y la camiseta manchada resultaban sexys, con ese aire rudo y desaliñado que le atraía demasiado.
Pero tenía que alejarse de su atracción por los «chicos malos». Solo le había traído problemas.
Se giró para mirar atrás y vislumbró el coche azul que había traído a los mafiosos hasta su apartamento.
—¡Nos siguen! —gritó.
Su salvador aceleró de nuevo y derraparon al doblar una esquina. Se coló entre dos edificios, giró en otra esquina. Ella ya no sabía ni por dónde iban: los contenedores y los edificios pasaban demasiado rápido. Tuvo que cerrar los ojos por el viento.
Un momento después, subió derrapando por una entrada e inclinó la moto del todo hacia un lado, colándose bajo una puerta de garaje a medio cerrar. En un instante, desmontó y la bajó de un tirón. La puerta del garaje ya había empezado a cerrarse, encerrándolos dentro.
Se tambaleó sobre los tacones y se bajó la falda para cubrirse el trasero.
El corazón le golpeaba contra las costillas con un ritmo doloroso.
Estaban en un garaje enorme. Más bien un taller, en realidad, con sierras y un banco de trabajo.
Las estanterías cubrían todas las paredes, llenas de pintura, disolventes, herramientas, suministros de todo tipo. ¿Sería allí donde trabajaba?
Su salvador avanzó hacia ella con paso amenazante.
Todo en él gritaba dureza aterradora: los músculos abultados de los brazos, los tatuajes que asomaban bajo las mangas cortas y le decoraban incluso los nudillos, la barba de varios días en la mandíbula cuadrada y robusta, el gruñido amenazante de su expresión.
En serio, no parecía más de fiar que Jeremy o los imbéciles que habían estado esperándolo en su piso. ¿Había hecho bien en irse con él?
Se tambaleó sobre los tacones.
—¿Quién eres?
Él pasó de largo y abrió una puerta de un tirón.
—Entra.
Claro. No era momento para presentaciones.
Pasó junto a él a toda prisa, intentando ignorar el tamaño de aquellos músculos al rozar su cuerpo duro, o cómo reaccionaba ella a su cercanía.
Una oleada de calor la invadió, calentándole los dedos y la cara helados, descongelando una fracción del miedo que casi la había paralizado en aquel armario.
Por supuesto, tropezó: el tacón se le enganchó en la alfombra al pasar junto a él. Él la agarró del codo para estabilizarla y ella cayó contra su pecho.
Vaya.
Tenía unos ojos gris pizarra que resultaban impactantes contra la piel bronceada y el pelo decolorado por el sol. Mientras se miraban, las fosas nasales de él se dilataron. Los iris grises centellearon y se volvieron de un azul hielo pálido.
Ella contuvo el aliento.
Él la apartó de un empujón, parpadeó y desvió la cabeza. Ella se preguntó por qué intentaba ocultar a su lobo; ya había reconocido lo que era.
—¿De qué color eres? —soltó—. Quiero decir, cuando te transformas.
Era una pregunta estúpida. Debería haber empezado por su nombre o por cómo conocía a Ben, pero el destello de aquellos ojos lupinos le había despertado la curiosidad.
Él se volvió para mirarla. Los iris habían vuelto al gris.
—Plateado.
Un escalofrío de algo la recorrió; emoción, tal vez. De repente, deseaba desesperadamente verlo en forma de lobo. Sabía que sería increíble. Poderoso y aterrador. Hermoso, incluso.
Pero no. Tenía que parar. Reprimir cualquier atracción que sintiera por aquel tío bueno con pinta de problemático.
Tenía que empezar a sentirse atraída por hombres agradables y respetables.
Del tipo sin tatuajes ni vaqueros gastados.
Del tipo que llevaba corbata al trabajo y ahorraba en planes de pensiones.
Se había pasado todo el año intentando dejar la vida de fiesta. Había aprobado el examen para ser agente inmobiliaria y había reducido sus noches de camarera. Había estado tan cerca de librarse de Jeremy y empezar de cero. Y ahora había gente intentando matarla por culpa de él.
—¿Estás herida?
La voz gutural sonó justo detrás de ella, que dio un respingo y se volvió. Un destello de diversión cruzó el rostro de él.
Ella le tendió la mano, adoptando su mejor pose de agente inmobiliaria profesional, con la barbilla bien alta.
—Soy Melissa, ¿y tú eres...?
A él se le tensó la mandíbula. Por lo visto, no le había gustado. Ignoró la mano y fue hacia la estantería en la pequeña habitación en penumbra.
—Cody —dijo con brusquedad.
Apartó unos libros y sacó una pistola, que se metió por detrás en la cintura de los vaqueros.
Probablemente debería haber empezado con un gracias en lugar de echarle en cara sus modales, pero ahora que la había desairado, se había erguido aún más. Miró alrededor de aquella guarida masculina húmeda y resopló.
—¿Este es tu sitio?
Él entornó los ojos.
—Perdona que no sea el Taj Mahal, princesa. No sabía que iba a alojar a la estirada cuñada humana de Ben Stone.
Escupió la palabra humana como si le diera asco.
A ella se le erizó el vello. ¿Pensaba que, porque Ben era rico, ella también lo era?
—Te agradezco el rescate, pero no hace falta que me entretengas. Si me pudieras dejar tu teléfono...
Se le había caído el suyo en el armario cuando él la agarró. Tenía que avisar a Jeremy de esos tipos antes de que lo mataran. Puede que no lo amara, pero le debía la vida.
Él ya tenía el móvil en la oreja.
—Sí, la tengo.
Oyó el murmullo de una voz masculina al otro lado.
¿Era Ben? El miedo le atravesó las entrañas.
¿Y si aquel tipo no lo había enviado Ben?
Quizá era otro enemigo de Ben, como la manada sudamericana que había intentado matar a su gemela Ashley el año pasado.
No le había dicho nada más que lo enviaba Ben Stone.
Y desde luego tenía toda la pinta de ser problemático.
Se fue acercando a la puerta.
—No me dijiste lo gordo que era el asunto —hizo una pausa mientras Ben decía algo—.
Sí, Junior Rabago y su gente... ya sabes, el mafioso.
Estaban apostados en su casa. Son los dueños de uno de los dispensarios de la zona, mueven drogas más duras por ahí.
La encontré escondida en el armario y la saqué de allí, pero nos vieron salir.
No creo que puedan rastrearnos, porque los despistamos y la matrícula de mi moto es falsa. .. Sí, estoy preparado por si vienen.
Miró por las persianas sin moverlas.
Que las placas de su moto no estuvieran en regla no era buena señal. Otro delincuente, sin duda. Se apoyó de espaldas contra la puerta. Quería escuchar la conversación, por si era con Ben, pero también necesitaba estar lista para huir.
Cody la miró de reojo y entornó los ojos, como si supiera exactamente lo que tramaba. —No mencionaste que era humana. —De nuevo, lo dijo como si ella fuera una caca de perro que se le hubiera pegado al zapato. Se acercó a ella con expresión amenazante.
Esta vez oyó la respuesta del otro lado del teléfono perfectamente. —¿Tienes algún problema con eso? —Sin duda era Ben.
—No. —Cody apoyó una mano junto a su cabeza contra la puerta, acorralándola con su cuerpo. La piel se le erizó, un escalofrío de calor recorriéndole cada zona donde casi la rozaba—. ¿Adónde crees que vas? —gruñó.
—Oye. Más te vale tratarla bien —ladró Ben desde el otro lado. Su cuñado era tan brusco como este tipo, solo que parecía más refinado porque llevaba traje y era dueño de una empresa de quinientos millones de dólares.
Cody bajó el rostro, casi apoyando la frente contra la de ella, mirándola directamente a los ojos. Tenía la sensación de que era cosa de lobos. Probablemente quería que bajara la mirada y se sometiera, pero el desafío solo hizo que apretara los dientes y le sostuviera la mirada con más descaro.
—Si voy a mantenerla a salvo, va a tener que obedecer.
—Maltrátala y te las verás conmigo —gruñó Ben—. Pásale el teléfono.
Cody arqueó las cejas y le acercó el teléfono a la oreja. Ella se lo arrebató y se escabulló bajo su brazo, alejándose con toda la altivez que pudo reunir, lo cual, por supuesto, quedó arruinado cuando volvió a tropezar con el maldito tacón. ¡Jodidos zapatos! Se los quitó de una patada.
—Hola, Ben —dijo sin aliento.
—Melissa. ¿Estás herida?
—Estoy bien. Solo... asustada.
—¿Sabes quiénes eran esos tipos?
—No. Jeremy y yo apenas nos hablábamos desde que rompimos. Solo convivíamos por necesidad.
—Maldita sea, Melissa, te dije que te ayudaría a comprar una casa.
—Lo sé, lo sé. Ya estaba buscando. Ya tenía la mitad de las cosas recogidas para mudarme.
—Escucha, Ashley y yo volveremos antes y...
—No —lo interrumpió—. No acortéis vuestra luna de miel por esto. Estoy bien. Cody me sacó de allí. —Lanzó una mirada a su atractivo salvador—. No tenéis que venir.
Ya se odiaba a sí misma por necesitar —una vez más— que su hermana la rescatara, ella que siempre tenía la vida en orden, que siempre hacía lo correcto. Si Ashley y Ben volvían antes por su culpa, sería la idiota que les arruinó la luna de miel para siempre.
Cody volvió a asomarse por las persianas cerradas. Parecía tan malditamente alerta y capaz, como un tipo duro de los Navy SEAL o un agente de Operaciones Especiales. Si de verdad estaba de su lado, estaría a salvo.
Ben soltó una maldición. —Tienes que quedarte con Cody. Haz todo lo que te diga. Él es el alfa allí, ¿sabes lo que significa eso?
—No exactamente.
Ben exhaló. Oyó a su hermana decir algo de fondo y luego se puso ella al teléfono.
—¿Estoy en altavoz? —preguntó en voz baja.