1 #2
Joder, joder, joder. No debería haberle hecho una promesa de alfa a Ben por esto. Lo que iba a ser protección acababa de convertirse en un rescate. Y ni siquiera llevaba un arma encima.
Ben había dicho que su cuñada estaba allí en ese momento.
¿Ya la habrían matado? ¿O había conseguido escapar a tiempo?
Olfateó el aire. No olía a sangre. Solo el olor fresco de humanos, sobre todo hombres, quizá una mujer.
Ningún lobo. Alzó la vista hacia el edificio.
Había una ventana abierta en el segundo piso.
¿Estaba loco por pensar en trepar hasta allí?
Probablemente. Pero no veía qué otra opción tenía.
Era eso o quedarse allí esperando a que los tipos se largaran, y no parecían tener intención de hacerlo pronto.
Agarró el bajante, con la esperanza de que aguantara su peso.
Crujió y el metal raspó el costado del edificio de ladrillo cuando se colgó de él, pero no se desprendió.
Lo escaló hasta el tejado, se arrastró hasta quedar justo encima de la ventana abierta y descolgó el cuerpo por el lateral hasta apoyar los pies en el alféizar.
La mosquitera salió con facilidad y la dejó caer al césped. Se coló en lo que parecía un dormitorio, que habían dejado patas arriba. El aroma de la hembra humana era más intenso allí: un olor seductor, a pesar de que no provenía de una loba.
Sus instintos se dispararon. Había alguien en la habitación. Aguzó el oído y percibió una respiración. Un latido acelerado. Venía del armario. ¿Melissa? No, el aroma era claramente humano.
Se acercó y abrió la puerta con cuidado, procurando no hacer ruido que alertara a los tipos de abajo.
El armario estaba abarrotado de ropa femenina: vestidos y trajes colgaban de las perchas, ocupando todo el espacio.
No veía a la mujer, pero el ritmo entrecortado de su corazón y el olor metálico del miedo le llevaron la atención hacia la esquina del fondo.
Con un movimiento rápido, apartó la ropa y alargó el brazo para agarrarla, tapándole la boca con una mano para que no gritara. Lo que no había previsto era el rodillazo en la entrepierna.
Se dobló de dolor, conteniendo a duras penas un gemido.
La joven intentó apartarlo de un empujón para pasar, pero él la agarró por detrás, le rodeó la cintura con un brazo y le tapó la boca con la otra mano. El contacto le provocó una descarga de algo desconocido. Como una advertencia, pero más placentera. Se le erizó el vello de la nuca.
—¿Melissa?
Tal vez no era ella. La humana luchaba con más fuerza de la que cabría esperar de una mujer, con un cuerpo ágil y fuerte bajo aquel exterior suave.
Forcejear con ella despertó a su bestia interior; la polla se le endureció como si aquello fuera una danza de apareamiento salvaje en lugar de una situación de vida o muerte.
—Ben Stone me envió —le gruñó al oído en voz baja, por si acaso era la hembra a la que debía rescatar. El aroma de ella a manzanas y canela le inundó las fosas nasales y le excitó el cuerpo, a pesar de la situación. A pesar de que los lobos no se sienten atraídos por los humanos.
Ella se quedó inmóvil.
Vaaale. La cuñada de Ben Stone era humana. Lo que significaba que la esposa de Stone también debía de serlo. No tenía noticia de eso, aunque la manada de Stone seguramente no estaría deseando airear esa información.
Ella se retorció para mirarlo, con los ojos muy abiertos por el miedo.
Su belleza lo golpeó como otro puñetazo en las pelotas.
Tenía los ojos grandes y azules, y una melena espesa y brillante que le caía en largas ondas castaño rojizas.
Nunca había visto una humana tan hermosa en su vida.
Le apartó la mano de la boca, dejando al descubierto unos labios carnosos que temblaban de miedo.
—Soy el equipo de rescate —dijo con sarcasmo. Sonó más amargo de lo que pretendía, solo porque la atracción que sentía hacia ella lo había pillado desprevenido, y no le gustaban las sorpresas.
Ella entreabrió los labios, pero no dijo nada.
Él no tenía armas y esos tipos de abajo iban armados con pistolas. Eso descartaba abrirse paso a la fuerza, sobre todo teniendo en cuenta que ella era una humana débil.
—Tendremos que salir por la ventana. Yo saltaré primero y te cogeré cuando saltes tú.
Los grandes ojos azules se le desorbitaron.
—No podemos. Estamos en un segundo piso —susurró.
La hizo girarse para que lo mirara de frente.
—¿Sabes lo que soy?
Por favor, que al menos supiera que su cuñado era un cambiaformas.
Ella lo repasó de arriba abajo: la mirada le recorrió la ropa salpicada de pintura, los tatuajes de los brazos, el rostro sin afeitar.
Él se dio cuenta de que su apariencia contrastaba marcadamente con la de ella, que llevaba una falda de tubo ajustada y una blusa de seda, como una joven profesional. ¿Estaba frunciendo el labio con desdén?
Conocía muy bien la condescendencia, el desprecio hacia un trabajador manual sin estudios que parecía más un delincuente que el principal inversor inmobiliario de Colorado Springs.
Por alguna razón, esta vez le molestó, cuando normalmente le importaba una mierda lo que la gente pensara de él o de su pinta de tipo duro.
Ella tragó saliva y se lamió los labios.
—¿Lobo?
Asintió, le cogió la mano y tiró de ella hacia la ventana.
—Así es, princesa. Tu lobo de brillante armadura. Tú saltas, yo te cojo.
La duda le invadió el rostro. Miró por encima del hombro hacia la puerta, quizá pensando si habría otra salida. Tenía la piel cenicienta, pero asintió.
Saltó por la ventana y aterrizó en cuclillas sobre el césped de abajo. Cuando se giró para buscarla, sin embargo, ella seguía paralizada, mirando hacia abajo.
Mierda. Vamos. Quería gritarle, pero por supuesto no podía arriesgarse a hacer ruido.
Una sensación de urgencia lo invadió: los instintos le rugían peligro y la necesidad de proteger a un miembro de la manada —incluso a una compañera adoptiva nueva como ella— se activó a toda potencia.
No, su necesidad iba más allá de la de proteger a una compañera de manada.
Tenía algo que ver con aquellos grandes ojos preciosos y su aroma delicioso, pero no podía pararse a analizarlo en ese momento.
Le hizo gestos urgentes.
Aun así, ella seguía allí, mirando de nuevo hacia la puerta y luego hacia él.
Joder, si uno de los imbéciles de abajo entraba allí, no tendría forma de protegerla: no podría volver a subir con la rapidez necesaria. Y había hecho un juramento sagrado de mantenerla a salvo.
Ella giró la cabeza bruscamente hacia la puerta, con los ojos desorbitados. Alguien debía de estar acercándose. Se puso en cuclillas en el borde de la ventana.
Él le hizo un gesto frenético para que saltara. Ella se giró hacia la puerta de nuevo, soltó un grito y se lanzó al vacío.
Un grito masculino rasgó el aire mientras ella se precipitaba hacia él, pero no se atrevió a apartar los ojos del cuerpo que caía para ver quién había llegado. Ella cayó en sus brazos y él se tambaleó por el impacto, pero enseguida echó a correr tan rápido como pudo.
Más gritos.
Llegó a su moto y la dejó caer en el asiento trasero, deseando tener un casco para aquel frágil cráneo humano. Ella parecía horrorizada: la falda de tubo se le había subido hasta arriba para poder montar a horcajadas, dejando a la vista unos muslos blancos y cremosos y unas bragas de encaje rosa.
Qué le vamos a hacer, princesa.
Pulsó el botón de arranque y la moto petardeó. Maldita sea.
Dos hombres salieron corriendo por la puerta principal, blandiendo pistolas.
La moto cobró vida con un rugido. Aceleró a fondo y la rueda trasera derrapó mientras salían disparados.